columna- juventud
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Los presidentes tienden a ofrecer un discurso hacia adentro del país y otro hacia afuera. Es natural: no son las mismas preocupaciones ni mensajes los que hay que transmitir. El tráfago de la política interna obliga a estar respondiendo permanentemente a la coyuntura, mientras que los espacios internacionales permiten -se supone- tomar distancia de los hechos para analizarlos con alguna frialdad.

El Gabriel Boric que gobierna difiere del que habló ante la asamblea de la ONU. A ratos pareció dirigirse al público desde una altura que no hemos visto por las recurrentes salidas de libreto que terminan por manchar su pretensión. El mandatario o miembros de su coalición han debido enfrentar polémicas permanentes: relaciones exteriores, por ejemplo, ha sido una fuente de constantes dolores de cabeza por errores propios. También han abierto flancos en seguridad ciudadana, a la hora de interpelar a los medios o ante sus silencios frente a situaciones de violencia en la Araucanía.

Con todo, al interpretar los resultados del plebiscito en la ONU, se reiteró un problema que suele tener el presidente: la tensión entre discurso y práctica. ¿De verdad le parece que no se pueden sentir derrotados por el resultado del plebiscito? El borrador constitucional recogía muchos de los temas, inquietudes y sensibilidades que participan de una u otra forma en el gobierno de Boric. El pueblo de Chile decidió darle la espalda de manera rotunda a esa nueva constitución, la misma que autografiaba el presidente, y que la ministra Vallejo repartía en un kiosco frente a La Moneda. 

El propio Boric dijo que su gobierno enfrentaba la derrota con los ojos y el corazón abiertos. Es una buena actitud. Sin embargo, lo visto en estas semanas no se condice con la actitud de apertura, y ya vemos cómo el proceso transcurrirá más bien en paralelo al gobierno.

¿Qué actitud debieran tomar el presidente y su coalición de cara a estos meses? ¿Cómo hacer viable un mandato al que le quedan más de tres años? 

La respuesta a esas preguntas las dio el presidente de un país sudamericano, el más joven entre los presentes en la asamblea de la ONU, proveniente de un país largo y flaco encajonado entre el océano y la cordillera: perseguir cambios sin poner en riesgo los logros presentes. Buscar cambios que estabilicen la vida, que den seguridades. Tomar distancia de los voceros de la molestia ciudadana para pasar a ser constructores de soluciones y promotores de acuerdos. Entender que ningún sector por sí solo tiene la receta, sino que estas se encuentran en la síntesis entre las distintas posturas. 

Justo lo contrario a lo que primó en la propuesta constitucional, a la soberbia de algunos dirigentes de gobierno y en el propio presidente, a lo que parece primar en las cabezas más radicales de Apruebo Dignidad, que sienten que o es su camino o es el desastre y que se acabe Chile. Una humildad de la que deberían haber tomado nota luego de su estrepitosa caída, o incluso antes, cuando las declaraciones, actitudes y medidas tomadas por Boric y sus ministros eran recibidas con una fría distancia por parte de la ciudadanía. Una genuina apertura para escuchar a un pueblo que no pide refundaciones ni modificaciones extravagantes; sino que busca que gobierne el candidato que ganó la segunda vuelta, el mismo que prometía acuerdos transversales. O, al menos, que escuche y encarne algunas de las cosas que dijo aquel que habló en Nueva York.

*Rodrigo Pérez de Arce es subdirector del Instituto de Estudios de la Sociedad (IES).

Subdirector del Instituto de Estudios de la Sociedad (IES)

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