Que dos senadoras de la República estén peleando a gritos como si estuvieran en cualquier parte menos en el Senado, denota el bajo nivel al que han llegado nuestros representantes. Las senadoras Fabiola Campillai y Camila Flores, en el contexto del debate por los indultos a policías condenados durante el estallido social, se enfrascaron en una discusión marcada por las acusaciones personales y los insultos. Lo notable no es solo la vulgaridad del hecho, sino lo rápido que pasaron a la descalificación.

No es algo nuevo decir que la calidad de nuestros representantes, para debatir y para ofrecer argumentos, cada día deja mucho que desear. Ya no son tiempos de erudición ni discursos bien fundados en el hemiciclo. No hay un Valentín Letelier ni un Abdón Cifuentes o una Inés Enríquez Frödden.

Lo anterior se aprecia en diversos debates donde la apelación a los argumentos está supeditada a la frase para las redes sociales para despertar los cinco minutos orwellianos contra algún adversario. Algunos de nuestros políticos son agitadores de bajas pasiones. Nada más ni nada menos.

El espectáculo dado por las senadoras Campillai y Flores en el Congreso no es algo aislado, sino que es reflejo de lo que ocurre en todo el espectro político. Más importante aún, es reflejo del ecosistema de vulgaridad que hoy impera en torno a los asuntos públicos y la política mediados por programas que son más bien circos romanos digitales. Así, la lógica chabacana ha permeado el ámbito de la política y a sus actores.

En este ecosistema político vulgarizado, se ha confundido ser ponderado con ser aburrido y el ser prudente con la carencia de convicciones. Por eso imperan las bravuconadas y la incontinencia verbal entre personas que incluso se supone, saben de política, de valores, de ideas y de cultura. Personas que, sin embargo, parecen esperar que, ante diversos asuntos del debate nacional, todos actúen como hooligans de una barra brava o como fanáticos de un credo religioso. Pero en un ambiente así, no hay minorías rectoras, sino que florecen los simples caudillos entre las masas.

Entre uno y otro fenómeno está la llamada economía de la atención donde no se premia ni triunfa quien mejor convence sino quien más viraliza con frases grandilocuentes, ofensivas o extremas. Como lo que hoy viraliza es la provocación y no el argumento, no es raro que proliferen los fanfarrones. Es rentable y da fama. Ese incentivo estructural es el que empuja incluso a personas con formación y trayectoria a preferir el exabrupto por sobre el debate.

Ese mismo incentivo es el que alimenta a los caudillos y demagogos de la plaza que bajo el lema de un partido, bajo la promesa de una lucha épica contra el mal, agitan los prejuicios, las envidias y las bajas pasiones de las masas, simplemente para luego gestionar como oligarcas el negocio político que han fundado. Pero ojo, de ahí nunca saldrá un estadista.

Investigador Senior de la Fundación para el Progreso

Participa en la conversación

1 Comment

Deja un comentario
Debes ser miembro Red Líbero para poder comentar. Inicia sesión o hazte miembro aquí.