Este 4 de julio se celebran 250 años de la independencia de Estados Unidos. Un país que tiene de todo, pero cuyo mayor activo no es su territorio ni su riqueza, sino sus instituciones. Sólidas, persistentes y lo suficientemente robustas que fueron pavimentando el camino para que generaciones de estadounidenses e inmigrantes hayan podido cumplir el famoso «sueño americano».
En Chile también tuvimos algo así como el «sueño chileno», y no podemos olvidarlo.
Hace unos días el periodista José Antonio Neme vociferaba que los sueldos de los chilenos no habían crecido sustantivamente pese a las tasas altas de crecimiento económico que tuvimos desde la década de 1990 hasta más o menos 2014. Por ende, concluía Neme, no deberíamos volver a las fórmulas —refiriéndose a medidas procrecimiento— que no funcionaron en el pasado.
Sin embargo, contrario a lo que sostiene el periodista, esas «fórmulas» funcionaron súper bien. Los datos de la OCDE indican que entre 1996 y 2023, Chile fue el quinto país de ese grupo donde más crecieron los salarios reales de los trabajadores, incluso ajustando por los diferentes costos de vida en cada nación. Además, según los datos de las encuestas Casen que hacemos en Chile, entre 2006 y 2015 —década con crecimiento económico sólido de 3,9% promedio anual—, los ingresos autónomos del 10% de hogares más pobre crecieron 1,6 veces más rápido que los del 10% más rico. Es decir, el crecimiento favorecía a quienes tenían menos por sobre quienes tenían más.
Así es como millones de chilenos fueron saliendo de la pobreza y nuestra economía se convirtió en un ejemplo a seguir en el resto del mundo. Los estudios del economista Claudio Sapelli lo confirman mostrando que la movilidad social de los chilenos, es decir, nuestra capacidad para salir adelante económicamente llegó a superar la de economías desarrolladas como Alemania, Reino Unido y Estados Unidos a fines de la década de 1990. Asimismo, usando datos de 2009, un estudio de 2018 de la OCDE también nos posicionaba como líderes en movilidad social ascendente frente a países desarrollados como Dinamarca y Portugal. En 2020, un informe del Ministerio de Desarrollo Social concluyó que más del 90% de la reducción de la pobreza en Chile se la debemos al crecimiento económico.
Ahora bien, por supuesto que lo que explica el progreso de Chile no es una cifra de crecimiento económico en particular, sino lo que viene antes: un ambiente más amigable con la inversión y el emprendimiento que, a su vez, fueron creando cada vez más empleos, más productivos y mejor remunerados. Ese ambiente amigable duró hasta más o menos el año 2014, ya que, desde entonces tanto el crecimiento de la economía como el de los salarios ha sido mediocre.
Durante la última década, Chile perdió ese impulso, en gran parte, debido a la reforma tributaria del segundo gobierno de Bachelet, que subió impuestos, desincentivó la inversión y consolidó un ambiente hostil hacia el emprendimiento. Y los salarios experimentan las consecuencias de ello. Entre 2015 y 2024 —década con crecimiento económico bajo de 2,1% promedio anual—, los ingresos autónomos de todos los chilenos crecieron más lento, pero los hogares del 10% más pobre disminuyeron, e incluso se volvieron cada vez más dependientes de los beneficios estatales.
Lo anterior se ve reflejado, por ejemplo, en un estudio de CLAPES UC que muestra cómo hasta alrededor de 2021, una familia chilena de clase media generaba ingresos más que suficientes para acceder a financiamiento para comprar una vivienda propia. En la actualidad, no hay por dónde.
Yo sé que Neme no es economista. Quizás él nunca ha visto los estudios que yo menciono en esta columna. Sin embargo, un fact check se hace absolutamente necesario cuando periodistas con audiencias tan importantes como la que tiene él, emiten opiniones que impactan no sólo en cómo los chilenos entendemos nuestro progreso, sino que también en las medidas que impulsan los políticos a raíz del ambiente de opinión del momento, tal como ocurrió con la retórica anti-empresarios de mediados de la década pasada que terminó desinflando nuestro impulso económico.
La fórmula para que los chilenos volvamos a experimentar ese «sueño americano» recae en el crecimiento económico, pero más importante aún, en reconocer qué demonios es lo que lo causa.

Sapelli, y el autor, muestra que muchos chilenos mejoraron sus ingresos y condiciones de vida. Lo que no demuestra es que Chile se haya transformado en una sociedad plenamente meritocrática o abierta.
La movilidad de ingresos puede coexistir con una marcada concentración del patrimonio, las redes de influencia y las posiciones de élite. Ascender no es lo mismo que acceder a los espacios donde se reproduce el poder.
Ummmm, muy FA. Concuerdo con lo expuesto por Bastian.