Señor Director:
El Gobierno está dudando si continuar con el programa «Yo elijo mi PC», mediante el cual se distribuían notebooks a unos 96.000 alumnos de 7º básico. La pregunta tiene una dimensión económica (se ahorran 35 mil millones de pesos), pero, sobre todo, incluye interesantes repercusiones educativas: ¿es posible que el notebook sea más una distracción que un aporte para el aprendizaje?
La pregunta nos choca, pues, a primera vista, parecería que siempre conviene sumarse al “progreso”. En efecto, durante los últimos años el mundo fue incorporando tecnología a la educación con entusiasmo. Fue la euforia de las EdTech: televisión en el aula, aplicaciones, computadores y tabletas que prometían clases más atractivas y evaluaciones instantáneas. Después llegó la pandemia y, por necesidad, las pantallas pasaron a ocupar un lugar central en la vida escolar.
El programa “Yo elijo mi PC” empezó el año 2009, en medio de ese fervor. Sin embargo, hoy tenemos una perspectiva distinta. Los últimos resultados del informe PISA -una prueba internacional para jóvenes de 15 años- debieran hacernos pensar seriamente en nuestras prácticas y costumbres. En 2025, el rendimiento promedio de los países de la OCDE alcanzó sus niveles más bajos registrados hasta ahora en lectura, matemáticas y ciencias. Entre 2015 y 2025, la puntuación media cayó 28 puntos en lectura y 22 en matemáticas. Un desplome excesivo.
No sería científico atribuir esta caída en exclusiva a las pantallas, pero tampoco sería sensato ignorar que tuvieron un papel principal. Ésta es la conclusión a la que llegaron los propios autores del informe PISA: “La disminución de la lectura por placer y el cambio hacia la lectura digital (…) podrían estar comprometiendo la capacidad de los estudiantes para abordar textos y datos complejos”; asimismo, “esto plantea interrogantes sobre si dispositivos como los teléfonos inteligentes -diseñados para maximizar la atención del usuario- son compatibles con la atención académica sostenida” (p. 6).
Ahora se está sumando la inteligencia artificial al carro de las innovaciones “obligatorias” (y que necesitarían el soporte del notebook). Las voces que avisan sus posibilidades más felices apuntan a la personalización, nuevos modos de aprender idiomas o las explicaciones adaptadas a cada alumno. Ahora bien, una cosa es que una herramienta prometa esas ventajas y otra que su eficacia educativa esté demostrada. No contamos con evidencia suficiente para justificar una nueva carrera por incorporarla a las aulas. Después de la experiencia de los últimos años, quizá lo más prudente sea invertir la lógica: que las herramientas demuestren primero su eficacia y que los colegios reflexionen después si vale la pena adquirirlas.
Por eso, en nuestras instituciones estamos pensando en lo contrario: cómo desescalar. No es fácil, pues hay hábitos consolidados. Pero los mismos profesores están moviendo sus fichas: envían menos tareas para la casa que supongan uso de pantallas, prescinden del Chromebook cuando ven que no aporta una ventaja clara, evalúan más mediante ensayos escritos a mano… A cambio, promueven espacios de lectura, debate y en ocasiones encargan presentaciones con cartulinas.
Junto con estas medidas prácticas que unos y otros están redescubriendo, se asoma la necesidad de una nueva reflexión a nivel nacional. Si una máquina puede resumir un libro, redactar un texto, preparar una presentación o explicar una ecuación en segundos, ¿qué debe enseñar entonces el colegio?
Educar no se reduce a transmitir información. Se trata de ayudar a crecer. Mientras un profesor enseña a multiplicar, está enseñando también a pensar con orden, a perseverar cuando algo cuesta y a esforzarse para hacer un trabajo bien hecho. Cuando corrige un escrito, está enseñando a valorar el feedback y a seguir intentándolo. Cuando conoce a un alumno, puede exigirle, acompañarlo y ayudarlo a madurar. Educar es formar el carácter, enseñar a convivir, adquirir hábitos de trabajo, descubrir los propios talentos y ponerlos al servicio de los demás. Todo eso, lo mejor de la educación, encuentra su espacio en el cara a cara.
En conclusión, después de años presionándonos para introducir más tecnología en las aulas, ahora nos preguntarnos con más cautela qué tecnología necesitamos y, sobre todo, qué educación queremos. En lugar de gastar esos 35 mil millones de pesos en nuevas máquinas, quizá es hora de mejorar la apuesta por los profesores.
Carola Reyes Ibacache (Directora del Colegio Huelén), Manuel Uzal Castro (Director Colegio Cordillera) y Juan Ignacio Izquierdo Hübner (Capellán del Colegio Tabancura)

observar con preocupación las expresiones del ministro Quiroz para justificar medidas que no han sido bien acogidas por los chilenos. Argumentar el alza de la parafina con el hecho que en esta época no se usa calefacción, es a lo menos una falta de tino -por decirlo suavemente- olvidando que Santiago no es Chile. Por otra parte, la eliminación del programa “Yo elijo mi PC” afirmando “que se evalúan programas y muchos se encuentran con hallazgos,” sin aportar mayores antecedentes, significa que no ha hecho bien su tarea. No obstante, este programa destinado para los estudiantes de menores recursos -alrededor de 91.oo0 alumnos-(2026) por un monto de $35 mil millones representa el o, o4 % del gasto público, es decir por cada $10.000 corresponden $4 del programa. Independiente de la falta de recursos, los chilenos estamos conscientes que existen otras áreas donde se pueden hacer importantes podas. Si bien, no existen antecedentes que hayan influido en mejorar su aprendizaje, conforme a los resultados de las pruebas PISA, no es menos cierto que puede ayudar a los estudiantes a desarrollar habilidades que se requieren para logar éxitos en el futuro
Fernando Hormazábal Díaz
Octogenario de a pie