El inicio de un nuevo gobierno en Chile ocurre en momentos de extraordinaria sensibilidad a nivel internacional; justo cuando EE.UU. está decidido a ensalzar su cualidad de gran hegemon. Lo hace ejecutando operaciones quirúrgicas, de tipo militar y de inteligencia, con enormes efectos políticos -como en Venezuela-, así como mostrando capacidad para atravesar medio mundo e ir a bombardear con armas de precisión, blancos lejanos y peligrosos, como Irán y sus aliados. La demostración de poder ha sido inequívoca.
Es un toto revolutum molesto para ojos de globalistas liberales y de multilateralistas clásicos. Sin embargo, el uso masivo del poder plantea un abanico más variopinto. No es negativo per se. Incluso hay aspectos desafiantes, especialmente para un país como Chile, necesitado de apoyarse en algún tipo de multilateralismo.
Por ejemplo, ¿qué haríamos si EE.UU. decide abandonar la OEA? ¿Apoyaremos a un nuevo Rafael Correa que proponga instalarla en América Latina? ¿Qué será de nosotros cuando los cortes del presupuesto de la ONU y otros organismos por parte de EE.UU. hagan mella en su funcionamiento? Baste recordar que la Casa Blanca ya se ha retirado de más de 60 instituciones y programas del sistema multilateral. Se viven “tiempos dislocados”, como dice Hamlet cuando habla con el fantasma de su padre.
El momento actual deja atónito también a quienes priorizan las cuestiones humanitarias en los asuntos internacionales. Están ofuscados con los gestos y retórica de Trump, de Putin, de Meloni y de muchos otros. Lamentan que se haya acabado la political correctness.
Sin embargo, la vida, especialmente en los asuntos que trascienden las fronteras, se asemeja mucho a lo que Isaiah Berlin llamaba la “deslumbrante complejidad”. Allí, casi por regla, hay una disputa entre lo deseado y lo inevitable.
La experiencia demuestra, una y otra vez, que los países deben estar preparados para cuando, en los momentos menos pensados, se desatan cambios bruscos con efectos estremecedores. Eso es así desde la Grecia antigua, pues es el resultado de cuando el poder se despliega en toda su magnitud.
Estos cambios responden o bien a lógicas político-estructurales, producto de la evolución y de los avances tecnológicos, o bien a los tipos de liderazgos que afloran y muchas veces conviven de manera nada amigable entre sí.
Por lo tanto, por muchos ingredientes narcisistas que se detecten en Trump y las críticas que puedan suscitar sus modos, con él no hay ambigüedades. Se ha aprendido que la principal potencia mundial pasa por momentos en que desea guiarse de manera indubitable por sus intereses e instintos, dejando de lado las normas conocidas, sea por accesorias, obsoletas o simplemente por molestas. Se debe tomar nota que, más allá de los motivos, con Trump las normas han pasado a ser variables y que lo seguirán siendo mientras la administración n Washington estime que estén en sintonía con el interés nacional de EE.UU.
Dicha claridad resulta fundamental, especialmente para un país con intereses comerciales tan diversos como el nuestro. En este panorama resulta vital identificar ciertos imperativos de la esencia nacional.
En la parte superior de la lista están el Pacífico y la Antártica.
Es de perogrullo decir que ambos están adquiriendo centralidad a nivel planetario, pero con Groenlandia se aprendió que es urgente tener líneas de pensamiento maduradas, de largo alcance. El Pacífico y la Antártica necesitan un tipo de acuciosidad que logre determinar el riesgo estratégico asociado a prácticamente todo el quehacer externo del país. Además de tocar la fibra de las inversiones extranjeras y los controles de seguridad.
También hay otras cuestiones coyunturales de fuerte relevancia. Ahí está la aspiración de Chile a ser sede de la Secretaría del “Acuerdo para la Conservación y Uso Sostenible de la Biodiversidad Biológica más allá las Jurisdicciones Nacionales” (BBNJ), donde el competidor es una ciudad china. Conecta con esa disputa la tremenda depredación que sufre el Pacífico sur por parte de una gigantesca flota pesquera de la potencia asiática.
Luego, el fiasco del cable dejó otras lecciones importantes. Por ejemplo, la necesidad de reforzar la matriz occidental del país y mantener sobre la mesa del juego político que dicha pertenencia fue vista con laxitud estos últimos años. No olvidar que hubo desgano y juegos retóricos extraviados. Un deseo –sottovoce- de tomar otros rumbos, sin precisar cuáles.
En esta vorágine del poder global no se puede perder de vista la naturaleza de los rivales. No son países focalizados en extender su poder solamente. Se trata de polos civilizadores con tendencias absorbentes, liderazgos muy fuertes y especialmente aspiraciones depredadoras.
De ahí la importancia de tomar conciencia que el ideal liberal de la globalización se ha desarticulado. Pero que también, y de forma paralela, hay una ambivalencia no menor emanando desde Washington. Ausencia de un liderazgo convocador.
Son muchos en Europa, América Latina y otros lugares que no logran identificar las estrategias asociadas a esta vorágine de poder. Para no pocos cercanos, aliados y admiradores, Trump no es especialmente didáctico. A ratos cuesta divisar los objetivos de su liderazgo. No se aprecia un genuino interés en generar movilización. El rostro de la premier japonesa durante su entrevista con Trump lo decía todo. No debe haber sido fácil digerir la idea escogida por el Mandatario estadounidense de ilustrar con Pearl Harbor la importancia de manejar las cosas con reserva extrema.
Esta singularidad es llamativa por lo poco común. Sabido es que, especialmente en momentos de reconfiguración tectónica, los grandes líderes deberían despertar el deseo de querer caminar a su lado; generar fervor. Cuesta imaginar que baste con la lógica de “drenar el pantano” (drain the swamp).
Por eso, la asistencia del Presidente de Chile al encuentro de países con plataforma similar, realizado en Miami, fue útil.
Todo nuevo gobierno debe ir conociendo cómo ven la evolución de los acontecimientos los otros países; especialmente si se trata de movimientos centrífugos. Es relevante ir descubriendo cómo se van adaptando a este escenario algo tortuoso, donde el poder se ejerce de manera omnipresente, penetrante, sin que haya un correlato similar en materia de liderazgo.
De paso, debe recordarse que no sucede lo mismo en la esfera de influencia rusa, como bien apunta Aleksander Dugin.

😇😇😇😇😇😇😇😇