Este miércoles 11 de marzo Chile tendrá el cambio de mando presidencial, que llevará a La Moneda al republicano José Antonio Kast, tras cuatro años del frenteamplista Gabriel Boric. El cargo más importante del orden constitucional chileno, de Presidente de la República será ocupado por una nueva persona, según las reglas de la democracia y de la alternancia política que se ha vivido en los últimos veinte años en el Ejecutivo.
En términos generales, se puede decir que existen altas expectativas sobre el Chile que viene. Ello se debe principalmente a los resultados de la elección presidencial de 2025, con un amplísimo triunfo de Kast en la segunda vuelta, sobre la candidata Jeannette Jara. A ello se suma otro elemento: la sintonía que existió entre la propuesta del candidato republicano y las preocupaciones de la población, en particular sobre la necesidad de una recuperación económica y de enfrentar con éxito la crisis de seguridad, con el crimen organizado y otros problemas que afectan al país.
Después de la elección de diciembre, Chile ha vivido un periodo demasiado largo de cambio de gobierno, durante el cual ha habido viajes al extranjero, algunas propuestas finales de la administración, la conformación de los equipos en ámbitos como los ministerios, las subsecretarías, las delegaciones regionales y los equipos que, en términos generales, llevarán adelante la importante y siempre difícil tarea de gobernar. La mayor novedad del proceso ha sido la disputa o corte de relaciones entre los presidentes Boric y Kast, cuyas consecuencias negativas son previsibles.
Podemos sostener que existe un problema institucional en la duración del periodo de transición entre la elección presidencial y el cambio de mando. El tiempo entre la elección y el cambio de mando es excesivamente largo, y ello produce una serie de problemas que rara vez se observan en otras democracias presidenciales comparables. Asimismo, hay otras circunstancias asociadas a “los amarres” del gobierno saliente, para dejar a algunas personas al Estado o por ciertas decisiones en otros ámbitos. En todos los casos el problema debe resolverse por medio de la Constitución y las leyes y no por la supuesta buena voluntad de quien esté en el poder o por la capacidad de la persuasión opositora. En materia de contrataciones, por ejemplo, ellas podrían prohibirse en los últimos seis o tres meses de un periodo presidencial; en la misma línea debería regularse el gasto en la etapa final de su administración.
Me parece que el gobierno entrante y sus partidarios deben tener algunas prevenciones, de manera de enfrentar los cuatro años que vienen con mayor sabiduría y menos decepciones. La primera es trabajar adecuadamente la formación de los equipos. No basta con tener militantes o independientes, de contar con profesionales con o sin posgrado, de que haya tantos hombres o mujeres. Lo anterior es importante, pero no reemplaza una cuestión básica: cuál es el sentido profundo de la tarea que realiza un gobierno y cuál es el estilo de quienes dirigen los distintos niveles de la administración. La prevención es evitar las operaciones de manual o la mera tecnocracia, para concentrarse en un gobierno profundamente centrado en las personas, no solo como orientación sino también en las tareas cotidianas: con la gente, en terreno, con clara capacidad de acción, sentido popular y resultados que logren mejorar la vida de las personas y sus familias. Con el pueblo, para el pueblo.
Una segunda prevención debe ser evitar la tentación de tener expectativas muy altas –como se aprecia de alguna manera en el presente– y del exitismo. Es bueno fijar metas altas, porque orienta el camino y entiende bien el sentido de urgencia que anima a un gobierno de emergencia. Sin embargo, también es importante decir la verdad desde antes: los recursos son escasos y hay poco dinero en el Estado, el sistema de inteligencia tiene problemas, hay un marco regulatorio muy negativo en muchos ámbitos y hay problemas acumulados por años que tardarán en solucionarse. Muchas cosas podrán resolverse por decreto o decisión gubernativa, mientras otras necesitarán del Congreso, donde no existe mayoría parlamentaria del gobierno.
La tercera tarea será jerarquizar. En los gobiernos de derecha suele ser muy importante la economía, la supuesta o real tecnocracia y la capacidad de quienes gobiernan, así como la convicción de que los resultados económicos “hablan”. Como en casi todas las cosas, hay algo de eso, pero en sí mismo es insuficiente y poco profundo: la clave es la dimensión social y política del trabajo, y no la mera acción por la acción. En este plano, me parece que la política y el sentido social del trabajo serán más importantes que los resultados económicos aislados. El crecimiento económico es valioso, implica contar con más recursos y dar vuelta más de una década de mediocridad, que no resiste comparación con los años del progreso. Sin embargo –y las comunicaciones pueden ser un buen aliado al respecto– es necesario explicar muy bien lo que se hace, por qué se hace y, sobre todo, por qué todo ello es bueno para que la gente viva mejor. Lo mismo ocurre en las áreas de trabajo: la seguridad es prioritaria, pero también lo es la economía, el crecimiento y la recuperación del empleo. Detrás de ello, por su impacto social, está la salud (listas de espera y otros), y así aparecen otros temas relevantes.
Por último, el gobierno debe tener una prevención clave: tendrá una oposición dura, con vocación de poder, con ganas de volver y quizá tan implacable como lo fue con el Presidente Sebastián Piñera. Es preciso comprender que José Antonio Kast despierta pasiones y resistencias en la oposición: es el Presidente legítimo de Chile, pero en los últimos años hemos podido observar la imagen que algunos tienen sobre él, frecuentemente caracterizado por la izquierda como una figura extrema, conservadora o asociada al pinochetismo. En este sentido, los comunistas, frenteamplistas, socialistas, feministas y otros grupos de la izquierda nacional siempre tendrán en él un adversario al cual enfrentar. Por lo mismo, no tardará mucho en producirse la unidad opositora contra el gobierno de Kast. Por lo mismo, será necesaria la unidad gobiernista en torno al proyecto del presidente Kast, tarea que no es fácil.
Por cierto, podrían agregarse otras ideas o prevenciones. La lucha política se librará en diversos planos: el gobierno, con sus figuras, la política y las comunicaciones; el Congreso, donde se discutirán leyes decisivas; las redes sociales, formas actuales de difusión y de controversia política; la irrupción de liderazgos, con valor inmediato o proyección futura. Para ello, el gobierno no solo debe tener buenas ideas o “la razón”, pues la política es mucho más que eso. Comprender todo estoy y obrar en consecuencia pueden ser algunas de las claves para ser exitosos en el camino.
