De acuerdo con algunas noticias, Chile ha tenido una mala semana, quizá pésima. El país vive una grave crisis en materia laboral, y con un desempeño mediocre y una indolencia lamentables: apenas se crearon 141 empleos en los últimos doce meses. En el plano de la delincuencia, supimos que el 2024 fue el año con el número de secuestros más alto en una década, lo que se viene a sumar a otras cifras que habíamos conocido tiempo atrás, como los récords en asesinatos y violaciones de mujeres. Los dos temas están en el centro de las principales preocupaciones ciudadanas, como son la delincuencia y la situación económica.
No obstante, para la derecha en su conjunto el tema de la semana ha sido otro: la división y las recriminaciones derivadas de una acusación sobre ataques y agresiones a través de redes sociales contra la candidata de Chile Vamos. La reacción fue un duro ataque de ella contra el postulante de republicanos, así como los anuncios de una querella por parte de senadores de Renovación Nacional, la que finalmente no se verificó. Basta ver la prensa llena de explicaciones -muchas de ellas difíciles de entender-, llamados a la unidad, intentos de desmarcarse y otras tantas intervenciones para tratar de revertir los efectos negativos de un espectáculo que tiene claras raíces históricas y que muestra un sello autodestructivo de consecuencias insospechadas.
Una de las investigaciones que más he disfrutado y sufrido en mi vida se refiere a la guerra civil de 1891. La lectura de los periódicos y de las sesiones del Congreso Nacional durante el año que precedió al conflicto intestino permiten apreciar la descomposición no solo de la convivencia política, sino también de otro tipo de relaciones, como muestran las rupturas de amistades, el quiebre entre los correligionarios o la división al interior del Ejército: en definitiva, de quienes habían sido parte de un proyecto común llamado Chile y que pronto devinieron de amigos en adversarios y de adversarios en enemigos, dispuestos a matarse en los campos de batalla.
La situación actual está lejos de aquella guerra, aunque se advierten abusos en el lenguaje, malas pasiones, enemistad y una vocación de enfrentamiento que no debiera ser propia de la política, muchos menos entre potenciales aliados. Luchar en el lodo en vez de en una disputa que debe darse en el plano de las ideas es un craso error, como lo es anunciar querellas judiciales en una campaña que es esencialmente política. También lo es poner los desacuerdos en el centro de la discusión pública, en vez de privilegiar otros aspectos que fortalezcan a los candidatos o muestren cierto diagnóstico común de los temas que es necesario enfrentar en el país, entre los cuales aparece la mencionada delincuencia y la urgencia de una recuperación económica que permita una mejor calidad de vida para todos.
Es verdad que en el seminario de la Sofofa hubo posiciones más armónicas entre ambos candidatos de la oposición y que se han ido poniendo paños fríos en la división con la cual comenzó la semana. Pero no cabe duda que el daño está hecho, aunque todavía no sea posible saber claramente los efectos que tendrá, aunque es probable que las definiciones y acusaciones de Evelyn Matthei del lunes pasado la hayan terminado dañando tanto a ella como a José Antonio Kast. No es lo mismo división -por ejemplo, por la existencia de dos alternativas, o tres si se suma a Johannes Kaiser- que enfrentamiento, como tener ideas distintas no implica entrar en un huracán de descalificaciones.
El problema no es solo de la derecha, sino que es histórico y transversal. Por ejemplo, llama la atención observar la trayectoria de la Unidad Popular, en la cual eran habituales los conflictos entre revolucionarios y reformistas, así como también entre quienes estaban con el Presidente Salvador Allende y los que preferían distanciarse de él, manifestando diferencias doctrinarias y tensiones estructurales entre los partidos y las bases sociales movilizadas, muchas veces con agendas inconexas e incluso contradictorias. El caso más paradigmático es el del propio Partido Socialista, que en la práctica mostraba una línea de “avanzar sin transar” con Carlos Altamirano, que tuvo variadas diferencias con el propio Allende, como se pudo apreciar –de manera terminal y con dramatismo– para los llamados a diálogo con la Democracia Cristiana o a buscar otras fórmulas de prevenir la escalada del conflicto y el camino hacia un golpe de Estado o una guerra civil. Esa división no era simplemente de líneas políticas o doctrinarias, sino que representaba una verdadera autodestrucción. Otro caso notable es el que ocurrió en el Movimiento de Acción Popular Unitaria (MAPU), que logró el 2,5% de los votos en la elección parlamentaria de 1973 y obtuvo apenas dos diputados. Tras los comicios, el MAPU se dividió, con peleas, ocupación de sedes y formación de dos “MAPU”, pequeños, pero activos y contradictorios.
La derecha, en término de divisiones, tiene una larga historia. Ahí está, como muestra casi ridícula y destinada al fracaso, la elección presidencial de 1946, cuando dos de sus candidatos sumaron casi el 56% de los votos, y terminó triunfando la primera mayoría relativa que había obtenido solo un 40%, un candidato radical con apoyo del Partido Comunista. En el ciclo previo a la democracia chilena, Renovación Nacional surgió con una división tan profunda como odiosa, que terminó con la salida de Jaime Guzmán y el renacimiento de la UDI, que dio vida la fórmula bipartidista que se mantendría por casi tres décadas. La campaña previa a la elección presidencial de 1993, para RN terminó un año antes con una disputa inédita por sus formas y fondo entre Sebastián Piñera y Evelyn Matthei, digna de una serie cinematográfica, con escuchas telefónicas ilegales, amenazas, mentiras y la bajada de candidatos.
Ha pasado mucho tiempo y al finalizar julio reaparecen los fantasmas en la derecha. Un análisis político relativamente sencillo nos lleva a concluir que resulta difícil –aunque no imposible– un triunfo de la candidata Jeannette Jara en los comicios presidenciales de este 2025. Pero es necesario tener otra cosa en la cabeza: que la derecha decida perder la elección. No se trata de una decisión explícita o de una definición política, pero sí de una clara determinación por hacer lo que no se debe, por privilegiar los enfrentamientos, por confundir el sentido de una elección presidencial o simplemente por repetir la fórmula “yo o nadie”. O porque quien queda en el camino decide no votar ni apoyar a quien pasa a segunda vuelta.
Al parecer los partidos han comenzado a reaccionar con mayor madurez y es probable que la semana cierre con mejores augurios, aunque el daño ya está hecho. En un primer momento veremos en las encuestas el efecto que los sucesos puedan haber tenido, si bien ya es posible observar algunas consecuencias políticas, posturas contradictorias al interior de Chile Vamos y una sensación de que las cosas no pueden seguir por este camino. Aunque no lo pensemos así, todavía falta mucho para las elecciones presidenciales y parlamentarias (algo olvidadas en medio del tráfago hacia La Moneda). Las opciones son muy simples: acentuar la división y pavimentar las derrotas en ambos comicios, o revertir esta mala jornada para caminar hacia una eventual victoria. Es decir, el suicidio político y la autodestrucción, o la responsabilidad pública y el sentido de país.

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Muy asertivo Alejandro. Mirando las declaraciones públicas más algunas opiniones de chat que no se publican y que por ende son mucho más extremas, dan la impresión de un quiebre que no será fácil de superar.
Es de esperar que aparezcan más líderes unitarios.