Hay países que decaen por una guerra, por un terremoto o por una catástrofe externa. Chile no. Chile se fue debilitando por decisiones políticas tomadas con soberbia, con irresponsabilidad y con una peligrosa desconexión respecto de aquello que sostiene a una República: la estabilidad institucional, el respeto por la ley y una cultura compartida.
Este deterioro no comenzó en 2019. El 2019 fue la explosión. El origen se arrastra, con claridad, desde el segundo gobierno de Michelle Bachelet, cuando una Concertación ya exhausta fue reemplazada por la Nueva Mayoría y, en esa transición, se incorporó al Partido Comunista como actor central del nuevo ciclo. Ese fue un giro político decisivo. A la vez, se abrió la puerta a los líderes del Frente Amplio que venían de los movimientos estudiantiles: irrumpieron con épica, pero sin madurez de Estado; con relato, pero sin responsabilidad institucional.
Las reformas del segundo gobierno de Bachelet, en particular la educacional y la tributaria, terminaron por instalar un clima que Chile no conocía: la desconfianza, el castigo a la inversión, la idea de que el crecimiento era una suerte de pecado original, y la convicción moral de que bastaba “refundar” para mejorar. Fue el comienzo del estancamiento. Y cuando un país detiene su crecimiento por razones ideológicas, no queda en pausa: retrocede. En pocos años caímos en algo impensable: la degradación de la educación. La pérdida de calidad, disciplina y exigencia se hizo estructural. No es un debate técnico: es la base misma de nuestra convivencia. Un país que renuncia a educar bien renuncia a su futuro, y además abre un camino inevitable: el resentimiento social, el desarraigo de la clase media y el debilitamiento del mérito como pacto democrático.
Entonces llegó el malestar. Pero conviene decirlo con honestidad histórica: el 25 de octubre de 2019 la calle no pedía una nueva Constitución. Expresaba otra cosa: un cansancio de la clase media, una angustia real frente a salud, pensiones, educación, costo de la vida. Era una protesta social con demandas concretas, no un mandato constituyente.
Pero ese malestar fue capturado.
Cristián Warnken, en su reciente libro (excelente hasta donde llevo leído) , El pedestal vacío, retrata un símbolo exacto: la remoción de Baquedano y el pedestal deshabitado. Él dice: “Ver el pedestal vacío produce una sensación de resignación de abdicación de la sociedad chilena y su élite ante la violencia, no solo física, sino, sobre todo, simbólica.” Ese vacío no fue ingenuo. No era solo derribar un monumento; era despejar el lugar para imponer nuevos “héroes”, nuevos relatos, nuevas hegemonías. Y lo que vino después no fue regeneración: fue ocupación. Daniel Mansuy lo señaló con precisión en su libro Los inocentes al poder: no era una generación inocente; era una generación convencida de su superioridad moral, dispuesta a pasar por encima de las reglas porque se sentía autorizada por la historia.
Hace poco, Lucy Oporto, inquietante y exacta manifiestó: “octubre supura en las sombras. No ha desaparecido: se esconde, espera, amenaza”. Refiriéndose a la última Cuenta Pública del Presidente Boric, del 1 de junio de 2025, en la cual reafirmó su validación del llamado “estallido social” tratando de poner atenuantes. Y se debe estar atentos. No es una frase para la galería: es una señal. Kenneth Bunker lo describió con crudeza: la supuesta “gobernabilidad” del gobierno es consistente con una sola realidad: “la razón por la cual no hay movilizaciones es porque quienes las diseñan y conducen están en el gobierno”. Max Colodro fue incluso más severo: esa lógica es “una amenaza explícita para el futuro”, porque implica que quienes promueven la violencia cuando son oposición se arrogan el monopolio de la paz cuando gobiernan.
En buen chileno: o nos gobiernan ellos, o queman el país.
Y eso es precisamente lo que no puede aceptarse en una democracia. Nunca.
El octubrismo intentó disfrazar violencia como necesidad social. Nos quitaron la calle. Nos quitaron monumentos. Quemaron iglesias. Quemaron el Museo de Violeta Parra. Y con eso demostraron algo todavía más grave: la cultura no les importa. Porque quien desprecia el arte, la historia y los símbolos comunes, desprecia el vínculo social. Y sin vínculo social no hay nación: solo tribus enfrentadas.
Hubo, además, demasiados cómplices pasivos: quienes miraron para el lado, quienes justificaron “por contexto”, quienes dijeron “algo habrán hecho”, quienes relativizaron el incendio como si fuera un modo legítimo de expresar demandas. Esa cobardía también pesa.
El acuerdo de noviembre de 2019, para iniciar el proceso constitucional, se firmó, como bien señala Max Colodro, con la pistola al pecho, frente a un gobierno debilitado por semanas de violencia y con un objetivo explícito de los octubristas: desestabilizar y destituir simbólicamente y efectivamente al expresidente Piñera. Fue una decisión tomada bajo presión, no un mandato ciudadano. Y, sin embargo, el proyecto constituyente venía incubándose desde antes: muchos, incluida Michelle Bachelet, ya lo tenían en mente. El país solo les entregó el escenario.
Luego vino la Convención, la propuesta maximalista, la Constitución “con la que siempre soñó”, según palabras de la propia Bachelet. Y vino el rechazo. Chile dijo que no. Fue un límite sano. Y Boric quedó sin plan. Porque su plan era ese.
Seamos claros: Bachelet pavimentó un camino que nos tuvo por la cornisa. Boric lo recorrió. Y hoy Chile está obligado a salir de ahí. Sin embargo, Boric ha aprendido durante estos cuatro años, reconociendo lo importante que es la institucionalidad. Aunque, oscila seriamente, entre una posición y otra. De su madurez política en estas materias, dependerá su tal vez, futuro liderazgo de su sector.
Las amenazas de convocatorias a la calle por parte del Partido Comunista siguen latentes. Están ahí, como recordatorio de que algunos no creen en la democracia como método, sino como instrumento: sirve cuando ganan, estorba cuando pierden.
Por eso el desafío de esta etapa es inmenso. No basta con administrar. Hay que reconstruir confianza. Y eso exige algo más difícil que un programa: exige un nuevo clima moral y social. Un país que recupera su eje.
En esta etapa que comienza con el gobierno de José Antonio Kast, la convocatoria debe ser la inversa a la del Partido Comunista: no a la agitación, sino a la unidad republicana; no a la superioridad moral, sino a la humildad institucional; no al “relato”, sino a los hechos; no a la violencia como herramienta, sino a la ley como frontera infranqueable.
Ojalá aquel 62% que rechazó el proyecto refundacional se mantenga unido, no como bloque ideológico, sino como mayoría cívica. El rechazo recibió 7,9 millones de votos. Kast recibió 7,2 millones de votos, que el asegura no son suyos. Es tarea de todos mantener esa unidad. Porque hoy es una emergencia genuina transformar a Chile en un país sólido y seguro, en el que las leyes se cumplan y se apliquen sin excepción.
Esto no es retórico: es supervivencia nacional. El crimen organizado no entra a países fuertes. Entra a países con instituciones débiles, fronteras permeables y descontento ciudadano. Y eso, dolorosamente, nos ha ocurrido.
Y aquí es donde quiero poner esperanza, sin romanticismo.
Si de verdad queremos recuperar las calles, y con ellas la República, hay tres herramientas esenciales, complementarias pero urgentes: más educación cívica desde los primeros años de escuela, más deporte y, sobre todo, más cultura.
Porque la decadencia no se revierte solo con cifras. Se revierte con orden, sí, pero también con sentido. Con comunidad. Con símbolos respetados. Con historia asumida. Con una épica distinta: la épica de reconstruir.
Chile necesita volver a creer en Chile. Y eso no se logra quemándolo, sino cuidándolo.
Hoy no hay lugar para el desdén intelectual ni para esa superioridad moral que busca imponer silencios y verdades únicas. Chile no necesita redentores: necesita ciudadanos. Chile no necesita agitadores: necesita estadistas. Chile no quiere un pedestal vacío. Chile se reconstruye con mérito, coraje y responsabilidad.
Y aunque “octubre siga supurando en las sombras”, la luz, si la defendemos, todavía puede ganarle a la amenaza.

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Gracias Carlos. Es necesario unirnos y converger en las divergencias. Con la certeza y deseo de sacar a Chile adelante .
Excelente columna, muchas gracias Iris
Muy buena columna Iris …. Un relato cronológico que calza con las verdades, que son indesmentibles ….