Si Estados Unidos se preocupara más de las cosas que hizo mal en el pasado que de sus éxitos de hoy y los que aspira lograr en el futuro, ese país no podría mantenerse como la nación más poderosa del planeta y el lugar favorito para los inmigrantes que quieren forjar una mejor vida. Estados Unidos no desconoce su pasado, pero ha sido capaz de evitar quedarse atrapado en sus errores y sus momentos más oscuros. Hoy que se conmemora un nuevo aniversario de la independencia de Estados Unidos, esa es la lección más importante que puede aprender Chile del gigante norteamericano -especialmente ahora que empiezan las conmemoraciones de los 50 años del golpe militar.
De todos los logros y aciertos que ha tenido Estados Unidos en estos 247 años de existencia como nación independiente, probablemente el que mejor captura la identidad y forma de entender el mundo de los habitantes de esa poderosa nación es el concepto del sueño americano. Esa convicción de que nada es imposible cuando se combinan el ingenio, el trabajo duro y la persistencia define a ese país cuya declaración de independencia explicita que la vida, la libertad y el derecho a la búsqueda de la felicidad son derechos inalienables.
Nótese que Estados Unidos no garantiza el derecho a la felicidad. Al ejercitar su derecho a la búsqueda de la felicidad, las personas pueden fracasar en su intento. Pero el contrato social de Estados Unidos garantiza a todos ese derecho a emprender esa loable búsqueda en forma individual o colectiva.
Comprensiblemente, cuando alguien comienza a listar los éxitos de Estados Unidos, rápidamente aparecen otros recordándonos los momentos oscuros y vergonzantes que abundan en la historia estadounidense. La lista es larga y no se acaba con la exterminación de los pueblos originarios hasta la esclavitud, sin olvidar la bomba atómica en Hiroshima y Nagasaki y el apoyo estadounidense a gobiernos autoritarios que violaron los derechos humanos. El golpe de Estado de 1973 en Chile es parte de esa larga lista.
Pero cualquier observador imparcial debe reconocer que los momentos luminosos y admirables que frondosamente adornan la historia estadounidense superan con creces aquellos momentos oscuros. No por nada, Estados Unidos sigue siendo el país más poderoso del mundo, un referente inevitable y el lugar preferido de inmigración para aquellos que suenan con alcanzar su propio sueño americano.
La capacidad de Estados Unidos para hacer realidad ese sueño americano para un número de personas sin parangón en el mundo moderno se asocia al pragmatismo estadounidense respecto a su propia historia, sus grandes momentos, y también aquellos más oscuros. A Estados Unidos se le puede acusar de muchas cosas, pero no de falta de pragmatismo. Después de haber sufrido una vergonzosa derrota en Vietnam en 1975, Estados Unidos logró inducir un sistema capitalista en Vietnam -y eventualmente, tal vez, Washington también pueda celebrar una transición a la democracia en ese país que hoy es su aliado comercial. El pragmatismo estadounidense alcanza también a Chile. Después de celebrar el golpe de 1973 en Chile, Estados Unidos fue también un aliado del retorno a la democracia en 1990.
Estados Unidos tiene una relación menos traumática con su pasado que la que tenemos nosotros en Chile. Aunque el pasado siempre deja cicatrices y algunas nunca terminan de cerrar, Estados Unidos no se ha quedado pegado en su pasado ni ha permitido que sus traumas y dolores obstaculicen la construcción de un mejor futuro. No deja de ser triste que algunos países sean incapaces de entender que no se puede hacer nada para cambiar el pasado, pero se puede hacer mucho para construir un mejor futuro.
Ser estadounidense no tiene que ver con una raza, religión o color de piel. Ni siquiera se precisa haber nacido en el territorio para ser un estadounidense de tomo y lomo. Estados Unidos se caracteriza porque su cultura invita a soñar con un futuro mejor y desafía constantemente a todos sus ciudadanos a construir ese mejor futuro. Las motivaciones pueden ser perfectamente egoístas -el sueño americano es, después de todo, un sueño individual. Pero los beneficios ciertamente son colectivos y se extienden más allá de las fronteras nacionales.
En esa búsqueda de la felicidad individual, se puede construir un mejor país para todos. No hay necesidad de negar el pasado. Aunque los estadounidenses discrepen de su pasado (y no siempre han aprendido las lecciones que deja la historia), concuerdan en que el proyecto nacional es la construcción de un mejor futuro. Esa lección de mirar siempre al futuro y no quedarse atrapado en las heridas y dolores del pasado es la gran lección que Estados Unidos brinda al mundo. Aquellos que comparten esa mentalidad de mirar más hacia adelante que hacia atrás pueden celebrar hoy un nuevo aniversario de un país que convirtió al pragmatismo y a la mirada de futuro en el norte que guía su camino.
La conmemoración hoy de un nuevo 4 de julio alcanza a hombres y mujeres libres que comparten ese pragmatismo de mirada futura mucho más allá de las fronteras estadounidenses y representa un desafío para todos esos países, incluido Chile, que tienen traumas históricos y también tienen el desafío de construir un mejor mañana.
