Uno de los problemas más grandes que ha sufrido Chile en los últimos siete años es el que ha mostrado la profunda división que existe en la sociedad, que ha tenido diferentes manifestaciones. Por cierto, no son situaciones cien por ciento originales, y algunos estudios de opinión -como la encuesta Bicentenario UC- ya habían advertido a comienzos de la década de 2010 el aumento de la división existente en el país entre ricos y pobres, entre trabajadores y empresarios e incluso entre Santiago y regiones.
Desde luego, muchas de estas divisiones se expresaron en la revolución de octubre de 2019, pero también estuvo presente en la Convención Constitucional, que mantuvo el rasgo transformador, refundacional e iconoclasta que había predominado en aquellos días en que el sistema político chileno estuvo a punto de colapsar. Las dos últimas elecciones presidenciales, de 2021 y 2025, han sido quizá las más polarizadas de las últimas cuatro décadas, por la definición de los candidatos que pasaron a segunda vuelta, quienes además obtuvieron un gran respaldo popular.
Con todo, si miramos el vaso medio lleno como se dice, las dificultades se han ido resolviendo de manera institucional, aunque con problemas persistentes y con ciertas ambigüedades. El proceso constituyente derrotado el 4 de septiembre de 2022 estuvo marcado por un comienzo violento y un inicio “de hecho”, fáctico, en la calle, que tuvo el respaldo posterior de las corrientes políticas opositoras -desde el Partido Comunista hasta la Democracia Cristiana- y que luego derivó en el Acuerdo por la Paz y la Nueva Constitución. Las dos derrotas de los procesos constituyentes fueron democráticas y confirmaron la vigencia de la actual Constitución. Además, mostraron la capacidad del pueblo chileno para resolver los asuntos complejos de manera civilizada. Pero nada de esto ha sido fácil y en el camino han ido quedando de manifiesto ciertos problemas estructurales del sistema político y económico social de Chile.
Primero, en 2019 fue muy notable la mayoría -reflejada en las encuestas- que se manifestó partidaria de un cambio de Constitución. Esto se refrendó en el plebiscito de entrada, cuando el 78% de los ciudadanos se manifestó favorable a una nueva Carta Fundamental. Los resultados de la elección de la Convención sólo confirmaron la tendencia del momento histórico y sería un error desestimar la relevancia del 38% que votó Apruebo en el plebiscito del 4 de septiembre, más todavía si consideramos el proceso y el contenido de la propuesta de la Convención. En otras palabras, si la victoria del Rechazo fue categórica, no es menos cierto que una sociedad que discute las bases de su convivencia política está en un serio peligro, más si los resultados son los mencionados y casi cuatro de cada diez personas se muestra favorable a una Constitución bastante lejana a la tradición chilena e incluso occidental.
El segundo problema es político. Los “30 años” mostraban la confluencia de posiciones y los matices dentro de un acuerdo amplio sobre la democracia política y la economía de mercado. En las segundas vueltas resultaba clave ganar el centro y la Concertación y la centroderecha eran fuerzas políticas que dominaron gran parte de la política, en el Congreso Nacional, en los medios de comunicación y en vastos sectores sociales. El desarrollo parecía una aspiración compartida, como ilustraban gobernantes como Ricardo Lagos o Sebastián Piñera. Todo eso hoy forma parte de la historia.
Uno de los problemas actuales de la sociedad chilena es que carece de un proyecto nacional compartido, y el país se mueve de manera pendular, sufre de contradicciones y lamenta la falta de compromiso común con el futuro. La democracia, por definición, implica que existan visiones distintas, pensamiento plural, ideologías diversas y personas que compiten política o electoralmente. Eso es parte del sistema y no implica ni de lejos algo que deba preocuparnos. Lo grave es que dentro de esa diversidad vaya desapareciendo el camino común hacia un futuro mejor, que se debatan los fundamentos y que la división se vuelva más profunda. Lo explica muy bien José Ortega Gasset en su libro Del Imperio Romano, cuando se refiere a los “estratos de la discordia”: ellos se manifiestan cuando una república se divide, el “corazón” se parte en dos y la sociedad incluso deja de serlo. Su análisis no era exclusivamente filosófico, cómo podríamos suponer, sino que tenía una base histórica, considerando la crisis autodestructiva de la república romana (en el siglo I antes de Cristo).
Por todo ello, entre los múltiples desafíos que tiene Chile, no podemos dejar de mencionar la necesidad, quizá incluso la urgencia, de recomponer la unidad nacional perdida y ser capaces de tener un proyecto común de largo alcance. Esto no significa tener acuerdos en mil aspectos de la vida social, sino alcanzar algunas definiciones esenciales que deben cuidarse y proyectarse en el tiempo, como desafíos comunes del país al que todos pertenecemos. Septiembre es un mes curioso, y se pueden observar de inmediato las divisiones de la historia, con los recuerdos de los odios y dolores. Sin embargo, también es el mes de la patria, donde los chilenos celebramos la bandera común, nuestras tradiciones y la pertenencia a Chile.
Por cierto, la historia nacional no se agota en dos siglos de vida republicana ni Chile nació en 1810. Hay una tradición histórica importante que precede a la Independencia. Sin embargo, las celebraciones del 18 tienen que ver con los cambios de comienzos del siglo XIX, entre ellos pasar a ser un país independiente y asumir luego otros desafíos, cómo organizar la República, consolidar el territorio, alcanzar el progreso y desarrollar una conciencia nacional, todos temas que han seguido siendo tareas importantes de las generaciones siguientes. En la actualidad, por lo mismo, la pregunta debería ser acerca de los desafíos de esta generación, las obligaciones que tiene Chile en este siglo XXI, las tareas que deben ser asumidas como un proyecto común, un itinerario compartido, aunque siempre con gran respeto a nuestras diferencias. De esta manera, aparecen con especial fuerza algunos aspectos: el perfeccionamiento y consolidación de la democracia republicana en Chile, la recuperación y permanencia del crecimiento económico y, sobre todo, la necesidad de alcanzar un progreso social sólido, compartido y que permita que nuestros compatriotas vivan mejor y puedan desarrollar sus proyectos de vida, alcanzando su mayor desarrollo espiritual y material.
Septiembre es un mes donde las divisiones históricas de Chile se nos aparecen a la vista. Sin embargo, si abrimos los ojos encontraremos fácilmente aquello que nos une no solo en el pasado, sino que sirve de base a un proyecto futuro. Con ello, la unidad nacional aparece claramente como una aspiración valiosa, muy superior a cualquier división del pasado. De esta manera, la historia no es una cosa muerta, sino que se convierte en vida que alimenta el futuro. Felizmente, tenemos la libertad para elegir el camino, esperando que también tengamos la sabiduría y el patriotismo para que esa elección signifique un futuro mejor.
