Boeninger
Foto tomada de la Universidad de Chile

La semana pasada se conmemoraron 15 años desde la muerte de Edgardo Boeninger, estadista notable, dirigente político clave de la transición a la democracia en el país, ministro durante el gobierno de Patricio Aylwin, rector de la Universidad de Chile, senador y arquitecto de reformas fundamentales de la Constitución que nos rige.

Con razón muchos hemos dicho en estos días: “¡cómo se le echa de menos!”. Tal vez con él en el Senado, o en cualquier otra parte, hubiéramos evitado nuestros tropiezos constitucionales o alcanzado acuerdo en algunas de las reformas básicas que tenemos pendientes, como por ejemplo la previsional.

Aunque mejor que lamentar la falta que nos hace, sería reflexionar sobre qué lo hizo tan efectivo e influyente. De este modo cada uno podría proponer cómo ser más un Boeninger en nuestro actuar, ya sea como político, opinólogo, académico o simple dirigente social o funcionario.

Se le han rendido diversos y muy justos homenajes, donde muchos han destacado sus ideas y contribuciones a Chile. El último fue en la Universidad Católica, a través del Centro Latinoamericano de Políticas Económicas y Sociales (Clapes) -recomiendo mucho leer con atención lo que se dijo de él allí o ver directamente el seminario ‘Gobernabilidad y democracia’, así como revisar la columna ‘Se puede, sí se puede’, que escribió su hija Iris hace pocos días en este mismo medio. Por mi parte quisiera aportar algo más desde el punto de vista humano y personal, dimensiones que a menudo olvidamos demasiado al considerar cómo actuar en asuntos públicos o políticos.

Tuve el privilegio de trabajar al lado de Boeninger por casi una década en el Centro de Estudios del Desarrollo (CED), en esa época clave de los 80. Compartimos no solo oficinas, ideales y proyectos, sino la cotidianidad de la vida misma. Los acontecimientos de la historia chilena reciente me han llevado muchas veces a hacerme la pregunta: ¿qué habría hecho Edgardo en este caso? Hoy me pregunto además: ¿qué lo hizo ser tan efectivo en lograr lo que se proponía?

Mi respuesta sería que lo principal en Edgardo era su calidad humana y en particular su pragmatismo y sencillez. Sí, tenía muchas otras cualidades que en los homenajes que he citado se han destacado: su visión de Estado, no la mirada desde el punto de vista del partido, de lo que conviene para la próxima elección, ni menos a él personalmente. Era estudioso de los temas en que se metía, inteligente, trabajador, de mirada global e interdisciplinaria y así por delante. Pero por sobre todo, era práctico y sencillo, y creo que eso en gran medida le permitió conseguir lo que se proponía en políticas públicas y en política a secas.

Por sencillez busco hacer referencia a una persona con poco ego. Esta palabra de moda, de tan variados significados, creo que apunta a algo muy importante en política. Edgardo era una persona que planteaba sus propuestas sin vehemencia, con cierta provisionalidad, sin que se le fuera la vida ni se jugara su identidad al hacerlas. Con esa actitud siempre daba espacio al otro para acoger, rechazar o modificar sus propuestas. Eso le permitía ser muy directo en sus planteamientos. No gastaba tiempo en explicaciones y fundamentos previos. Iba directo al punto central, aunque dejándolo provisoriamente abierto. Esto lo hacía claro, no había cosas oblicuas ni ocultas. Era sincero. Todo esto muy en concordancia con su conocida afición por las apuestas, especialmente en las carreras de caballos. En sus propuestas de estrategia política para la recuperación de la democracia también aparece esa cualidad de jugador/apostador.

La sencillez y falta de ego de Edgardo se expresaba también en cosas sencillas. No ponía por delante los reconocimientos de status, posiciones de poder o logros de ingresos. No sacaba a relucir por cualquier motivo su título de ex rector de la Universidad de Chile. Aceptaba la oficina que hubiera. Recuerdo bien la pequeña que tenía en calle Huelen, trabajando en asuntos campesinos, cuando era eso lo que había. Tomaba la guía de teléfonos y llamaba directamente a cualquiera en vez de pedir los llamados a la secretaria, como se hacía en ese entonces (y hacía lo mismo incluso cuando fue ministro). En esas cosas pequeñas se notan la sencillez y la falta de ego.

El pragmatismo fue también una cualidad muy destacada de Edgardo. Había un muy fuerte foco en el resultado práctico que se buscaba alcanzar, una lejanía muy grande del intento de responder a cierta ideología, ni menos apegarse a ella. También se distanciaba de los modelos totalizantes (según la definición de Mario Góngora) o los intentos de imponer sistemas sociales indivisibles (como el programa de la Unidad Popular), que no admiten ir por partes, tener gradualidad ni ensayar. Era esa disposición a mirar y evaluar cada asunto por sus méritos y no adherir o rechazar una idea porque venga de determinada persona o esté asociada a determinada ideología. Recuerdo, por ejemplo, cuando me propuso en el CED que estudiáramos la “municipalización” de Pinochet, a pesar de que en nuestro sector era rechazada a priori por venir de quien venía y estar asociada al modelo neoliberal.

Le va quedando prácticamente solo un año a este gobierno y todavía le podría dejar dos grandes cosas buenas al país: la indispensable reforma del sistema de elecciones para hacer gobernable la relación Parlamento-Ejecutivo, y la del sistema previsional, elevando las cotizaciones para subir las pensiones. Se nos están pasando otros 4 años sin poder alcanzar acuerdos entre los políticos para mejorar esas situaciones en las que los ciudadanos mismos tienen cierto consenso. Debe haber dos o tres personas en nuestro gobierno y en el parlamento que tienen las cualidades de Edgardo Boeninger y que pueden en un año conducirnos para salir del empate esteril y el pantano en que estamos hace ya tanto tiempo.

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1 Comment

  1. Gracias Ernesto por refrescarnos la tremenda estatura humana de Edgardo Boeninger.
    Si realmente existen esas 2 o 3 personas que posean parte de las virtudes de Boeninger, ojalá sean también «Amables», pues ello facilita el espacio para el entendimiento, acuerdos y logro del bien común.
    Mauricio Alegria

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