Septiembre, lo sabemos, es un mes histórico por muchas razones. Adicionalmente es el mes de la Patria, en parte por uno de esos acontecimientos que han marcado la trayectoria nacional.

Cuando se produjo el 18 de septiembre de 1810 no estaba claro cuál sería su significado. El llamado a Cabildo Abierto tenía una lógica dentro de la institucionalidad vigente, en tanto la formación de una Junta de Gobierno era una fórmula que se dio en diferentes lugares del continente, lo que tendría enormes consecuencias hacia el futuro.

En el caso de Chile sucedieron dos cosas de gran relevancia. La primera fue que se inició una etapa con cambios múltiples; en la práctica se desató un proceso histórico imprevisto y que significó el paso a un nuevo escenario político. Desde 1810 en adelante brotó la prensa chilena, comenzando por La Aurora de Chile; se crearon emblemas nacionales (como la bandera y el escudo, más tarde el himno); hubo nuevas instituciones (el Congreso Nacional, el Instituto Nacional y la Biblioteca Nacional, por ejemplo); surgió el ejército y líderes nuevos; incluso se produjo una gran renovación del lenguaje político, propio de los tiempos revolucionarios.

La segunda fue la Declaración de la Independencia de 1818, que estableció el criterio de análisis: “la revolución del 18 de septiembre de 1810 fue el primer esfuerzo que hizo Chile para cumplir esos altos destinos a que lo llamaba el tiempo y la naturaleza”. En realidad, la chilenidad, la historia de Chile y ciertas características de la sociedad provienen de antes del proceso de independencia, porque la trayectoria histórica nacional tiene una continuidad desde la era monárquica a la era republicana, sin perjuicio del cambio de régimen político. No obstante, hubo continuidades evidentes, no solo en el territorio, sino que también en el idioma e incluso en la religión católica.

Vale la pena preguntarse: ¿por qué amamos a Chile? No es el país más grande ni tampoco el más poderoso; tiene una historia breve y relativamente marginal en el gran escenario mundial; a veces destacamos más los defectos del país que las virtudes de su gente; nos dejamos llevar por los recuerdos de algunos reconocidos fracasos y parecemos olvidar nuestras victorias. No cabe duda que la división nos ha visitado muchas veces y ha dejado como herencia las huellas del odio y la enemistad cívica. Todo eso es verdad, pero solo una parte de ella.

Chile ha demostrado, en numerosas oportunidades, su voluntad unitaria y capacidad de superar las dificultades. Así lo muestra cada terremoto o maremoto, donde la destrucción viene seguida con múltiples manifestaciones de solidaridad, así como de trabajo profesional serio y oportuno de quienes llevan adelante las tareas de reconstrucción. Lo mismo hemos apreciado durante casi medio siglo de Teletón, una de las “cruzadas” más emotivas y maravillosas que tienen lugar en el país. Asimismo, numerosas fundaciones de la sociedad civil realizan una tarea notable de promoción social, en áreas tan diversas como el cuidado de los adultos mayores, la educación de los niños, el acompañamiento a las madres que tienen embarazos en condiciones difíciles, acciones en zonas de pobreza, voluntariados universitarios y tantas otras que ilustran dimensiones positivas del alma nacional.

¿Qué ha sido de nuestros héroes? Es un tema que merece reflexión, y sobretodo acción. En el siglo XIX hubo muchos héroes asociados a los conflictos bélicos, como ocurrió en la Independencia y en la Guerra del Pacífico. Hoy se nos pide algo distinto, un heroísmo de lo cotidiano, de las actividades más normales, asumidas con vocación de servicio. A veces la vida demandará más sacrificios, como fue el caso de los médicos y el personal de salud durante la pandemia, como suele ocurrir con carabineros y en alguna otra actividad. Pero la mayoría de las veces la exigencia de servir a Chile será hacer bien el trabajo profesional de cada uno: en la sala de clases, en la micro, en la agricultura, la minería o la pesca; en el deporte, las comunicaciones, la construcción, los servicios y las responsabilidades en el Estado. La clave está en hacer bien las cosas y con visión de responsabilidad compartida por una sociedad mejor.

Esas son formas normales de expresar el amor a la patria. Se podrían sumar a ellas algunas tareas nacionales pendientes, como terminar con la pobreza y la delincuencia, procurar seguridad y oportunidades para las personas y sus familias, hacer que la vida -a pesar de las dificultades- pueda transcurrir en mejores condiciones materiales. Para ello se requiere desterrar el egoísmo que a veces nos lleva a preocuparnos demasiado por nosotros mismos y a dejar de lado el bienestar o el desarrollo de quienes estando en nuestra misma sociedad se pueden estar quedando atrás.

Las Fiestas Patrias son una gran oportunidad para celebrar, pero también para renovar un compromiso, por seguir teniendo una vida en común en Chile, por desarrollar sus potencialidades, por construir un futuro con esperanza. Y no está de más recordar: amamos a Chile no porque sea más grande o poderoso, porque tenga tales virtudes o haya extirpado algunos defectos, porque obtenga algunos triunfos internacionales o nos entregue alguna alegría deportiva. Amamos a Chile porque es nuestra patria, sencillamente, con gratitud, con amor filial y con responsabilidad compartida.

Académico Universidad de Tarapacá y coautor de Historia de Chile 1960-2010 (Universidad San Sebastián)

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1 Comment

  1. La patria es un valor tan grande, que lleva a los hombres a dar su vida por él, y si algo se valora más que a la propia vida, es porque se considera superior a ella.
    La patria no es algo abstracto: es la tierra en que nacimos y nos formamos, son sus hombres, sus valores, todo aquello que supone su defensa. Por ello es la patria un valor supremo.
    La patria es lo que se ama, ella es un producto del amor; es el sentimiento de un lazo común en el presente y en el pasado; es la comunidad moral e histórica de la que nos reconocemos parte; el nexo espiritual que da vida a la nación y que constituye “el alma nacional”. La patria es como el ser amado que, para serlo, necesita que alguien lo ame.
    La patria no está formada solo por los ciudadanos que en un momento dado habitan en su territorio, sino que por la tradición y el recuerdo de los chilenos que, a lo largo de la historia, escribieron en ella páginas brillantes y nos han legado su nombre y sus hazañas. Y está formada, también, por la esperanza en quienes han de sucedernos y continuarán el relato interminable de nuevos esfuerzos, de nuevos sacrificios. Por eso, al defender la patria, defendemos nuestro mañana no nuestro ayer.
    Adolfo Paúl Latorre
    Abogado
    Magíster en ciencia política

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