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En 1963 Sergio Inostroza popularizó el “Twist del Tren”, que en su parte medular decía “Nena ya me voy/en el último tren/ya está por partir/vamos al andén”; más adelante la letra nos informaba que el protagonista ya estaba viajando en el último tren y había terminado por dejar atrás a su “nena”. Diez años más tarde, en 1974, Gladys Knight and the Pips ganaron el premio Grammy por su interpretación de “Midnigth train to Georgia”, cuyo protagonista está a punto de abordar el último tren que sale de Los Angeles a Georgia porque le fue definitivamente mal en sus aspiraciones de convertirse en “estrella” de Hollywood. Al comenzar la década de los noventa, Los Prisioneros reverdecieron sus laureles ochenteros con “Tren al Sur”, la historia de un muchacho que viaja al Sur de Chile donde podrá, al fin, “de nuevo respirar adentro y hondo”.

Si seguimos recordando seguramente nos vendrán a la memoria muchas otras canciones que hablan del tren que nos da una nueva oportunidad y, por defecto, que si nos deja nos condena al fracaso o al dolor. Entre nuestros parlamentarios, por sus edades, deben ser muy pocos los que hayan sabido de Sergio Inostroza y su “Twist del tren”, aunque probablemente sean más lo que hayan oído del último tren que sale para Georgia y todavía más los que hayan tarareado el “Tren al Sur”. Y si la música popular no está entre sus aficiones, no se les puede escapar el significado del dicho universal “te dejó el tren”. Por eso es de esperar que estén advertidos de que están a punto de perder el último tren, si es que no asumen su responsabilidad con total seriedad.

Los respetamos y a muchos y muchas de ellas las admiramos. Votamos por ellos y son nuestros representantes. Individualmente son personas decentes -eso ni qué dudarlo- y seguramente se sienten y se ven a sí mismos como personas responsables. Sin embargo, la imagen que nosotros, los ciudadanos, tenemos de ellos como colectivo, dista de hacernos pensar en responsabilidad y más bien las palabras que nos vienen a la cabeza son distintas, opuestas. Por lo pronto, todavía no llegan a parte alguna en la discusión relativa a la organización del nuevo proceso constitucional. No es una discusión legislativa, es cierto, pero debe traducirse en leyes y eventualmente en una reforma constitucional y la llevan a cabo los partidos por intermedio de sus dirigentes y sus parlamentarios. Comenzaron bien y quienes tuvimos la oportunidad, hace dos meses, elogiamos públicamente la iniciativa del Presidente de la República de solicitar a los presidentes de las cámaras del Congreso la coordinación del proceso. Y avanzaron rápido… al comienzo, porque luego se enredaron en temas que se relacionan mucho más con la ventaja que cada sector cree poder sacar de la composición de la nueva Convención y de los controles que pueden tener sobre ella, antes que de la calidad del trabajo que los futuros convencionales puedan hacer.

Lo cierto es que los y las parlamentarias no han demostrado mucho interés en convertir al Congreso en la casa del parlamento, esto es, el lugar del diálogo y los acuerdos. Más bien parecen empeñados en convertir esa casa en el escenario de una batalla campal que refleja la polarización que caracteriza hoy la política en nuestro país. Una polarización que llegó a un extremo penoso con ocasión de la elección del nuevo presidente de la Cámara de Diputados. El acto de elección de los presidentes o presidentas de las cámaras del Congreso, en el pasado, constituyó un momento de exaltación del espíritu republicano. Siempre se procuró que las testeras camerales fueran un reflejo de la composición de las cámaras y raramente se pensó en ellas como instrumentos o armas a ser utilizadas en contra de los adversarios. Baste recordar que cuando Salvador Allende dejó la presidencia del Senado, en mayo de 1969, uno de los homenajes que recibió por su labor le fue rendido por El Mercurio. Pero esta vez ocurrió exactamente lo contrario y el campo quedó regado con las bajas de la cruenta batalla, mientras algunos -incluida una ministra de Estado que hasta ahora considerábamos seria- festejaban con gritos y saltos su victoria sobre el enemigo. Insultos y acusaciones fueron las municiones y, al momento de escribir estas líneas, el Partido de la Gente todavía permanecía sumido en la lucha fratricida a la que lo llevó el evento. Y lo peor en materia de espectáculos no precisamente responsables estaba por venir: cuando asumía su cargo el nuevo presidente fue interrumpido, en medio de un griterío generalizado, por los gritos en tono aún mayor de un parlamentario de quien sus propios colegas aseguraron que se encontraba en “estado inconveniente”.

La verdad, respetados y admirados parlamentarios, es que de seguir así están a punto de perder el último tren. Ese tren probablemente va a ser la discusión del proyecto de reforma al Sistema Previsional, enviado por el Ejecutivo al Congreso para su tramitación. Es el tercer proyecto enviado al Congreso con ese fin y el destilado de variadas comisiones de alto nivel creadas específicamente para discutir el tema durante los últimos quince años. A su disposición está también un número, imposible de determinar, pero gigantesco, de artículos y libros dedicados al tema. Nadie puede decir que es una cuestión poco estudiada o que se necesita más tiempo para revisarlo. Es verdad que existen aspectos que deben ser discutidos y probablemente revisados, pero el fin esencial de la discusión parlamentaria es llegar a acuerdos acerca de medidas que satisfagan las necesidades de los habitantes de nuestro país y no sólo  torpedear lo que proponga o diga el adversario. 

Si llegan a acuerdos en un plazo prudentemente breve, los chilenos y las chilenas creeremos que nuestros parlamentarios sí son responsables y que podremos confiar en ellos para que también aborden y resuelvan otros temas que la ciudadanía les reclama a ellos y al gobierno: la seguridad pública, la calidad de la educación y la estabilidad y el crecimiento económico entre otros. Si no lo hacen, ya nadie va a tenerles confianza y ellos habrán perdido definitivamente su última oportunidad. Habrán perdido, sin remedio, el último tren.

*Álvaro Briones es economista y escritor. Ex subsecretario de Economía y ex embajador de Chile.

Economista y escritor. Exsubsecretario de Economía y exembajador de Chile

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