A los seres humanos nos gusta soñar con un mundo mejor. En eso estaba cuando me sorprendí imaginando una conversación entre dos huasos chilenos en la «era post casta». ¡¿Cuál?! La «era post casta» con la que soñamos los libertarios que aspiramos a un minarquismo, es decir a Estado mínimo, y a la extinción de la casta política. “¡Eso es una utopía!” Exclamarán muchos, afirmando que la convivencia humana, por su carácter conflictivo, requiere de un Estado como el moderno con gente a cargo, es decir, con casta.

Para el ciudadano de a pie es sorprendente que se nos diga que “necesitamos” de una casta política corrupta, grupo privilegiado, que vive de los bolsillos ajenos. Muchos de ellos creen que un pescado tiene la misma dignidad que un ser humano y que los padres dañan a sus hijos cuando los protegen de pseudociencias y adoctrinamientos como la ideología de género. Varios de esos políticos ayudan al crimen organizado impidiendo se legislen leyes que les dificultan su existencia y, una gran mayoría, se inclina por resolver cada uno de los problemas que ellos mismos ocasionan con más impuestos y más retiros.

Por supuesto que necesitamos de la casta; sin ellos ¿quién les prohibiría a las personas decentes tener armas y ejercer su derecho a la legítima defensa? Imagínese si no existieran, ¡habría que devolverles las decenas de miles de millones a los trabajadores, empresarios y profesionales que le pagan la vida a la casta con sus esfuerzos! Un mundo sin clientelismo político, bonos ni prestaciones sociales; no existirían los desincentivadores del trabajo ni de la contratación… una real pesadilla. Muy probablemente se multiplicarían los emprendimientos, habría trabajo pleno, bajaría la inflación y todos podrían ganarse el pan sin depender de las dádivas de los señores de la casta. El Estado en modo minarquista estaría integrado por profesionales de excelencia; los mejores del país. Realmente espantoso. No cabe duda de que Chile quedaría sumido en la barbarie sin los jueces que neutralizan a las FF.AA. y de Orden, mientras ningún político cumple penas de cárcel efectiva por desfalco, robo, tráfico de influencias, mal uso de recursos públicos, etc.

Me faltó mencionar que sin la casta no habría casos como el de Soquimich ni Fundaciones, MOP-GATE, Penta ni Caval… o sea que la vida sería un aburrimiento sin fin. ¿¡Para quién trabajaría Hermosilla!? Peor aún, ¿se imagina que no exista nadie con el poder de encerrarnos en cuarentenas y obligarnos a aceptar tratamientos experimentales para “sanarnos” de un virus que se escapó de una sopa de murciélago? Ni hablar de golpes de Estado y de asambleas tipo constituyentes.

Ah, pero lo más entretenido es cuando uno los ve coludirse en contra del pueblo y su veredicto soberano, como sucedió tras el primer proceso constitucional, y obligarnos a reiniciar el calvario constituyente. Todo para vanagloriarse de ser los fundadores de Chile. ¡Total, paga Moya! Sé que muchos piensan que la existencia de la casta política es inevitable, pero, la verdad, es que cada día se torna más insufrible. Le cuento que tenemos esperanza. Superminds es un libro escrito por Tomás Malone, profesor del MIT, en el que nos habla de “democracia líquida”. Este concepto que apunta a obtener lo mejor de la democracia directa y de la democracia representativa, combina la inteligencia humana y la artificial en plataformas digitales que facilitan un proceso de toma de decisión horizontal, democrático, directo y representativo:

«Estos sistemas suelen permitirte votar directamente siempre que lo desees, pero también puedes delegar tu derecho a voto en otros que te representen cuando tú mismo no quieras hacerlo. Podrías dar a una persona el derecho a votar por ti en decisiones de política exterior y dar a otra tu derecho de voto en decisiones financieras. Y las personas en las que delegas tu voto pueden, a su vez, delegarlo aún más. Por ejemplo, la persona que tiene tus derechos de voto para asuntos financieros puede delegarlos en otra persona para cuestiones fiscales y en otra persona para cuestiones presupuestarias. De este modo, puedes tener tus intereses representados por personas con conocimientos muy especializados y tiempo suficiente para meditar las decisiones. Si no te gusta la forma en que estas personas votan en tu nombre, siempre puedes transferir tus derechos de voto a otra persona o votar directamente tú mismo».

En simple, si implementáramos la democracia líquida, podríamos decirle adiós a la casta. Para cada tema en el que acordemos legislar elegiríamos a los expertos que, una vez resuelto el asunto, cesarían en sus cargos como representantes.

La plataforma nos permitiría seguir paso a paso la discusión y retirar el voto al representante elegido si es que no cumple con quienes lo eligieron.

¿Qué estoy soñando? No lo creo. Piense que hoy existe una casta supranacional intentando imponernos su Nuevo Orden Mundial, privatizando la soberanía de los países, implementando una agenda que en su ODS 10 plantea Reducir la desigualdad en los países y entre ellos. “¡Pero qué locura!” exclamará usted. “¿Igualar Inglaterra con Haití, Arabia Saudita con Bolivia, China con Irlanda?” Sí. ¿Y sabe usted como planean hacerlo? En el punto 10.7 se lo dicen: con migración. Así es, tabula rasa con las naciones, ciudadanía mundial (ODS 4) y eliminación de la pobreza con ideología de género (ODS1).

¿Otra locura? Basta con que le comente que una de las principales consecuencias del adoctrinamiento de género es la infertilidad; saque sus conclusiones. En suma, si ellos sueñan con esa Agenda miserable que nos promete medir nuestra huella de carbono a nivel individual (ODS 8; por eso necesitan levantar el secreto bancario), los libertarios podemos proponer un Estado mínimo, un régimen de democracia líquida y decirle adiós a la casta. Estoy segura de que somos millones los que estamos dispuestos a trabajar por hacer de la «era post casta» una realidad.

PhD en Filosofía y en Ciencia Política

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