Hace una semana, en estas mismas páginas virtuales, cité a Mario Vargas Llosa para afirmar que, si los políticos chilenos no eran capaces de llegar a un acuerdo para la elaboración de una nueva Constitución, habrían terminado de “joder” a Chile. Y lo habrían hecho como culminación de una larga lista de errores y malas decisiones que no sólo mostraría la inmadurez y poco compromiso con el país de buena parte de ellos (“a diestra y siniestra”, aclaré), sino que justificaría la pésima opinión que le merecen a la ciudadanía.

Pero sólo horas más tarde, la noche del día siguiente, esos mismos políticos llegaron al compromiso que muy atinadamente titularon “Acuerdo por Chile” y que, salvo recaídas inexplicables en el mal de la irresponsabilidad, dará lugar al proceso de elaboración de una nueva Constitución Política para nuestro país.

Yo debería en consecuencia, y para seguir con las citas literarias, aludir esta vez a Shakespeare y aplaudir lo logrado diciendo que “bueno es lo que bien acaba”, aunque, la verdad, me siento más inclinado a citar al “canciller de hierro”, Otto von Bismark, quien dijo -o se dice que dijo- que la política es como las salchichas, que es mejor no saber cómo se hace y contentarse con el resultado. Y lo cierto es que, no obstante, la dilación de casi cien días y el prodigioso muestrario de malicia, trucos y pillerías desplegado en la negociación, nuestros políticos finalmente no sólo llegaron a un acuerdo, sino a un buen acuerdo.

En realidad, más: a un muy buen acuerdo. Uno que pudo incluir las visiones y preferencias de todos los partidos que participaron, en una medida que a todos pudo dejar conformes (y esto quiere decir que se deben esperar voces, dentro de los partidos, manifestando su incomodidad con él: es natural, el acuerdo no satisface en un ciento por ciento a nadie, pero todos se pueden sentir satisfechos; es el mejor ejemplo de la “medida de lo posible”, que permite avanzar en democracia).

No es la hora de describir ese acuerdo, que durante la semana ha sido ya desmenuzado en múltiples análisis y contra análisis. Basta con decir que el procedimiento considera una participación equilibrada de sufragio universal y de expertos. Lo hace con la elección de consejeros constituyentes y la aprobación o rechazo del texto final en un plebiscito de salida, de una parte, y la contribución de expertos en la Comisión del mismo nombre y en el Comité Técnico de Admisibilidad. Con ello el proceso de generación de una nueva y necesaria nueva Constitución no sólo ha recuperado el realismo, sino que ha reivindicado a la política y al Congreso, que es la máxima expresión de ésta en democracia.

No faltarán quienes, añorando los días del “estallido social”, afirmen que dar lugar a una nueva Constitución no soluciona los problemas de Chile y pronostiquen nuevas “crisis”, ni tampoco los que hablen de “acuerdo cupular”, de “élites” o -y esto lo dijo uno que exageró un poquito- de “la máxima cocinería jamás desarrollada en la historia del Parlamento”. Pero lo cierto es que el Acuerdo por Chile fue mucho más amplio que el acuerdo del 15 de noviembre de 2019 e incluyó a todos los partidos que se marginaron en esa oportunidad. Es un acuerdo que expresa un consenso nacional por la solución política de los problemas en democracia y sólo deja fuera a los extremos y a ciertas parlamentarias y partidos que no saben qué hacer con su vida.

En el momento de alegrarnos y felicitarnos por lo logrado, cabe reconocer lo que éste trajo como signos del cambio de la situación que habíamos arrastrado hasta aquí y de anuncios promisorios acerca del futuro. En primer lugar, la aparición de nuevos actores en el escenario político y en particular de Amarillos. Es verdad que durante el último período han proliferado las nuevas organizaciones políticas y que éstas siguen surgiendo, pero también es cierto que la mayoría de ellos han sido incapaces siquiera de explicar qué rol quieren jugar en ese escenario y mucho menos de reafirmar con hechos alguna orientación específica. Amarillos, por contraste, ha sido capaz de representar la capacidad de chilenas y chilenos no profesionales de la política, de asumir la dirección de un movimiento que fue influyente en el debate constitucional y que ahora busca ser partido para incidir en las grandes decisiones nacionales. 

Asumió con desenvoltura su papel de parte en la negociación y llegó a ser determinante de ese proceso cuando se atrevió a proponer un ente constituyente compuesto totalmente por expertos, lo que llevó de regreso a la mesa de negociación a estos expertos, que a pesar de estar en las intenciones de muchos y aparecer en todas las encuestas, parecían no querer ser enunciados en voz alta por los negociadores. Y también lo hizo al destrabar el empate de bloques entre los 4/7 y los 2/3 y proponer los 3/5 como condición de aprobación de los textos constitucionales.

La novedad de Amarillos es que aparece como una fuerza política que dice lo que piensa sin hacer cálculos y que se ha situado activamente en un centro político que se propone solucionar problemas, algo que sin duda alterará en el futuro la polarización a que había arribado la política nacional, empantanándola.

Y el otro cambio, que ya debe ser admitido como tal, es la actitud asumida por el Presidente Boric. Sus repetidos dichos en actos públicos recientes y el llamado de atención a sus seguidores la semana anterior, señalando que para él era preferible un mal acuerdo que ningún acuerdo, sin duda fueron determinantes en la actitud del oficialismo en la negociación recién terminada.

Lamentablemente muchos opositores al Gobierno parecen molestarse por este cambio y llegan incluso a reprochárselo al Presidente, como si desearan que siguiera parapetado en la trinchera extrema en la que estaba cuando arribó a la presidencia, o como si quisieran que cometiera errores para sacar provecho político de ello.

Quienes se molestan con las nuevas actitudes del Presidente o le enrostran la diferencia entre sus dichos de hoy y los de ayer, deben admitir, primero, que todos tenemos el derecho de cambiar de ideas y que es un signo de madurez hacerlo. Y que esperar que el Presidente se equivoque y dañe al país con decisiones erróneas sólo para aprovecharlo políticamente, es una actitud no sólo mezquina sino también antipatriótica. La oposición debe serlo del gobierno, no de Chile, y por lo tanto debe acompañar las decisiones gubernamentales cuando ellas van en beneficio del país.

Y si la oposición no quiere hacerlo, ahí estará el centro político para recordárselo cuando sea necesario.

*Álvaro Briones es economista y escritor. Ex subsecretario de Economía y ex embajador de Chile.

Economista y escritor. Exsubsecretario de Economía y exembajador de Chile

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