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Por razones profesionales, me corresponde entrevistar muchas veces a personeros que han tenido relevancia en las últimas décadas de la historia de Chile. Particular relevancia ha tenido un proyecto de investigación histórica y un programa en Bio Bio TV, que se llama Historia de 30 años, referido a Chile 1989-2019, una época crucial en la historia nacional. Uno de los temas más presentes –como afirman ministros, parlamentarios y dirigentes políticos de fines del siglo XX y comienzos del XXI– es la valoración de la democracia chilena, especialmente lo que podríamos llamar la era de la Concertación. Hay varias razones para esto.

En primer lugar, me parece que cobra relevancia lo que podríamos llamar una valoración histórica de los famosos “30 años”, una etapa que tuvo importantes logros objetivos. Desde luego, la restauración de la democracia, con cierto estilo de acuerdos políticos y económico-sociales, después de décadas de enfrentamiento, con crecimiento económico bastante sostenido y resultados positivos en áreas específicas, como la disminución de la pobreza. En segundo lugar, el análisis tiene algo de reivindicación, particularmente por lo que fueron esas críticas lapidarias que se levantaron al son de la revolución de octubre de 2019: “no son $30, son 30 años”, se dijo en esa oportunidad, en un tono que tenía mucho de sarcástico y de injusticia. Por lo mismo, tras siete años de ires y venires, de cambios en distintas direcciones, con una obsesión constituyente de parte del mundo político y con más fracasos que logros, la comprensión del tiempo histórico ha cambiado. Hoy se puede decir que esa crítica radical se trató de una interpretación torpe o liviana, o al menos determinada por el momento del “estallido” –de carácter revolucionario y radicalizado– más que por un análisis serio y ponderado de la realidad. En tercer lugar, me parece claro que la revisión de los treinta años, específicamente de la transición y luego de los gobiernos de la Concertación, está marcada por cierta nostalgia por aquellos tiempos mejores, asociado a la percepción de que Chile lleva más de una década de tiempo perdido –con algún tiempo que incluye los famosos 30 años–, con una economía mediocre, problemas sociales que se multiplican en vez de disminuir, gobiernos que comienzan con ilusión y terminan fallidos y con manifestaciones de polarización y desencanto.

Se podría decir que no es nostalgia, sino simplemente la constatación de la realidad. Que no se añora volver al pasado, sino solamente poner las cosas en perspectiva. O quizá sólo es la decisión de los actores de un tiempo que se fue, que hoy desean mostrar con orgullo que su participación en la vida política no fue un tiempo perdido, y que, por el contrario, hubo un gran aporte a Chile, país que mejoró de manera continua y que pudo avanzar por el camino del progreso. Y quizá tienen razón y puede ser injusto hablar de nostalgia, cuando en realidad el problema es otro: es constatar que observar pasivamente la decadencia y habitar la mediocridad sólo produce decepción y el deseo de cambiar de rumbo, en la convicción de que las capacidades de Chile son muy superiores.

En el ámbito político, la mayoría de las observaciones como las mencionadas, provienen de personas que sobrepasan los sesenta o setenta años. Pertenecieron, o lo siguen haciendo, a las dos grandes tendencias políticas del regreso a la democracia. Por lo mismo, hay dos cosas claras al respecto: primero, la mayoría son figuras que ya no tienen relevancia en el plano gubernativo o parlamentario; segundo, que tanto la centroderecha como la Concertación no son las fuerzas principales, sino que hoy dominan los Republicanos por la derecha y el Frente Amplio y el Partido Comunista por la izquierda. No cabe duda de que la falta de renovación generacional fue uno de los problemas principales de las corrientes principales de la democracia chilena, una de las causas que condujo a su reemplazo en la lucha por el poder y modificó la correlación de fuerzas en el país.

El tema de fondo, en el plano histórico y político, es que es necesario conocer y comprender el Chile de la transición y de los primeros años de la democracia en los años 90. Adicionalmente, se puede mirar con admiración algunas cosas y reivindicar muchos logros. Incluso se puede mirar aquella época con cierta nostalgia, con tristeza por haber dejado atrás los logros que enorgullecieron al país y por haber transitado a un tiempo que ha sido mezcla de búsqueda y frustraciones, de cambios de gobierno y falta de continuidad en las políticas públicas, de desconfianza recíproca y problemas sin solución.

¿Qué se puede hacer? Lo primero, la nostalgia tiene cierto valor, pero ni la historia se repite, ni se construye el futuro sobre la base de añorar el pasado. Suele ocurrir que los nostálgicos de “la Concertación”, de “la democracia de los acuerdos” o del Chile del progreso –el tigre o el jaguar de América Latina– aseguran que no pretenden volver al pasado. Parece obvio: ni lo quieren ni se puede volver atrás. Por lo mismo, podemos explicar aquella añoranza sólo como buenos recuerdos y no como una base política presente. Chile cambió, en lo bueno y en lo malo, el país es distinto y los desafíos también.

Por lo mismo, parece claro que es preciso pasar de la nostalgia a la acción, de la valoración del pasado a la edificación del futuro, de admirar los proyectos que fueron tiempo atrás a levantar las propuestas que serán la realidad del país. Los desafíos son muchos y el ambiente político no contribuye necesariamente a avanzar en la dirección esperada y con una velocidad acorde a los problemas del país. No se requiere volver a la democracia de los acuerdos, pero sí es preciso avanzar hacia una democracia republicana con instituciones sólidas; asimismo, resulta urgente consolidar un desarrollo económico sólido y acorde a lo que Chile puede y quiere; no cabe duda de que el progreso social es un objetivo deseable, así como también una necesidad urgente. Después de todo, las exigencias institucionales y sociales son casi siempre las mismas, ajustadas al tiempo histórico y a la sociedad de su tiempo.

Si Chile puede más y los chilenos quieren más, es preciso avanzar con más decisión y superar el estancamiento. Después de todo, que los chilenos vivan mejor sigue siendo un objetivo clave y esperanza absurdamente postergada.

Académico Universidad de Tarapacá y coautor de Historia de Chile 1960-2010 (Universidad San Sebastián)

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