La correlación entre el volumen de las exportaciones de un país (como proporción de su población o de su PIB) y su nivel de desarrollo es significativa. Una nación con una baja intensidad exportadora será casi por definición subdesarrollada y no logrará salir de esa condición sin incrementar sus exportaciones en magnitudes relevantes. Por el contrario, las naciones desarrolladas exhiben en todos los casos una alta intensidad exportadora.
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Tómese, por ejemplo, el caso de Bélgica. Con poco más de 11 millones de habitantes exporta la friolera de US$300 mil millones, tres veces el volumen de nuestro país. Por cierto, ese país asoma como uno de los de más alto desarrollo humano en el mundo (#13 según el Reporte de Desarrollo Humano de las Naciones Unidas más reciente).
El caso de Venezuela, un país de 28 millones de habitantes y con enormes reservas de petróleo, ilustra lo opuesto: sus exportaciones en 2022 apenas superaron los US$3.500 millones. Esa esmirriada intensidad exportadora la ha llevado a salir de la lista de los 100 países de mayor desarrollo humano en el mundo (ocupa la posición #119).
Por otro lado, tenemos el caso de Portugal, un país con el que no hace tanto Chile se comparaba en su avance hacia el desarrollo -o eso creíamos. Sus números son elocuentes. Con sus US$47.000 per cápita (FMI, 2024) Portugal es ahora un orgulloso integrante del privilegiado club de los países desarrollados. En comparación, los US$31.000 de Chile (de la misma fuente) no alcanzan para integrarnos a esa distinguida membresía. Pues bien, el país europeo exportó US$83 mil millones en 2023, una intensidad exportadora de US$8.000 per cápita. Por su parte, el año pasado Chile exportó US$94.000, equivalente a una intensidad exportadora de US$4.850 per cápita, apenas un poco más de la mitad de Portugal.
Nueva Zelanda, otro país con el que nos comparábamos en el pasado, también entre los más desarrollados del mundo, ostenta una intensidad exportadora similar, de casi el doble de la nuestra. Y eso que estas naciones no cuentan con generosas reservas de minerales que están actualmente entre los más cotizados del mundo, como es nuestro caso.
Lo cierto es que Chile se encuentra a medio camino de la intensidad exportadora que han alcanzado los países referidos. Alcanzar los niveles de Portugal y Nueva Zelanda implicaría elevar nuestras exportaciones a volúmenes equivalentes a unos US$160 mil millones anuales, es decir, un 70% más que lo exportado por el país el año pasado, un incremento que asoma inalcanzable en el corto plazo, aunque no imposible en el mediano.
El problema es que las exportaciones de industrias como la minería y la forestal han dejado de crecer. De acuerdo con Marcos Lima, ex presidente ejecutivo de Codelco, la producción minera se encuentra estancada desde hace 20 años. Por su parte, Luis Felipe Gacitúa, presidente de CMPC, ha aseverado que el país tiene un millón de hectáreas con aptitud forestal sin explotar, en lo que se puede considerar un repliegue en toda la línea de una industria exportadora relevante. El crecimiento en otros rubros -la salmonicultura por ejemplo- no alcanza para compensar dichos estancamientos o retrocesos.
Las exportaciones necesitan seguir creciendo con vigor si acaso aspiramos al desarrollo pleno. Pero en lugar de eso, el año pasado decrecieron respecto al volumen exportado en 2022 -que estuvo a punto de alcanzar la simbólica cifra de los US$100 mil millones. Es un resultado desolador que debe prender sonoras alarmas entre nosotros. La permisología y las deficientes políticas públicas de la última década nos están pasando una dolorosa cuenta en materia de inversión, un indicador que suele ser poco comprensible para las personas. Pero está afectando directamente a lo que a la mayoría de los chilenos les importa: al crecimiento del “sueldo de Chile”, que no otra cosa son las exportaciones.
