Los gremios empresariales descubren, cada cierto tiempo, que el calendario está lleno de días “improductivos”. Lo dicen con un suspiro técnico, casi compasivo, como quien observa un defecto de fábrica en la realidad. Hay demasiados feriados. Demasiados silencios en la máquina. Demasiados días en que el país no produce. Y uno sospecha que, si pudieran, corregirían también el domingo, la noche y, en un descuido, la muerte.
El supuesto es sencillo: el bien común se mide en flujo, en movimiento, en transacción. El país “funciona” cuando vende, compra, gira. Todo lo demás —la fiesta, el recogimiento, el descanso— aparece como residuo tolerable, una concesión sentimental que conviene administrar con prudencia. No sea cosa que el alma, ese viejo accesorio, interrumpa la cadena de pagos.
Pero aquí se comete un error de jerarquía, y no uno menor. Porque si el hombre trabaja para vivir, y no vive para trabajar, entonces el tiempo en que no trabaja no es un vacío, sino un cumplimiento. El ocio —no el ocio trivial, sino ese ocio que permite mirar, agradecer, contemplar— no es la excepción del sistema: es su razón de ser.
Esto lo entendía con claridad Santo Tomás de Aquino, que no tenía informes de productividad, pero sí una idea bastante precisa de lo que es el hombre. Para él, la ley no ordena simplemente actividades, sino fines. Y el fin último del hombre no es producir más, sino vivir bien. Y vivir bien incluye —de modo principal, no accesorio— la posibilidad de detenerse.
Por eso resulta tan ilustrativo el lenguaje de la “flexibilización”. Se dice: dejemos que cada uno elija. Que quien quiera trabajar, trabaje. Que quien quiera descansar, descanse. Suena razonable, hasta que uno recuerda que la libertad, en ciertas condiciones, es una palabra elegante para nombrar la necesidad. El dependiente que “elige” trabajar en un feriado religioso no está afirmando su autonomía: está administrando su precariedad. Y la ley que se retira, en nombre de esa elección, no se vuelve neutral: se vuelve cómplice. Porque ha decidido que el tiempo humano —todo él— está disponible para quien pueda pagarlo.
Aquí los feriados irrenunciables cumplen una función que los economistas suelen mirar con recelo: establecen límites. No a la libertad, sino al mercado. Le dicen clarito: hasta aquí llegas. Hay días que no te pertenecen. Hay tiempos que no están a la venta.
Y esto no es un capricho confesional, aunque toque de lleno lo religioso. Es, más bien, el reconocimiento de una evidencia antropológica: el hombre no puede sostener una vida verdaderamente humana si todo su tiempo está sometido a la lógica de la utilidad. Necesita tiempos comunes —comunes, no fragmentados— en los que la vida familiar sea posible, en los que la comunidad respire al unísono, en los que lo gratuito no sea una rareza.
Porque hay otro detalle que suele omitirse: no basta con tener “tiempo libre”. Hace falta tenerlo al mismo tiempo. Una sociedad en que cada uno descansa cuando puede —o cuando lo dejan— no descansa nunca. Se disuelve en agendas inconciliables. El padre trabaja cuando el hijo descansa; la madre descansa cuando el esposo trabaja; la familia se convierte en una suma de turnos. Y luego se habla de “crisis de la vida familiar” como si fuera un fenómeno meteorológico.
El feriado común, en cambio, es una pequeña conspiración contra esa dispersión. Obliga —bendita obligación— a coincidir. A verse. A interrumpir la cadena de la utilidad para recordar que hay bienes que no se producen, sino que se reciben.
Y en el caso de los feriados religiosos, hay algo más. No se trata sólo de descansar, sino de reconocer que no todo depende de nosotros. Que hay un orden anterior al mercado, anterior incluso a la política, al que la vida humana debe algo. Santo Tomás lo llamaba con una palabra insufrible para los oídos de la rentabilidad: religión, virtud de justicia por la cual damos a Dios lo que le es debido.
Eliminar o vaciar esos días no es simplemente reorganizar el calendario. Es educar —o deseducar— a una comunidad en la idea de que nada merece detenerlo todo. Que ni siquiera el misterio de la muerte de Dios justifica cerrar la tienda.
Se dirá que exagero, que se trata sólo de abrir algunos comercios, de dar opciones, de adaptarse a los tiempos. Pero las sociedades no se transforman a gritos, sino por erosión. No hay decreto que diga: “a partir de hoy, lo sagrado no importa”. Hay, en cambio, pequeñas decisiones repetidas que producen ese efecto sin necesidad de declararlo.
Al final, la pregunta no es cuántos puntos del PIB se pierden con un feriado más o menos. La pregunta es qué tipo de comunidad queremos ser. Si una en la que todo está disponible —y por tanto nada es realmente valioso por sí mismo—, o una en la que ciertos tiempos son intocables, precisamente porque en ellos se juega lo más importante. Por ello, reducir los feriados no es ganar tiempo; es perder el único que realmente importa.
Una economía sana soporta —y necesita— límites. Una cultura sana los celebra. Sólo una civilización decadente empieza a ver en el descanso un problema. Por lo mismo, la economía que no tolera el descanso no es más fuerte, es tiránica. Y toda tiranía, tarde o temprano, se vuelve contra el hombre que la sirve.
Si ni siquiera la muerte de Dios merece detener el comercio, entonces no es que hayamos modernizado el calendario: lo hemos vaciado de sentido. Y entonces sí: ya no quedarán demasiados feriados. Y quedará muy poco hombre.
