derecha

Escribo esta columna poco antes del plebiscito y me parece que, sea cual sea el resultado, es necesario pensar en el día después cuando la contienda política vuelva a sus cauces normales. A mi juicio y con independencia del resultado -habrá mucha gente que votará A favor por el mismo motivo que otros votarán En contra, “para que se acabe esta cuestión”-, hay dos cambios profundos en nuestro mapa político. Por una parte, un desfonde en la relación entre la ciudadanía y la casta y, por otra, un quiebre en la derecha que difícilmente podrá restaurarse tras la decisión de sus líderes de llevar a buen puerto el proceso revolucionario iniciado por la violencia octubrista.

Profundicemos. El desgaste del gobierno es evidente y podemos augurar con cierta certeza que sólo se agravará en los dos años de gobierno que le quedan. Y es que el proceso constituyente no convoca más que a la élite y a quienes iremos a votar obligados por lo que, a diferencia de lo que piensan muchos, no habrá posibilidades de capitalizar electoralmente el veredicto ciudadano. Si se repitiera la historia del Rechazo del 4 de septiembre y de la elección de consejeros porque la gente no está ni ahí con el tema constitucional, no habrá ningún sector político que se beneficie de los resultados. En este contexto lo sensato para la derecha no era consumar el proyecto refundacional que el octubrismo inició dando un golpe de Estado, sino más bien articular un discurso coherente y cercano a las personas para endosar los costos de la revolución legal a la extrema izquierda.

Lamentablemente, se tomó un camino que sólo aumenta la desconfianza de los ciudadanos que, cansados de los políticos podrían decidir anular el voto en las próximas elecciones. Y no creo que importe mucho de qué sector estemos hablando, porque la discusión constitucional borró las diferencias ideológicas entre los extremos y los bandos antes en pugna se subieron al mismo barco (o al mismo avión para ser más precisos). En otras palabras, ¿cómo podrá alguien de derecha defender la reducción del tamaño del Estado después de haber promovido el Estado social y democrático de derecho, modelo impuesto por la extrema izquierda en casi todo el continente con consecuencias catastróficas para las economías de la región?

Así las cosas, en términos electorales los resultados del plebiscito son irrelevantes. La ciudadanía votará porque está obligada y, la mayoría, tanto quienes están a favor como quienes rechazan, lo harán con la esperanza de “que se acabe este tongo”.

Sin embargo, de cara a las próximas elecciones, la casta política en general y la derecha en particular, no solo deberá enfrentar la desconfianza y hastío ciudadanos. La nueva fisura que presenta la derecha, no tiene por fundamento el hastío, sino lo que se ha interpretado como una claudicación de los principios por quienes se mantienen en la posición de no aceptar un proceso ilegítimo ni un proyecto de corte neomarxista con derechos sociales garantizados, restricción por ley simple de todos los derechos fundamentales, derechos colectivos justificados por razones de raza, distribución de los cargos en la sociedad por sexo, paridad de salida, adoctrinamiento climático, cambio de la matriz energética, la consagración de una partitocracia y de la igualdad sustantiva por mencionar algunos de los aspectos más polémicos del documento.

Muchos piensan que todo depende de la interpretación de cada quien, pero es ahí donde probablemente el triunfo ya no de las ideas, sino de una mentalidad de izquierda sea irremontable. Hablo del relativismo moral y de la negación de la verdad plasmada negro sobre blanco en un documento que pretende remodelar la realidad jurídica de Chile.

Bajo la tensión de las dos fisuras brevemente descritas -una en la relación de la ciudadanía con la casta política y la otra en el seno de la derecha-, la pregunta es qué sucederá en las próximas elecciones.

Por supuesto que dependerá de la emergencia de nuevos liderazgos capaces de capitalizar el hastío ciudadano y de recomponer el tejido en la derecha, lo que implica no sólo un restablecimiento de su ideario a partir de una recuperación de sus principios, sino de un trabajo que recomponga las relaciones interpersonales hoy muy dañadas por la decepción y por un modo de hacer política que hizo uso de todas las armas que, normalmente, se despliegan en contra del adversario y, en esta ocasión, se usaron para descalificar a los del propio bando, como si sus votos y apoyo fuese irrelevante para el próximo triunfo electoral. Es probable que se piense que ese es un voto seguro, pues siempre se inclinará por el mal menor. Puede ser que, en parte, tengan razón. Para quienes se encuentran lejos, tanto de la complejidad jurídica, filosófica y conceptual del modelo propuesto como de las trincheras mediáticas, será fácil dar vuelta la página. Sin embargo, creo que otros no volverán a ponerse del lado de quienes por diversas consideraciones promovieron un texto que daba a la extrema izquierda el triunfo más anhelado desde el quiebre de 1973: enterrar junto al legado del régimen militar, el éxito de 30 años de gobiernos de la Concertación y transformar a Chile en la tumba del neoliberalismo.

PhD en Filosofía y en Ciencia Política

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