Es usual que los latinoamericanos sigan con interés ciertos asuntos europeos. Así ha sido desde siempre. Hasta hace algunas décadas se admiraba el arte y se estimulaba la migración desde esa zona del mundo. En los últimos tiempos, el interés se focaliza en el fútbol y la política.
Por eso, los acontecimientos violentos ocurridos en la rica y próspera Francia estas últimas semanas, merecen especial atención. Suenan a advertencias sobre los alcances del progresivo debilitamiento democrático. Allí se ha configurado un cuadro de desapego eruptivo y disociador de las nuevas generaciones con la identidad nacional. Sabido es que ésta es un producto que toma décadas, y a veces siglos, en ser forjado. Es la argamasa de una nación. Sin ethos identitario, ninguna institucionalidad puede funcionar.
Los desórdenes en Francia son señales de alerta. Advierten lo que ocurre cuando un porcentaje no ínfimo de la población termina manifestando un mayor compromiso con identidades minúsculas en detrimento de las conexiones vitales con el tradicional sentimiento republicano. Son micro identidades que valoran mucho más la ubicación individual en espacios difusos, como el sexo/género, la religión y la proveniencia étnico-racial.
Estas identidades minúsculas muestran un dato grueso bastante preocupante. Su propensión a la estetización de la violencia. Y desmanes de tal calibre nunca responden a cuestiones fortuitas o a designios divinos. Por eso, muchos la admiran. Responden a pulsiones ostensibles y harto terrenales. La explicación se encuentra, por lo general, en la escasa atención a los gérmenes iniciales de tales tendencias. Es ahí cuando surgen apuestas políticas, que, buscando nuevas utopías, aceleran la transformación identitaria.
Según la evidencia disponible, tales procesos no sólo ocurren al interior de sociedades, cuando se buscan nuevos sujetos sociales. Se da también en las relaciones internacionales.
Escudé, por ejemplo, analizó varios casos emblemáticos. El fin de la República Centroamericana o de la Gran Colombia en el siglo 19. Pero también se observó al finalizar las dos Guerras Mundiales. El denominador común fue el fomento a la desintegración identitaria y la creación de otras.
Como toda apuesta, a veces la difuminación identitaria triunfa; otras, es derrotada. El fracaso se da cuando la apuesta es demasiado artificiosa. Ilustrativos son dos casos en las postrimerías del siglo 20. Uno, el régimen soviético al fallar en su intento de crear una identidad post nacional, el homo sovieticus. Dos, el régimen de Tito al intentar algo parecido en la entonces Yugoslavia. Hasta el día de hoy, Kosovo muestra los resultados de un fracaso estrepitoso.
En la violencia francesa hay claros trazos anarcoides. Esto entrega pequeñas dosis de optimismo de no estar ad portas de un descalabro total. Aparentemente, estas micro identidades no parecen muy compatibles entre sí. Se respira en estos grupos un tufillo neo-trotskista que los lleva a colisiones permanentes. Resolver asuntos tácticos siempre les ha resultado problemático. Tampoco se sabe si las micro identidades emergentes pueden converger con el sistema democrático.
En todo caso, la gran pregunta es, si puede un Estado democrático liberal aceptar a grupos que lo desprecien y lo socaven abiertamente.
Carlo Masala, un prolífico historiador y cientista político alemán acaba de publicar un excelente trabajo, bajo el título Desorden Mundial, donde aborda algunas de estas materias. Su hipótesis central es que el mundo se adentra a un siglo 21 mucho más inestable, dada la coexistencia de crisis globales con otras internas; ambas con poderosas olas expansivas. Las crisis identitarias se insertan en este cuadro. Por eso, Masala habla de «gran desilusión» respecto al significado de democracia liberal y su institucionalidad. Divisa demasiados desafíos; demasiado híbridos.
Puesto así, otra interesante advertencia del caso francés es la transversalidad del consenso que permitió desatar estas turbulencias. Ello se aprecia con nitidez en materias de educación y política cultural. La construcción social de ciudadanos soberbiamente laicos, apasionadamente republicanos e infinitamente tolerantes, pareciera ser lo que ha provocado esta explosión de micro identidades. Se trató de un consenso bastante vasto. Desde una derecha tradicional, de raigambre laica, que eliminó ciertos elementos religiosos de las escuelas en aras de una tolerancia republicana, que se suponía incombustible, hasta los socialistas de Francois Hollande. Estos, ante el hundimiento ideológico, abrazaron un multiculturalismo extremo y un buenismo paternal que los llevó a coquetear con casi todas las micro identidades emergentes. El resultado fue su pulverización electoral.
Las imágenes francesas dan cuenta de una civitas con signos de agotamiento. En aquella sociedad parece haberse perdido aquello que Maritain y otros reconocidos intelectuales europeos llamaron «fe secular democrática».
En este contexto con evocaciones spenglerianas, resulta llamativa la indicación de algunas autoridades respecto a que «los enemigos de la República no tienen cabida en la República» (Gerald Darmanin, ministro del Interior, 2022).
¿Qué significa aquella frase? ¿Quiénes serían tales enemigos? ¿Quiénes actuarían como aliados de tales enemigos? ¿el multiculturalismo y el buenismo infinito?
La frase sugiere la existencia de un enemigo del todo excluyente al interior de una democracia avanzada y rica. Si ello así fuere, cabe preguntarse, ¿qué queda para las frágiles democracias latinoamericanas?
