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La discusión de estos días sobre el papel de las ciencias sociales y las humanidades me recordó la figura del hablador, una institución imprescindible en la vida del pueblo machiguenga de la selva peruana de la que habla Vargas Llosa en la novela que lleva ese nombre. El hablador recorre las aldeas aisladas relatando los acontecimientos de un lugar y otro, transmitiendo la historia de los antepasados y sus mitos, desentrañando el sentido de las costumbres y las decisiones, de la vida, la muerte y el futuro.

El hablador reúne en sí al periodista, el intelectual, el profesor, el sacerdote, el poeta y el artista: narra la historia, interpreta los fenómenos de la vida colectiva, provee de un marco comprensivo que permite al pueblo verse a sí mismo y proyectar su propio desarrollo. Como en la cultura machiguenga, cada sociedad necesita de algunas profesiones que contribuyan a la narración acerca de quiénes somos, por qué nos encontramos juntos y hacia dónde vale la pena dirigirse. El hablador puede ser un charlatán o un intérprete honesto de la vida de un pueblo, de sus aciertos y sus puntos ciegos: alguien que se toma en serio la misión de comprender su mundo y no renuncia a la tarea de orientarlo. Sin esas figuras, una sociedad puede contar con abundantes medios y carecer de dirección. Puede disponer de toda la tecnología alcanzable sin saber para qué fines.

La reciente decisión del Ministerio de Ciencia de destinar el 70% de los proyectos de investigación del concurso Fondecyt posdoctorado a áreas fundamentalmente productivas puede parecer un asunto menor, pero revela una visión del país en que el papel hermenéutico de algunas profesiones se considera irrelevante. Pese a los discursos, lo que trasluce la decisión y las justificaciones posteriores es la idea de que las ciencias sociales y las humanidades no son más que cháchara inútil, distracción de aquello que realmente merece los esfuerzos públicos porque “crea valor”. La universidad, la institución social que simboliza de modo paradigmático el esfuerzo de comprender el mundo en sus distintas dimensiones, no sería más que un instrumento del sistema económico, un input de un proceso productivo que debe ser incentivado o desincentivado según su retorno. El trabajo comprensivo de los “habladores” de este tiempo no aportaría valor al país por no contribuir directamente al producto interno bruto. La miopía tecnocrática es severa.

El esfuerzo que está haciendo la comunidad académica estos días de hacer ver los problemas de esta lógica no es incompatible con reconocer un déficit de calidad en muchas investigaciones académicas (en ciencias humanas y también “duras”). Exigir calidad y rigor es lo mínimo cuando se trata de instituciones y proyectos que reciben apoyo público. Y, por lo demás, sería un error tratar ese financiamiento como un derecho social y no como algo de lo que hay que dar cuentas a la sociedad. Pero en esta discusión el punto central parece ser otro: la cuestión nuclear de que nada dispensa a una sociedad del esfuerzo serio de pensarse a sí misma, de entender el mundo, de articular un horizonte comprensivo en el que también la productividad económica y el desarrollo tecnológico encuentren sentido. Hacerse cargo de esto es asumir que las preguntas más radicales que se plantean las humanidades y las ciencias sociales no se responden de una vez y para siempre. Es insuficiente vivir de las respuestas articuladas hace dos, tres o veinticuatro siglos. Podemos nutrirnos de ellas, pero cada generación necesita volver a formular esas preguntas, explorarlas desde su lugar y tiempo, enfrentarse a ellas con la conciencia dramática de que el sentido se reconstruye siempre en el hoy.

Ninguna sociedad puede despreciar la tarea de comprender su mundo y abocarse a su puro funcionamiento sin infligirse a sí misma una herida profunda, sin cercenar el espacio para un auténtico despliegue humano. Los “habladores” seguirán siendo imprescindibles si lo que buscamos es una vida común cuya riqueza no se encuentre de antemano degradada. La sociedad que vive sólo para refinar los medios de conservación de la vida difícilmente puede llamarse a sí misma avanzada o innovadora. Si quiere serlo, necesita cuestionarse su idea misma de “crear valor”.

Investigadora de Signos, Universidad de los Andes.

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2 Comments

  1. A primera vista y lectura, parece injusto destinar un 70% a las ciencias de los «datos duros y productivas». Sin embargo, lo que no sé expone es que por décadas el presupuesto le asignada casi un 100% a ciencias sociales, muchas veces a temas bien irrelevantes y de gusto de una élite cultural que en vez de levantar fondos privados, siente o sentía que es un derecho, otro más, que el Estado con el esfuerzo de todos los chilenos debe financiar sus particulares gustos.

  2. Muy de acuerdo con Francisca … Como botón de muestra, recordemos que la educación cívica se eliminó del curriculum de enseñanza chileno el año 1998, dictándose en ciencias sociales … ¿ Debo seguir la idea ?

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