Una amiga me cuenta lo que se ha propuesto para este nuevo año: estar. Con su familia, estar; en el trabajo, estar; en las necesidades de otros, estar; en los encuentros con amigos, estar; en las vacaciones, estar. No sólo, digamos, comparecer físicamente, sino estar: hallarse plenamente presente, libre de tironeos y divisiones, con disposición de entrar en auténtico contacto. Se da cuenta que enfrenta múltiples enemigos -desde las notificaciones del teléfono hasta el ritmo frenético de la ciudad-, pero que el principal obstáculo es ella misma: por eso quiere hacer algo, partir por volverse consciente y cultivar una forma de presencia trabajada a fuego lento.
Me gustó su propósito, sencillo y difícil, que en algún sentido nos toca a todos. Es cierto que hay gente que, donde está, está. Va a un lugar y está ahí: se abre a las personas y al modo de vivir, conecta, comprende, disfruta, se muestra… Otros, en cambio, ni siquiera donde en general están, están: viven como evadidos, lejos, en otras preocupaciones. Con ellos uno tiene la impresión de que se interpone una pantalla, que se encuentran como a la espera de algo que no llega. Quizás muchos, la mayoría, vivimos en la inmensa zona gris entre la presencia y la ausencia, en el terreno que configuran el apuro, las distracciones, los mil pendientes y estímulos entre los que nos movemos. Queremos estar, pero tal vez no lo queremos tanto como para poner un dique a toda esa avalancha, sin darnos cuenta de lo que está en juego.
Porque, si uno va al caso límite, percibe que el que no está -el que está, pero no está- no sólo no está con otros, sino tampoco consigo mismo. No se incapacita únicamente para la compañía: el que no está, en el fondo se aliena. El uso que a veces hacemos del verbo hallar en reflexivo tiene que ver con esto: cuando decimos “no me hallo” en un lugar, en un ambiente, decimos también algo sobre la propia identidad. Aquí no me hallo, no me encuentro a gusto, y tampoco me encuentro a mí mismo: aquí me vuelvo un extraño, un desconocido incluso para mí. La sensación de inadecuación en ambientes que en principio nos son familiares puede ser muy dolorosa. Pero sería engañarse pensar que el único camino pasa por dejar atrás ese lugar.
Si la intuición de mi amiga es certera, las no-presencias radicales y las más tenues -esas de las que está llena nuestra vida- requieren de un cambio sencillo y difícil, que sólo se activa por dentro. Querer estar tiene consecuencias domésticas, profesionales e incluso políticas porque ¿cómo construir algo con ciudadanos y autoridades enajenados de lo común y de sí mismos? Estar supone implicarse, hacerse parte: abrirse radicalmente a lo que nos rodea, con sus imperfecciones y posibilidades, y decidirse de algún modo a responder. Ser gente que está, por trivial que parezca, no es un mal propósito para el año que empieza. Entraña un riesgo, quién lo duda, un riesgo bello de esos que pueden sorprender.

Excelente columna! Hay tanta gente que se junta para “compartir” pero que nunca está realmente ahí presente.
Muy buena la mirada plasmada en la columna … ¡ Cuán cierto lamentablemente es ! … También voy a tomar ese propósito y tratar de realizarlo …