Credit: Imagen de cuenta X de @PartidoPSUV

El connotado especialista en estudios prospectivos, Nicholas Taleb, ha desarrollado una serie de conceptos para tratar de entender los sucesos “portadores de futuro” de forma que las previsiones no respondan a una simple corazonada ni a una creencia en bolas de cristal. A él se debe la noción “cisnes negros” para designar sucesos enteramente nuevos, de alto impacto, que el ser humano por su desconocimiento no puede imaginar y que, por lo mismo, sólo logra explicar a posteriori.

Taleb se basó en una observación bastante obvia -mirado desde ahora- cual es que los cisnes negros fueron conocidos recién cuando se divisó tierra australiana en el siglo 17. Hasta ese momento, los europeos estaban convencidos de que todos los cisnes eran blancos. La aguda observación se terminó popularizando.

Luego, surgió otra similar en el Foro de Davos. Fue la de “rinocerontes grises”. Se descubrió que había acontecimientos con elevadas posibilidades ocurrencia, pero que las personas se negaban a aceptar. Describe esa tendencia a mirar la inminencia de sucesos graves, asumiendo que desea ignorarlos. Un buen ejemplo de “rinocerontes grises” son las consecuencias del llamado cambio climático.

Mucho de esto se observa en América Latina especialmente a la hora de ver las litis entre los Estados. El destino ha querido que predomine en estas tierras una tendencia a minimizar las posibilidades de conflictos armados, de guerras, cuando muchas veces están ad portas. Discurrir sobre la posibilidad de guerras se correspondería a ideas pérfidas. Siempre se parte de la base que tales advertencias son exageraciones. En una arcadia latinoamericana -donde todos somos hermanos- la guerra pareciera ser siempre una hipótesis innecesaria.

1969 es uno de los casos paradigmáticos. Nadie quiso imaginar que el resultado de un partido de fútbol iba a gatillar una guerra en Centroamérica con varios miles de muertos. Del mismo modo, en los 80, pocos advirtieron la reacción de la premier M. Thatcher ante lo que se incubaba en el Atlántico sur. Pocos años después, casi todos los gobiernos latinoamericanos salieron de su letargo en estas materias y despertaron somnolientos al enterarse que peruanos y ecuatorianos habían decidido enfrascarse en una especie de “segundo tiempo” de la olvidada guerra de 1942.

Fueron cinco semanas a lo largo de la frontera del Río Cenepa que motivaron una movilización regional para detener la lucha. Sólo con el concurso del país pivote sudamericano, Brasil, más el esfuerzo de los garantes del Protocolo de Paz, Amistad y Límites de Río de Janeiro del conflicto originario (entre esos Chile) se pudo volver a congelar el litigio.

En este minuto, hay elementos objetivos, muy sugerentes de un nuevo “rinoceronte gris” en tierras latinoamericanas. Sin embargo, las señales de alerta regionales brillan por su ausencia. Es la escalada de la tensión entre Guyana y Venezuela por un territorio llamado Esequibo, el cual se ha vuelto muy volátil.

Pese a ello, parece conveniente resumir algunos elementos a tener en consideración.

En primer lugar, hay voluntad explícita de los gobiernos enfrentados de hacer valer su derecho a ir a una confrontación. Esta actitud, probablemente irracional para muchos, resulta crucial. Muchos conflictos armados demuestran, y con creces, que la voluntad de combatir siempre es la variable más fuerte. Ello se explica en la creencia de que ambas partes creen defender una causa justa.

Luego, con una superficie que supera a la de varios países, el Esequibo es un territorio lleno de minerales demasiado apetecidos (oro, diamantes, gas, petróleo) lo que ha desencadenado una tensión nunca antes vista. ExxonMobil ha realizado decenas de descubrimientos petrolíferos desde 2015 la fecha, elevando las reservas guyanesas a más de 11 mil millones de barriles y generando una bonanza financiera nunca antes vista en el país. Sólo el año pasado, el PIB creció más del 25% y quienes han estudiado esta dinámica no descartan el surgimiento de un Qatar en ese flanco del continente.

En tercer lugar, la volatilidad afloró con fuerza a finales de 2023. Venezuela movilizó tropas, mientras que Estados Unidos y Reino Unido anunciaron su respaldo a Guyana, país que, por lo demás, es miembro de la Commonwealth por haber sido colonia británica entre 1989 y 1966. Tras una pausa de pocos años, Maduro volvió a la carga hace algunas semanas con un provocador anuncio. Convocó a elecciones para gobernador de aquel territorio desatando un clima bastante imprevisible, aunque se trate de un anuncio oscilante entre la pendencia y el delirio. Venezuela no tiene dominio real sobre aquel espacio geográfico donde viven 300 mil guyaneses (del casi millón de habitantes del país). 

En cuarto lugar, hay un curioso juego de máscaras de origen histórico. Ocurre que, durante la Guerra Fría, varios presidentes venezolanos azuzaron la disputa por este territorio, apoyados en los guiños de Washington. Resulta que Guyana, lejos del caleidoscopio global, accedió a la independencia en 1966 y optó por varios experimentos socializantes vistos con activo interés por parte de Fidel Castro. Seis décadas después, el eje Venezuela-Cuba vuelve a mover el péndulo en torno al Esequibo, pero poniendo esta vez a EE.UU. del lado guyanés y a Cuba del lado venezolano.

Este cambio de visión refuerza la idea que el peso de las variables geopolíticas siempre es mayor que cualquier otra. Incluso, la ideológica.

En quinto lugar, la única gran empresa petrolera estadounidense operando en Venezuela, la Chevron, acaba de terminar su período de licitación y la empresa nacional del petróleo venezolano (PdVSA) -como ocurre en casi todos los experimentos socializantes- está quebrada. Tal situación tracciona la imaginación. Forzar un conflicto armado en tales circunstancias no sería extraño.

Por último, para cualquier aventura, Venezuela cuenta con apoyo de algunos países, particularmente de Cuba, con el que ha entroncado sus procesos decisionales a niveles inéditos. No sería la primera vez que la dirigencia chavista/madurista traslade allá sus decisiones estratégicas.

Luego, con Irán también ha forjado lazos demasiado estrechos. La pregunta en este caso es si el Esequibo está entre las prioridades de La Habana y Teherán. Ello por un asunto obvio. Sería una aventura cara. Los costos no son elevados solamente por sí mismos, sino que el teatro de operaciones es excesivamente complejo lo que plantea dificultades técnicas y financieras no menores. Es un terreno prácticamente inexpugnable, que obligaría a maniobras de bombardeo aéreo y al lanzamiento de paracaidistas o traslados a través de su densa red de ríos.

El Esequibo representa dos tercios del territorio guyanés. Es como si un país vecinal reclamara (y nombrara autoridades) en una porción del territorio chileno que va aproximadamente desde Santiago a Punta Arenas. Suena inconcebible.

Sin embargo, la historia de las litis armadas muestra un verdadero catálogo de decisiones irracionales e inconcebibles. Además, hay un “rinoceronte gris” extra. Ha caído en el olvido que el jefe de Estado venezolano ha confesado que suele conversar con pajaritos.

Académico de la Universidad Central e investigador de la ANEPE.

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