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La Subsecretaría de Relaciones Económicas Internacionales ha informado que las exportaciones chilenas correspondientes al primer semestre superaron los US$50 mil millones. Si no ocurre nada imprevisto durante este segundo semestre, el volumen total exportado del año alcanzará -por primera vez en nuestra historia- a los US$100 mil millones.
Esta buena nueva, extraordinaria por donde se la mire, merece difusión y titulares de primera página. A pesar de la incertidumbre institucional del último tiempo -pocos países han pasado por los vaivenes que hemos experimentado aquí desde 2019- nuestra vocación exportadora sigue incólume. Ha crecido en medio de las severas turbulencias internas y externas del último tiempo, exhibiendo una envidiable resiliencia. Casi no puede encontrarse en nuestro país un ejemplo más virtuoso que este, de un sector que compite mano a mano en el mundo con las economías exportadoras del primer mundo, sometiéndose a las mayores exigencias regulatorias y logísticas que una actividad comercial puede enfrentar.
Notablemente, las exportaciones no tradicionales siguen incrementándose y ya casi rozan la mitad del total (un 47% el semestre pasado). El sueldo de Chile de otrora -casi basado enteramente en las exportaciones de cobre- se ha diversificado significativamente, compuesto ahora de una amplia variedad de productos y servicios. Más de seis mil empresas los exportan al mundo. Nunca antes tantos chilenos y chilenas llevaron su producción a los mercados internacionales, aprovechando ventajas competitivas que no parecía que podían desarrollarse en este confín del mundo. Para hacerlo trabajan duro, se adaptan a las condiciones cambiantes de los mercados e innovan sin descanso. Quién diría que están aquí en Chile y que la mayoría son compatriotas que lideran medianas y pequeñas empresas, aprovechando hasta la última gota las ventajas ofrecidas por los tratados de libre comercio celebrados con sabiduría y paciencia durante los imperecederos “treinta años”.
Gracias a ese consistente esfuerzo, al que cabe añadir la provisión de capacidades logísticas y de transporte, la intensidad exportadora de nuestro país es, con holgura, la mayor de América Latina. Considérese el caso de Colombia, un país de 52 millones de habitantes, que exportó el año pasado poco más de la mitad del volumen exportado por Chile en el mismo periodo. O el de Argentina (46 millones de habitantes), que hace un siglo fue uno de los exportadores más importantes del mundo; hace ya algunos años que, increíblemente, el volumen de sus exportaciones es inferior al de nuestro país. El caso de Venezuela, un país de 28 millones de habitantes y con enormes reservas de petróleo, bordea lo incomprensible: sus exportaciones en 2022 apenas superaron los US$3.500 millones y la suma de su comercio exterior (añadiendo sus importaciones) no se elevó el año pasado mucho más allá de los diez mil millones de dólares.
Pero si alguien creyó que acá la tarea ya estaba hecha, lo cierto es que en esta materia Chile se encuentra a medio camino de la intensidad exportadora que han alcanzado los países desarrollados. Como proporción de su población un país como Portugal, por ejemplo, exporta aproximadamente un 50% más que nuestro país y Nueva Zelanda más del doble. Ni que hablar de Bélgica -donde esta semana ha estado de visita el Presidente Boric-, que con poco más de 11 millones de habitantes el año pasado exportó la friolera de US$300 mil millones, tres veces el volumen de nuestro país.
Pero así y todo cabe vanagloriarse de este logro chileno, base fundamental de nuestro actual nivel de desarrollo, que ni por un momento debiera pasar desapercibido entre nosotros. Después de todo, se trata ni más ni menos que del “sueldo de Chile”.
