Síganme los buenos
Lo característico del discurso de Kast es el llamado a la movilización general tras las iniciativas tomadas por el gobierno, al que quiere mostrar desplegado en terreno desde el primer día. Se trata de copar la agenda pública.
En su discurso inaugural y haciendo uso de toda la simbología presidencial, Kast puso frente a sus adherentes las prioridades ya conocidas, esta vez en el lenguaje de la acción a través de la firma de decretos que ponen en movimiento las iniciativas inmediatas en las áreas más sensibles para la ciudadanía.
En su estilo, capaz de calmar cualquier entusiasmo, Kast abre su mandato destacando cinco puntos fundamentales: la crítica al gobierno saliente; la ratificación del diagnóstico de vivir una emergencia nacional, su convencimiento de encarnar un liderazgo con carácter y el énfasis en las acciones verificables más que en las palabras inspiradoras.
Kast es duro a pesar de que nunca altera su tono. El gobierno anterior es criticado con rudeza. El país que se le entrega está en condiciones peores de las imaginadas, habrá que conocer la verdad mediante auditorías completas. Hay que ser implacables con quienes se roben los recursos de los chilenos.
Ante semejante situación se necesita un gobierno de emergencia, que no es un eslogan, sino la realidad que vamos a vivir.
El país tiene que ser gobernado con carácter, no sólo con ideas. La autoridad tiene que ser fuerte y hacer lo necesario, no para someter, sino para proteger. Con los enemigos del orden no se negocia, se los persigue, juzga y condena.
Kast tiene por interlocutor al ciudadano común, a las familias y a ellos se dirige como su auténtico interlocutor. Lo que dice es que este es un gobierno que llegó para corregir lo que está mal, para que se respeten las instituciones, se actúe respaldado por la ley y se usen los recursos del Estado con probidad.
Kast se presenta como la encarnación del patriotismo y por eso pide que apoyen sus iniciativas. Invita a que se le dé una oportunidad a Chile y que trabajemos juntos a su favor. Nos dice que tenemos una oportunidad de iniciar una nueva era y se siente con la misión de recuperar nuestro país.
Por eso tiene escogido su aliado, los ciudadanos, quienes tiene la responsabilidad de acompañarlo para aprovechar la gran oportunidad que se presenta.
Al final, la unidad que importa es la de los buenos chilenos movilizados por las causas urgentes del país que ya tienen respuestas en implementación. Por eso promete que gobernará en unidad para todos los chilenos.
Hasta aquí las principales ideas expresadas en el discurso inaugural ya envestido de Presidente pronunciado en la primera noche en calidad de mandatario.
Lo decisivo ocurre ahora, después es nunca
Hay que alegrarse de los buenos acontecimientos. En el cambio de mando sucedió lo mejor que nos podía pasar como país: se siguió el libreto de nuestra tradición republicana y cada uno desempeñó su papel.
Ser mirado por el resto del mundo como una nación que respeta sus instituciones, a las que les da continuidad, ha llegado a ser un logro. La normalidad es un bien escaso y es lo propio de un Chile que valora su estabilidad democrática.
La mayor parte del tiempo la pasamos debatiendo nuestras diferencias, pero cuando asume un Presidente ponemos de manifiesto lo que nos une como nación. Es esto lo que le da sentido a la manifestación de nuestras discrepancias.
Es también el día en que se manifiestan los mejores propósitos para los años que dura la administración y nadie se puede oponer a los buenos propósitos. Esto es lo fundamental de la jornada y quien se quede en este aspecto hará bien.
Quien quiera profundizar un poco más, tendrá que aprovechar el hecho de que ya hemos aprendido a conocer en parte el estilo del nuevo mandatario y se tuvo la demostración más palpable en las acciones emprendidas y su discurso inaugural.
No hubo sorpresas, sino el despliegue de un estilo. Kast encabeza un gobierno que dura cuatro años, pero que sabe que su destino se juega en los primeros meses.
El equipo de conducción del gobierno tiene el convencimiento de contar con una sola oportunidad, al principio, de convertir la mayoría obtenida en las urnas en mayoría política de respaldo, conseguido lo cual buscará mantener ese apoyo ciudadano durante todo el tiempo.
En ningún momento se trata de pasar por la obtención de acuerdos nacionales concordados para asegurar un pacto político que dé gobernabilidad. De lo que se trata es de que este tipo de acuerdos sea innecesario.
En el discurso presidencial no está ausente un amplio llamado a la unidad nacional, pero se la entiende como respeto a la institucionalidad y como la colaboración ciudadana para que el nuevo gobierno pueda cumplir con su programa.
Este no es un gobierno para deleitarse escuchando discursos elocuentes y que sabe administrar sus silencios, tal como lo probó en campaña. Es mucho más práctico verlo y descifrarlo mediante un procedimiento simple, pero orientador.
Un gobierno que se sabe corto y que tiene la convicción de que lo decisivo ocurre en la partida, habla en genérico cuando no quiere avanzar y es muy específico en aquello en lo que, de verdad, quiere jugarse.
Como no existe un momento más decisivo que el inaugural, todo lo que se deja para después, lo deja para nunca. Es para entonces que quedaron la búsqueda de acuerdos nacionales, los que son reemplazados por los llamados inespecíficos a la unidad de todos los chilenos.
Es probable que el resultado de la elección de las mesas de las dos cámaras, donde el oficialismo se impuso conquistando ambas presidencias, reafirme a la conducción política de La Moneda de que la oposición no está en condiciones de interponerse en su camino ni de alterar el rumbo de sus principales iniciativas. En el exceso de confianza se originan errores importantes.
En el discurso presidencial aparece el gobierno en relación directa con los ciudadanos sin que nadie más interfiera. Por eso no hay mención a otros actores políticos para converger hacia soluciones compartidas. Eso está por completo fuera del discurso. Y lo seguirá estando hasta que tenga su segundo comienzo.
Porque ocurre que los gobiernos tienen dos comienzos: el que protagonizan mientras despliegan las jugadas de pizarrón que tenían preparadas y el que se inicia a partir del primer imprevisto importante.
Cuando la realidad supera los movimientos acordados en el camarín, cuando empieza a necesitarse el apoyo de los que ni siquiera fueron nombrados, entonces sabremos si la elocuencia de las acciones fue suficiente para sostener al gobierno.
