Señor Director:
Parecería lógico que, solo con abrir un restaurante, se entienda que dicho establecimiento está autorizado para vender bebidas alcohólicas. ¿Qué justificación podría haber para que esta autorización sea un acto discrecional?
No parece razonable que sea el Estado, ni nadie que no sea el mismo dueño, quien determine arbitrariamente si un restaurante puede o no vender alcohol, cuando es evidente que la oferta de bebidas alcohólicas forma parte natural del servicio gastronómico. Tener un restaurante sin la posibilidad de ofrecer vino, cerveza o un aperitivo atenta contra la esencia misma de la experiencia culinaria.
Las sanciones más severas deberían aplicarse, no a quienes venden alcohol dentro de un marco regulado, sino a quienes cometen infracciones manifiestas tales como: vender a menores, instalarse en sectores no aptos para este tipo de servicios o generar desórdenes por ebriedad. Tratémonos como adultos responsables y castiguemos a quienes actúan como niños, no a quienes ejercen legítimamente su actividad.
Marcos Balmaceda M.
