Nadie en Chile es indiferente al recuerdo del 11 de septiembre de 1973. Para quienes lo vivieron y para quienes lo han conocido a través de los relatos de otros, aquel día forma parte de una historia que sigue estando presente. Es posible que algunos enfrenten ese recuerdo sin una idea previamente adquirida acerca de lo que ocurrió. Pero lo más probable es que la inmensa mayoría crea saber, con certeza, qué ocurrió, quiénes fueron culpables o inocentes, quiénes perpetradores o víctimas, quiénes tuvieron razón y quiénes carecieron de ella.
Y así, cada lado ha elaborado un relato sobre lo ocurrido aquel día y sobre los acontecimientos que lo precedieron. Cada uno ha creado sus héroes y, en torno a ellos, su culto. Y de ese modo la profunda división a que condujo aquella tragedia y sus terribles consecuencias continúa hasta hoy. ¿Debe esa división permanecer como una herida imposible de cerrar? ¿Debe seguir oscureciendo la razón, deteriorando la convivencia e impidiendo incluso el diálogo sobre materias ajenas a los hechos de aquel día? ¿Debe seguir interponiéndose como sombra sobre discusiones que deberían orientarse al presente y al futuro? No podemos saberlo. Nadie puede decidir hoy si esa nube continuará gravitando sobre la vida de los chilenos y chilenas de hoy y de mañana. Pero sí podemos discernir que nuestra convivencia como seres humanos -y, sobre todo, como ciudadanas y ciudadanos de una democracia que aspiramos a construir entre todos y para todos- sería mejor si esa nube pudiera algún día disolverse.
Para ello parecen existir dos caminos. Uno es el olvido, fingir que esos hechos no ocurrieron, que ese capítulo de nuestra historia jamás existió y que tampoco existieron sus consecuencias: la ausencia de las instituciones democráticas durante 17 años; la angustia, la persecución y el exterminio que padecieron los derrotados, y también la violencia y la muerte que otros utilizaron más tarde como camino para supuestamente recuperar la democracia.
Esa opción es inaceptable para cualquier persona inteligente y para cualquier demócrata. El pasado está ahí; no podemos borrarlo, aunque deseemos que no nos divida ni nos lastime, aunque esperamos que no sea un obstáculo permanente para construir el futuro. Simplemente no podemos construir una democracia sólida sobre la negación de aquello que ocurrió.
La alternativa, entonces, no puede ser el olvido. Debe ser la memoria. Pero no cualquier memoria. Necesitamos avanzar hacia una memoria común. Una memoria común que no significa que todos debamos recordar de la misma manera. Que tampoco significa imponer una interpretación única de nuestra historia, ni exigir que quienes sufrieron o heredaron un dolor renuncien a su propia memoria. Las memorias particulares son legítimas y seguirán siendo diferentes. Una sociedad libre no necesita que sus ciudadanos y ciudadanas sientan lo mismo frente al pasado. La memoria común es otra cosa. Es aquello que una sociedad, después de examinar su historia con libertad y rigor, decide reconocer como un patrimonio histórico que pertenece a todos y no puede ser apropiado por ninguna de sus partes. Es un mínimo compartido de hechos, responsabilidades, consecuencias y aprendizajes que permite que las distintas memorias puedan coexistir sin que ninguna necesite negar la existencia o la dignidad de las demás.
Esa memoria común no exige estar de acuerdo en todo. Pero sí requiere el acuerdo sobre aquello que no podemos olvidar ni negar. Requiere reconocer que Chile atravesó una profunda crisis política e institucional generada en el contexto de una política gubernamental que se proponía la construcción del socialismo; que el 11 de septiembre de 1973 un golpe militar significó la ruptura de la democracia; que durante 17 años el país vivió una situación de dictadura, que durante ese período se produjeron crímenes y graves violaciones de los derechos humanos y que hubo personas y organizaciones políticas que reaccionaron ante esos hechos utilizando como vía la violencia y el crimen.
Reconocer esos hechos no obliga a convertir la memoria en un tribunal eterno. Una memoria común no consiste en establecer de una vez y para siempre quiénes fueron los buenos y quiénes los malos, ni en decidir qué grupo puede reclamar para sí el monopolio de la verdad, del sufrimiento o del patriotismo. Su propósito es otro: hacer posible que aquello que nos dividió pueda ser recordado sin que ese recuerdo nos obligue a seguir divididos.
Por eso, una memoria común no es una memoria sin controversia. Es una memoria capaz de contener la controversia. No elimina las diferencias, pero establece un territorio histórico compartido dentro del cual esas diferencias pueden debatirse. No borra el dolor, pero impide que el dolor se convierta en una herencia de enemistad. No elimina a los héroes de nuestras memorias personales, pero evita que esos héroes sean utilizados para negar la condición humana de quienes estuvieron al otro lado. Significa también estudiar, sin simplificaciones ni omisiones interesadas, los acontecimientos que condujeron hasta allí y comprender que una tragedia de esa magnitud no nace en un solo día ni puede explicarse mediante una sola causa. Y, sobre todo, significa abandonar la pretensión de que nuestra memoria sólo puede ser verdadera si la memoria del otro es falsa.
Construir esa memoria común es difícil. Los héroes se encarnan en ideas y sentimientos que hacen arduo, quizás imposible, prescindir de ellos y de su ejemplo. El dolor, o el recuerdo del dolor, permanece indeleble y puede transmitirse por generaciones, como ocurre con el duelo por quienes perecieron. Pero que sea difícil no significa que sea imposible. Exige esfuerzo, generosidad y la renuncia a la comodidad moral de las certezas absolutas. Quizás no todos estén dispuestos al comienzo. Quizás deba partir la academia, tal vez también los medios, las instituciones, las familias o, simplemente, las personas de buena voluntad. Lo importante es comenzar.
Ojalá este 11 de septiembre, cuando muchos vuelvan a honrar a sus héroes y otros revivan dolores y duelos, sirva también para pensar en la forma de superarlos. No por indiferencia frente a lo ocurrido, sino por fidelidad a una democracia que sólo puede fortalecerse si se atreve a construir una memoria menos polarizada, más compartida.

Excelente columna, gracias. Difícil pero no imposible. Habría que comenzar por perdonar.