Hace dos semanas escribí en estas mismas páginas sobre el respeto mínimo que debemos tener por quien piensa distinto. Hoy quiero ir un poco más allá. Respetarnos es importante, pero hay un piso todavía más básico: condenar la violencia. Siempre. Incluso -y especialmente- cuando la ejerce alguien con quien podemos tener alguna simpatía o, al menos, cierto compromiso.
Durante los últimos días, las presidentas de la FECH y la FEUC fueron consultadas en distintos medios por la violencia sufrida por jóvenes estudiantes de la Universidad Católica, en el marco de una protesta. Era una pregunta bastante sencilla y de respuesta obvia. Sin embargo, ambas fueron incapaces de entregar una condena clara, sin matices. Vinieron los contextos, las explicaciones y esas declaraciones tibias que suenan más a discurso aprendido que a una convicción profunda.
¿Tan difícil es decir que golpear a una mujer por la espalda, estando en el suelo, no puede tener ninguna justificación?
Lamentablemente, no es un fenómeno exclusivo de la izquierda. Hace algunas semanas, cuando se conmemoraron 50 años del asesinato de Orlando Letelier -y luego de que un grupo de parlamentarios se negara a permitir que se le rindiera homenaje con un minuto de silencio en la Cámara, episodio que motivó mi columna anterior-, distintos dirigentes de la derecha más dura, especialmente del Partido Republicano, fueron consultados reiteradamente sobre el tema. Y nuevamente aparecieron las evasivas, los contextos y los matices.
Distintas veredas, mismo problema.
Pareciera que hemos convertido la condena a la violencia en una suerte de examen político, donde antes de responder hay que preguntar quién fue la víctima y, sobre todo, quién fue el victimario. Si es de los otros, condeno. Si es de los míos, contextualizo. Así, la condena se vuelve dulce cuando sirve para apuntar al adversario, pero bastante amarga cuando obliga a incomodar a los propios.
Eso, huelga decirlo, le hace mal a Chile. Una democracia necesita diferencias. Necesita izquierda y derecha, conservadores y progresistas, oficialistas y opositores. Necesita discusión, tensión y hasta conflicto. Pero, junto con todo lo anterior, necesita mínimos comunes sobre los cuales podamos construir un itinerario común, un inconsciente colectivo. Y la condena a la violencia, sin matices, y con independencia de quien la ejerza, debe ser uno de ellos.
La paz social y la confianza no se construyen pidiendo al adversario estándares que nosotros mismos no estamos dispuestos a cumplir. Se construyen cuando somos capaces de decir, sin letra chica, que la violencia está mal. Venga de donde venga.

Así es, muy de acuerdo. Dicho eso, creo también que hay que homologar y tratar de equilibrar los homenajes qué se realizan a víctimas de la violencia política. En caso contrario tendremos víctimas de primera, segunda y tercera clase y ello incuba germenes de violencia.
Roberto Munita acierta al exigir una condena universal de la violencia, pero confunde condenar sin excepciones con renunciar a los matices. Contextualizar no es justificar, como tampoco condenar significa explicar.
Equiparar una agresión estudiantil con un asesinato político ignora diferencias fundamentales de gravedad y responsabilidad. La coherencia democrática no se demuestra mediante condenas rituales, sino investigando, sancionando y exigiendo responsabilidades incluso a los propios.
Convertir la condena en sustituto del análisis no fortalece la democracia: empobrece su capacidad de comprender y prevenir la violencia.