México
Credit: @GobiernoMX

Una paupérrima foto con sus invitados internacionales es la que se pudo sacar la nueva Presidenta mexicana, Claudia Sheinbaum. Nunca antes una transmisión del mando en México había sido tan deslucida y con tan pocos asistentes. Un dejo de sorpresa, sin duda.

Sorpresa, por tratarse de la primera mujer que arriba a dicho cargo en ese país. Por ese sólo motivo era dable esperar una presencia masiva de mujeres estadistas o que hubiesen ejercido tal cargo en el mundo.

Muy lejos en el recuerdo parecen quedar las concurridas ceremonias de los presidentes anteriores, como la de Carlos Salinas de Gortari en 1988; el mismo que firmó el primer tratado de libre comercio con EE.UU. y abrió la economía mexicana de manera muy significativa. En esa ocasión asistieron 14 presidentes y más de un centenar altos dignatarios. También lejos queda la del recordado Vicente Fox (a la cual asistió incluso Bill Gates), en un cambio de gobierno que, igual que ahora, significó un cambio cualitativo muy palpable para la democracia mexicana.

Cabe preguntarse, ¿qué pudo haber provocado tamaña debacle protocolar? Cabría pensar en varios factores.

El primero de ellos es el tremendo deterioro de la imagen y prestigio internacional del país, provocado por la errática presidencia de un político inusualmente populista y tan extremadamente desinteresado en las cuestiones internacionales, como fue Andrés Manuel López Obrador (AMLO). No deja de llamar la atención que, representando a EE.UU., asistió a la ceremonia sólo la esposa del Presidente Biden, acompañada del embajador.

Un segundo gran factor son las aberrantes obsesiones de AMLO, tanto con la historia del país, como con sus vínculos externos. Todo indica que serán grandes lastres para el período que viene. Especialmente, debido a la nula actitud de la nueva Mandataria en orden a enmendar rumbo. De su discurso inicial no se desprenden señales de querer apartarse de las visiones obsesivas del jefe de Estado anterior.

Particularmente dramática fue la no invitación al rey Felipe de España, olvidando que, desde sus años de muy joven heredero a la Corona, sea acompañando a su padre o en solitario, ha asistido a casi todas las asunciones presidenciales en América Latina, generando lazos muy fuertes con esta región del mundo durante décadas de democracia. La no invitación a Felipe debe entenderse como un golpe bastante duro a las tradiciones culturales de México. Baste recordar que fue un virreinato con el sugerente nombre de Nueva España y que la famosa virgen de Guadalupe se le apareció al indio Juan Diego, pidiéndole que un obispo franciscano español, Juan de Zumárraga, le construyese un templo.

Sería muy lamentable que las irracionales lecturas del pasado, desatadas durante los años de AMLO, se enquisten en Claudia Sheinbaum. Sólo la sobreideologización y el compromiso con ideas woke, pueden explicar el anuncio de no invitar a Felipe, diciendo que se siente más a gusto en una conexión con los pueblos ancestrales que con España. Muy curioso razonamiento.

En primer lugar, es curioso por haber hecho tal anuncio en idioma castellano y no en náhuatl, totonaca o zapoteco, que ayudaría a entender, en algo, esa supuesta conexión con lo ancestral. Que se sepa, ni AMLO ni ella ni ninguno de sus respectivos entornos maneja las lenguas de sus pueblos ancestrales. Además, vale la pena recordar que ella es nieta de judíos búlgaros y que el abuelo de AMLO nació en Ampuero, un pequeño pueblo cantábrico.

De paso, Sheinbaum omitió, por alguna misteriosa razón, decir con cuál de ese haz de pueblos que vivían en aquel territorio siente esa conexión tan especial. ¿Será con los aztecas o con alguno de los innumerables pueblos ancestrales oprimidos de forma sangrienta por los aztecas?

Hay un sinnúmero de otras curiosidades en Sheinbaum respecto a esta materia. Por ejemplo, no se divisa en ella algún interés en aplicar lecturas woke a la propia realidad indígena mexicana. ¿Cómo se llamaría el cargo que acaba de asumir en idioma náhuatl, por ejemplo? Lo recogido por las crónicas de Alonso de Molina y Andrés de Olmos (este fue el primero que estudió y trasladó al castellano la gramática náhuatl, es decir, no fueron los aztecas), indican que tlatoani (nombre con el que se designaba al emperador azteca) no tiene una acepción femenina. Curioso. Se pueden hacer lecturas woke de Hernán Cortés, pero no de Moctezuma ni sus antepasados.

Tampoco parece inquietarle que la construcción de las maravillosas pirámides fue posible, en gran medida, a trabajos forzados de los prisioneros de otras etnias. Von Hagen y varios otros han estudiado a fondo ese oscuro capítulo.

Causa extrañeza que ni AMLO ni ella hayan exigido disculpas a EE.UU. (es decir, al imperialismo y cuna del odiado neoliberalismo) por haberse apoderado de tantos territorios novohispanos. Durante tres siglos flameó la bandera española (y varios años la mexicana directamente) en Utah, California, Nevada, Nuevo Mexico, Arizona y Texas. Basta ver los nombres de pueblos y ciudades en aquellos estados.

No cabe duda que esta enigmática, pero turbulenta relación con España, explique algo del evidente aislamiento internacional que da cuenta esa foto presidencial de Sheinbaum y sus invitados.

En tanto, otro capítulo que aporta a la comprensión de este lamentable momento es el quiebre de AMLO con la doctrina Estrada. Esta contempla la no injerencia estricta de México en asuntos de otros países; una conducta con sólo dos excepciones: España tras la guerra civil y Chile en 1973. Resulta que AMLO practicó un inédito activismo en varios temas latinoamericanos, destacando Bolivia y Perú. Decidió involucrarse en ambos procesos políticos, sin resultados satisfactorios.

A Evo Morales le envió un avión especial en su rescate. A la esposa e hijos del estrafalario presidente Pedro Castillo los llevó a México, buscando aparecer como una especie de salvador tras su intentona de autogolpe.

Luego, tampoco cabe duda que un capítulo no menor del desprestigio de AMLO se debe también a su incapacidad para detener el avance del crimen organizado. Culmina su mandato como el período presidencial más sangriento de la historia mexicana. La cifra de muertos roza los 200.000, según admite su propio gobierno. Es decir, 90 homicidios diarios. Es dable presumir que los datos reales son aún peores. Con Fox, el total de muertos fue algo inferior a los 60.000, y si bien, con sus sucesores aumentó, jamás llegó a los infaustos números de hoy. Dicho sea de paso, AMLO llegó al poder levantando un fuerte discurso crítico por aquellas cifras “inaceptables” de sus antecesores.

Hubo, además, acontecimientos nunca antes vistos, como cuando ordenó al Ejército en 2019 liberar a unos hijos del Chapo Guzmán, luego de que éstos y sus secuaces se tomasen la ciudad de Culiacán, en el norte del país. Otro hecho impresionante fue el ataque ocurrido en 2020 a Omar García Harfuch, secretario de Seguridad del DF, en pleno centro de la capital mexicana. La experiencia de AMLO revela que las FF.AA. nunca podrán reemplazar a las policías en materia de orden público.

En síntesis, hay un sabor amargo. Ceremonia deslucida y un discurso de continuidad poco atractivo. Todo es incomprensible, especialmente si se considera que Sheinbaum tiene formación científica. Quizás, como dice el biógrafo de AMLO, José Gil Olmos, se prolongue esa vida rodeada de chamanes, brujos, con escapularios, amuletos y creencias varias, introducidas por AMLO.  

Académico de la Universidad Central e investigador de la ANEPE.

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