El Gobierno anunció el lunes pasado una de las peores noticias que podía dar: la bencina subiría $370 (cerca de un 30%) y el petróleo $580 (un 60% más que hace apenas una semana). Un golpe directo al bolsillo, especialmente para la clase media, que ha hecho del auto no sólo un símbolo de progreso, sino también una herramienta de libertad (y también de seguridad, ante la ola de violencia y delincuencia en la que ya llevamos años).

Mucho se ha discutido sobre si era una decisión inevitable. Hay razones técnicas, fiscales y externas que lo argumentarían. Puede ser… pero en política —y esto no es nuevo— importa tanto el qué como el cómo. Y aquí es cuando empezamos a ver que las formas valen oro.

La locución del ministro Quiroz el lunes en la noche fue fría. Y la puesta en escena tampoco ayudó: sentado, tranquilo, sin tensión visible. No hubo incomodidad, ni urgencia, ni siquiera un gesto que transmitiera que entendía el impacto de lo que estaba comunicando. Parecía más bien alguien explicando que postergaría un viaje por problemas económicos, no quien anunciaba un alza histórica en los combustibles.

Y así resultó. La gente entendió. Pero le dolió.

La última encuesta Cadem, publicada a mediados de esta semana, no permite dobles lecturas. No se trata sólo de que la aprobación del Presidente haya caído —y que por primera vez esté por debajo del rechazo— lo que algunos han llamado el “fin de la luna de miel”. El punto es de qué modo y por qué cayó. Un 47% reconoce que el Gobierno fue claro en explicar las razones; un 45% valora su seriedad técnica; un 44% cree que se tomó una decisión difícil, pero responsable. Todos números sólidos. Pero hay un dato que desordena el cuadro: apenas un 28% cree que el Gobierno mostró empatía.

Ese es el meollo del asunto.

El manejo del “bencinazo” ha sido impecable en lo racional, pero deficitario en lo emocional. En los primeros días desde el anuncio, ni el ministro Quiroz ni la ministra vocera Sedini lograron conectar con quienes comenzaron a sacar cuentas para ver si podrán seguir usando el auto o si deberán dejarlo estacionado. Y es una desconexión que ya ha empezado a costar caro. Quizás a muchos no les importa bajar unos cuantos puntos en las encuestas (o quizás ya lo tenían asumido), pero es más que eso: es perder una base de adherentes, en su mayoría votantes de Kast, que hoy se sienten defraudados y huérfanos de un gobierno que ni siquiera ha completado un ciclo lunar.

La política no es sólo datos; es también sensaciones. Como han planteado autores como George Marcus o Ted Brader, la llamada “teoría de la inteligencia afectiva” muestra que las emociones no son un accesorio en política: son centrales, porque lo afectivo se convierte en efectivo. Tal como dijo alguna vez Maya Angelou: “olvidarán lo que dijiste, olvidarán lo que hiciste, pero nunca olvidarán cómo los hiciste sentir”.

No basta con informar; hay que hacer sentido. Nadie quiere ser gobernado por un robot.

Por supuesto, no se trata de populismo ni de irresponsabilidad. A veces hay que tomar decisiones duras, durísimas, y hay que hacerlas de cara al país. Pero eso siempre debe ir acompañado de algo básico, rudimentario, aunque muy pocas veces visto en política: comprender, acompañar, ponerse en el lugar del otro. Es la única forma de navegar en este complejo mundo de la comunicación de gobierno. Y para ello, la empatía es una quilla que permite apurar el paso sin temor a zozobrar. Dicho de otra forma, la empatía no cambia el precio de la bencina, pero sí puede cambiar la forma en que ese precio es recibido.

Director de Administración Pública UNAB

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