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Cuando niña, mi padre nos llevaba al zoológico y con genuina alegría visitábamos a los osos -especialmente a los dos osos polares que, en medio del calor estival, se zambullían en su piscina- a las jirafas, la elefanta Fresia -a quienes alimentábamos con maní directo en su trompa- y también a los monos y leones. Repetí el ciclo con mis hijos, con igual sensación de gozo. Hace poco, no obstante, al ir con nietos preadolescentes, la sensación era distinta. ¿Por qué las jaulas son tan pequeñas? O, ¿por qué algunos animales están aislados? Eran preguntas incómodas, que apuntaban directamente al bienestar animal, las que no supe responder.

Recuerdo estas sensaciones contradictorias al leer que el Zoológico Metropolitano de Santiago cumple cien años y que próximamente será reabierto al público. Inaugurado en 1925, fue concebido como un espacio de recreación y educación, coherente con una época en la que la relación entre seres humanos y animales estaba marcada por una mirada profundamente antropocéntrica. Los animales eran mostrados, observados y clasificados; el ser humano, en cambio, ocupaba sin cuestionamientos el centro moral del relato. En ese contexto histórico se inscribe la llegada de la elefanta Fresia en el año 1941, uno de los hitos más recordados del zoológico. Para muchas generaciones, como la mía, Fresia fue parte de la infancia, de las visitas familiares, de una ciudad que todavía miraba a los animales salvajes como algo lejano y fascinante. Su figura se transformó en símbolo, casi en patrimonio afectivo. Pero el cariño y la nostalgia, por legítimos que sean, no resuelven el problema ético de fondo.

Hoy contamos con abundante evidencia científica que demuestra que muchos animales poseen capacidades cognitivas y emocionales complejas, estructuras sociales sofisticadas y necesidades ambientales imposibles de reproducir plenamente en cautiverio. Tal como se señala en su página web, este zoo realiza labores de educación de la sociedad, conservación de la biodiversidad, investigación y rehabilitación de fauna silvestre, bajo los más altos estándares de bienestar animal. Pero no podemos obviar el encierro prolongado, la restricción del espacio, la imposibilidad de interactuar libremente con otros individuos de su especie -o con el ecosistema que les es propio- lo que genera sufrimiento, incluso cuando las condiciones materiales parecen adecuadas y es evidente que están bien cuidados.

No se trata aquí de desconocer el rol que algunos zoológicos, éste incluido, cumplen en la conservación de especies nativas en peligro de extinción, ni su función en la rehabilitación de animales heridos, decomisados o abandonados. En esos casos, puede existir una justificación ética razonable, basada en la protección del propio animal o de la especie. Pero una cosa muy distinta es preguntarse si resulta moralmente aceptable mantener animales sanos en exhibición permanente, solo para el goce humano.

Desde la bioética, la pregunta central no es si los zoológicos son legales, tradicionales o populares, sino si pueden justificarse moralmente. Y para ello no basta con invocar la educación o el entretenimiento. La pregunta clave es si esos beneficios humanos son suficientes para legitimar la privación sistemática de libertad y de condiciones de vida propias de cada especie. El centenario del zoológico es una buena ocasión no solo para recordar lo que fue, sino para preguntarnos qué estamos dispuestos a seguir tolerando. Porque las sociedades también maduran éticamente cuando son capaces de revisar críticamente sus instituciones más queridas. Tal vez el verdadero homenaje a estos cien años no consista en celebrar el encierro que supimos aceptar, sino en atrevernos a imaginar formas de relación con los animales que ya no dependan de jaulas para existir.

Docente-Investigadora en Bioética, Universidad del Desarrollo

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