De vez en cuando, en mis círculos, alguna que otra persona rotea el mall. A sus ojos, tendría algo de ordinario ir a una construcción con múltiples tiendas a consumir. Ellos preferirían gastar su dinero en “alta cultura” o en tiendas independientes. Son personas de teatros, vinilos, ópera y cosas más sofisticadas que, supuestamente, saben autoexcluirse del consumo de masas. Existe un recelo en sectores minoritarios de la sociedad hacia las compras de la clase media y hacia lo que el mall chileno representa. En estos lugares se daría rienda suelta a las pasiones más bajas. La típica imagen sería la de jóvenes con poco dinero que hacen fila para comprar las últimas zapatillas, y así.
Los centros de consumo se han transformado en un fenómeno al que le hemos quitado el análisis en los últimos años. Los malls, en efecto, se transformaron hace décadas -pero pareciera que ahora con más fuerza- en un típico lugar de encuentro. Al incorporar en su interior restaurantes que se adaptan a distintas capacidades de pago, además de atracciones y tiendas variadas, son una opción de reunión: un espacio frío y sin alma, pero de encuentro, al fin y al cabo. Es cierto que todo en el mall invita a comprar. Incita a gastar el sueldo que los trabajadores ganan con esfuerzo día a día: la publicidad, las vitrinas y las miradas de los demás generan la presión necesaria que impulsa a consumir. Se crean necesidades falsas y se generan deudas innecesarias. Así, la sociedad chilena se habría ido volviendo cada vez más consumista, en la medida en que el mall adquiría mayor relevancia dentro de las relaciones sociales.
Sin embargo, tras la superficie, los malls también esconden una realidad: no es necesario tener dinero para ir y pasear por ellos. En ese aspecto radica, precisamente, gran parte de la masividad del fenómeno. Se trata de un espacio que brinda ciertos servicios gratuitos que otros lugares no son capaces de ofrecer. No es necesario consumir para entrar, y en su interior se puede disfrutar de algo de diversión, aire acondicionado o calefacción y música. Tal vez sean cosas modestas, pero en un país donde escasean los espacios públicos agradables, no deja de ser significativo. Recordemos que no todos tienen acceso a aire acondicionado cuando en enero hay más de 30 grados.
El mall, con sus limitaciones evidentes, vino a cubrir espacios y carencias. Y esas privaciones, no son tanto la responsabilidad de alguien, sino uno de los múltiples efectos de la modernización capitalista. Dentro de estos lugares masivos, muchas personas buscan algo que otros espacios dejaron de ofrecer hace tiempo (recordemos que hoy hasta las universidades -los espacios públicos por excelencia- cuentan con torniquetes para entrar). ¿Hasta cuándo las Iglesias permanecerán cerradas la mayor parte del día? ¿Qué tipo de espacios no comerciales pueden ofrecerse a la ciudadanía, y de qué manera? ¿Cómo cambiar la práctica de ir a consumir? ¿Qué hacer para recuperar la seguridad en nuestras plazas y espacios públicos? El mall hasta en este último punto corre con ventaja. Aunque no sean la panacea, al menos ofrece una sensación de seguridad gracias a la presencia de guardias privados. Los espacios públicos, en cambio, incluso en comunas con seguridad municipal dan cierta sensación de inseguridad.
Surgen un montón de preguntas al reflexionar sobre los espacios que ocupamos en nuestro tiempo libre y sobre las formas en que consumimos. El problema es que no solemos dedicar tiempo para hacerlo. Los lugares donde decidimos pasar el tiempo configuran, en cierta medida, el tipo de lazos que generamos. Si nuestras relaciones se vuelven frías y casi transaccionales porque la lógica comercial domina nuestras vidas, entonces debemos buscar alternativas. La pura moralina hipócrita -porque muchos se benefician de lo que ofrece el comercio y sus lujos, y luego lo critican igual- no sirve de mucho. Estos y otros temas se abordarán en el seminario “El consumo en perspectiva”, que se realizará este viernes en la Universidad del Desarrollo. Para saber qué estamos haciendo y hacía donde vamos necesitamos detenernos y pensar juntos sobre este tipo de asuntos.

Interesante y cierto lo que dice el reportaje.