Se promulgó al fin la ley que establece las 40 horas de trabajo por semana. Veremos qué sucede y si termina siendo para mejor; espero que sí. Aunque no creo que baste o genere todo lo que se espera de ella: necesitamos además una nueva forma de entender y realizar nuestro trabajo, cualquiera que él sea. No creo que muchos vayamos a sentirnos más felices, menos estresados, insatisfechos o frustrados en nuestros trabajos solamente trabajando unas horas menos en la semana.
Me di cuenta de eso mientras escuchaba una charla sorprendente que miraba mucho más ampliamente el tema de cómo trabajamos. Aprovecho este espacio para compartir lo que escuché; tal vez sirva a alguien más.
Ocurrió esta semana en el marco de una visita a Chile de cinco monjes budistas de la Comunidad de Plum Village en Francia, parte de la congregación generada por el maestro zen, Thich Nhat Hanh recientemente fallecido. Como parte de sus actividades (www.tnhchile.cl) fueron a Puente Alto a enseñar mindfulness a una escuela muy pobre y a dar un taller para trabajadores y dirigentes sociales, tanto de ONGs, como municipalidades, fundaciones, escuelas, gobiernos locales, etc. Gente que trabaja ayudando a otras personas con dificultades, en los cientos o miles de formas que ellas pueden tomar: pobreza, discapacidad, drogas, orfandad, salud mental, etc.
Comenzó preguntando la monástica: «¿Se consideran bien preparados para hacer el difícil trabajo social que hacen?». «Técnicamente sí», respondieron muchos. «Muy bien», acotó ella, «pero ¿como persona, emocionalmente, se consideran bien preparados? ¿Cómo se sienten al final de cada jornada? ¿Sienten que tienen el tiempo suficiente para atender bien a quienes llegan a ustedes en busca de ayuda? ¿Se sienten ustedes comprendidos frente a sus propias dificultades? ¿Llegan a final del día, mes y año felices del trabajo realizado? Y finalmente, «¿están haciendo algo para mejorar esto?». Allí se instaló un silencio que pareció prender una fuerte luz de escucha.
Por mi parte pensé: ¡Qué cierto lo que dice! Pensar que las empresas mineras tienen apoyos especiales para sus obreros y funcionarios, incluyendo kinesiólogos que pasan alentando a hacer ejercicios a quienes están sentados por horas ante sus computadores… ¿Y a quienes están horas escuchando los dramas de madres de hijas atrapadas por la droga que no regresan a casa? ¿O a los estudiantes abusados sexualmente en sus hogares? ¿Quién los apoya? Y aparece el economista en mí que se pregunta, ¿cuántos en Chile trabajan en minería y cuántos en la ayuda a personas afligidas? Respuesta: Diez veces más personas, la mayoría mujeres: 480.000 psicólogas, médicos, enfermeras, etc. (sin contar a como 300.000 profesoras de escuelas vulnerables), comparado con solamente 47.000 en minería. Entonces no es un problema menor.
Todo lo anterior lo escuché referido a trabajadores sociales, quienes podrían llamarse mejor trabajadores en la ayuda de personas. Pero me hago la pregunta, ¿y los políticos y autoridades de gobiernos, desde presidente a diputados y senadores, ministros, jefes de servicios y funcionarios públicos, cómo se cuidan para trabajar en forma sana, es decir, sin acumular estrés, cansancio ni emociones negativas en exceso? ¿Acaso creemos que esas condiciones no afectan la calidad de las decisiones que toman y el clima humano en que se desarrolla el trabajo de gobernar?
En la charla vimos cómo en el caso de quienes trabajan en lo social se ven afectados inevitablemente por el malestar, los dolores y sufrimiento de las personas que atienden y cómo esto afecta la calidad de ayuda real que pueden brindar.
Me pregunto, ¿no le pasará igual a cada diputado y senador, especialmente en las vistas a su circunscripción al menos una vez al mes? ¿Cómo le afectará? ¿Se cuidará de lavarse o desprenderse de emociones negativas intensas que afectan su capacidad de tomar decisiones? Las emociones negativas nos afectan no sólo atendiendo niños del Sename o alguien desempleado. También a un parlamentario cuando los encuentra o se debe poner de acuerdo con un colega para decidir si aprobar o no cierto proyecto de ley. Y al Presidente cuando debe resolver con un ministro si dar prioridad a un proyecto que le trae.
En cada una de las conversaciones puede haber en uno u otro emociones muy negativas, como la desconfianza, el afán de lucirse como el autor u opositor de la iniciativa, el afán de aparecer el primero en los medios de comunicación para su promoción o prestigio personal, y muchas otras más. Con el agravante de que esas emociones habitualmente se ocultan, no sólo al otro/a, sino que uno mismo no se da cuenta de ellas, porque están en el inconsciente. Pero no por eso dejan de estar y tener efectos. Como por ejemplo despertar enojo en el otro, desilusión, desconfianza, ganas de mandar todo a la punta del cerro.
A lo anterior deberíamos agregar el efecto que tiene sobre los hombres y mujeres públicos la exposición a los medios de comunicación. Lo que nos pasa como seres humanos al aparecer en un noticiario de TV o en la portada de un diario o en un comentario en la radio. Las emociones que eso suscita: euforia en algún caso por simplemente aparecer, rabia por ser tergiversado, miedo por el qué me irán a decir. Todo eso nos afecta mucho. Y se ha multiplicado exponencialmente hoy con las redes sociales, como Twitter, a menudo generando fuertes insultos que revelan la intensidad de las emociones desatadas. Necesitan ser muy sólidos personal y espiritualmente nuestros líderes sociales y políticos para hacer bien sus trabajos de dirigir o gobernar en este ambiente que nos rodea y que creamos nosotros mismos con nuestros modos de trabajar sin cuidarnos lo suficiente.
Sorprendente también para mí fue escuchar que hay formas de salir de estos modos tan malsanos de trabajar y vivir. Que son simples y están a la mano de todos y todas. Pero hay que partir por tomar consciencia de que aquí tenemos un malestar profundo que requiere atención para abordarlo.
