Cuando el Presidente Boric presentó a su candidatura a La Moneda, no fueron pocas las voces que alegaban que aún le faltaban vivir “experiencias vitales”, antes de asumir el cargo. Y con esto no se buscaba plantear que le convendría darse un año sabático, o irse a trabajar a Australia para terminar paseando por el sudeste asiático, como hacen muchos universitarios, sino algo mucho más profundo: para gobernar un país, el hecho de haber tenido experiencias laborales y familiares previas, como emprender, ser despedido o ascendido en el trabajo, y formar una familia, nos permiten mirar el mundo con otros ojos. Y eso, se decía -y se sigue diciendo- es clave para ser Mandatario.

De hecho, el mismo Presidente lo reconoció, al menos inconscientemente, cuando meses después de llegar a Palacio, señaló enfáticamente que “otra cosa es con guitarra”. Pero en ese lejano 2021, a muchos de sus electores no les importaba esta falta de experiencia.

La pregunta es: ¿les importa ahora?

Un reciente reportaje de La Tercera (“Treinteañeros con hijos: el punto de fuga del 30% que apoya a Boric”, 8 de diciembre) explora un fenómeno fascinante, sobre el que poco hemos reparado: cómo los cambios en las trayectorias de vida de los treintañeros que respaldaron a Gabriel Boric en su camino a la presidencia se han convertido en un punto de fuga para su base de apoyo. Estos adultos jóvenes, sin hijos al inicio del mandato, enfrentan ahora las complejidades de la crianza, y con ellas, nuevas preocupaciones y prioridades. Se trata, en efecto, de una generación, que de buenas a primera no tenía problemas con abrazar una agenda progresista -incluso pudieron embalarse con las causas más psicodélicas del octubrismo- pero que ahora empieza a cuestionar si las políticas del Gobierno responden a las necesidades prácticas que ahora enfrentan en su rol como nuevos padres, especialmente en temas como educación, seguridad y acceso a servicios básicos.

Este análisis ilustra cómo los cambios en el ciclo vital influyen directamente en la manera en que los ciudadanos perciben a las autoridades y evalúan su desempeño. Más allá de las cifras, se trata de entender cómo las narrativas políticas conectan (o fallan en conectar) con experiencias humanas específicas. Esto nos recuerda algo esencial: no basta con saber qué decir; es necesario saber a quién le hablamos y desde qué contexto lo hacemos.

Aquí es donde la experimentación social y las comunicaciones cumplen un rol insustituible. El hecho de que la Secom haya dado con este paradigma, permite no sólo conocer mejor la realidad, sino ayudar a diseñar mejores respuestas a la ciudadanía. Comprender los “puntos de fuga del electorado”, como señala el reportaje, no sólo ayuda a mitigar la pérdida de apoyo; también permite anticipar las transformaciones sociales que se reflejan en las urnas y en la percepción pública.

Si queremos mejorar nuestras democracias y la conducción política, es hora de valorar a la sociología no sólo como una herramienta de análisis, sino como un eje central en la toma de decisiones. Los datos, como los entregados por este tipo de estudios, no son meras estadísticas: son las claves para construir un relato político que conecte con la ciudadanía. Y eso es perentorio, ya que entender a la sociedad no es sólo tarea de académicos; es un deber de quienes conducen el presente y modelan el futuro.

Director de Administración Pública UNAB

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