Hace 15 años, Chile tuvo un ministro de Economía extraordinario: Juan Andrés Fontaine Talavera. En poco más de un año generó, apoyó y encauzó proyectos de gran impacto económico y social. Uno de ellos fue Start-Up Chile; el más importante, en cambio, quedó inconcluso.
Start-Up Chile nació en marzo de 2010, semanas después del terremoto, de una idea muy simple: replicar lo que Vicente Pérez Rosales hiciera en el siglo XIX e invitar emprendedores extranjeros a Chile, esta vez desde Silicon Valley y por seis meses o un año, para convertir a nuestro país en el principal hub de emprendimiento e innovación de la región. Fontaine hizo las preguntas correctas: ¿por qué querrían venir?, ¿cómo evitar la selección adversa? La respuesta fue un estándar alto y un proceso muy competitivo, y si nadie lo cumplía, no se hacía. Desde entonces se la jugó por completo, y el programa se convirtió en una de las políticas pro emprendimiento más innovadoras, reconocidas e imitadas a nivel global.
Quince años después, los números hablan por sí solos: más de 3.000 empresas apoyadas, provenientes de casi 90 países; una valorización conjunta superior a US$6.500 millones, cerca de 70 veces la inversión pública comprometida; más de 36.000 empleos generados; 90 exits y cuatro unicornios. El camino no fue fácil. Hubo escepticismo en el comité de ministros y un escrutinio profundo del Presidente Piñera, para quien no era evidente entregar recursos a emprendedores de países ricos cuando en Chile faltaban remedios, comida y techo para miles de familias damnificadas por el terremoto. Poco después, el Presidente se convertiría en uno de sus principales promotores.
Quienes trabajamos con Juan Andrés Fontaine en Economía conocimos a un servidor público excepcional: el primero en llegar y el último en irse, de lunes a domingo, con la política pública rigurosa como pasión. Una de sus máximas era que el gran riesgo en su diseño era la captura del regulador por parte de los grupos de interés. Junto con Start-Up Chile y proyectos como «Empresas en un Día», su iniciativa más ambiciosa fue la Agenda de Impulso Competitivo. Durante un año coordinó a cientos de expertos para identificar propuestas concretas que desataran los «nudos» que frenaban el potencial emprendedor de Chile o, en términos técnicos, eliminar barreras a la entrada de nuevos actores y fortalecer la libre competencia. Sería su hoja de ruta para los tres años siguientes. Semanas después del lanzamiento de la agenda, al mediodía del 18 de julio de 2011, lo llamaron para informarle que a las 17:00 debía presentarse en La Moneda para dejar su cargo.
Desde entonces, varios de los principales nudos de nuestra economía siguen atados, y en algunos casos reforzados. El país prácticamente no ha crecido en una década, la pobreza multidimensional amenaza con llegar al 20% y el desempleo roza el 10%. Las explicaciones habituales son las reformas de Bachelet II, el estallido social o el derroche fiscal del gobierno de Boric. Razones sobran. Pero las trabas y soluciones recopiladas por Fontaine siguen plenamente vigentes.
Presidente Kast, la agenda de Impulso Competitivo está hecha. Usted ya tiene a un Fontaine en Codelco; considere sumar al otro. No a un ministerio ni al segundo piso. Ojalá al tercero. Ahí podrá trabajar protegido de la contingencia, lobistas y grupos de interés, con respaldo real para implementar sus recomendaciones. Esa mirada técnica y decidida evitaría malas decisiones como no haber licitado el litio del Salar de Atacama o destinar USD 3.700 millones anuales a la educación superior sin siquiera tener asegurados USD 350 millones para financiar la sala cuna universal. Además, ayudaría a que Chile sea cuna de las empresas del futuro en Latinoamérica. Con las reformas a tiempo, compañías como Nubank o Mercado Libre habrían nacido aquí, y nuestro ingreso per cápita sería más cercano al de Portugal que al de Trinidad y Tobago.
Hoy, el desempleo es lo más urgente y usted lo tiene claro. Sus equipos de Hacienda y Economía son sólidos, pero esta agenda es difícil de liderar desde ahí, pues el 100% del empleo nuevo no vendrá de las empresas establecidas, sino de las nuevas. Por lo mismo, creo humildemente que funcionaría mejor desde La Moneda, liderada directamente por usted. La señal sería tan potente como necesaria. Pues como advertía Maquiavelo, no hay nada más difícil que introducir un nuevo orden, porque el innovador tendrá como enemigos a quienes se benefician del status quo.
Así como Fontaine protegió a Start-Up Chile hace 15 años para vencer las inercias, hoy corresponde respaldarlo a él, para que Chile cuente con el impulso competitivo que nos permita despegar de una vez y convertirnos en el país que soñamos: uno donde el origen de los chilenos no determine su destino, sino que lo potencie.

Parece muy coherente y razonable, Dios mediante así sea.