Señor Director:

Llegó septiembre, Chile está de fiesta y nuestra bandera flamea en nuestros colegios. Pasillos y salas de clases se adornan con guirnaldas o esferas de papel blanco, azul y rojo. En otros países celebran solo el día de la independencia y buenas noches los pastores. Nosotros, en cambio, necesitamos todo un mes para colorear aulas y hogares, o para recorrer el menú de carne, empanada, cazuela y anticucho. A la vez, entre payas y cuecas, una pregunta más de fondo se asoma entre los educadores: ¿Cómo inspirar en nuestros niños genuino amor por la Patria?

Lo planteamos porque el patriotismo es un sentimiento y una virtud que se cultiva, que se forja sobre todo en las familias y en las escuelas. Gabriela Mistral lo sabía bien. En 1917 escribía: «Apliquemos la poderosa palanca del amor patrio para levantar a nuestra nación a un nivel nunca alcanzado». Era optimista; sin embargo, hoy el desafío parece más urgente, pues la distracción de las redes sociales o de las series estadounidenses a ratos difumina, y a veces eclipsa, lo propio. De estar todavía entre nosotros, quizá Mistral recordaría que el patriotismo no es un lujo para unos pocos, sino una necesidad de todos.

La celebración en torno al 18 apunta, en este sentido, a renovar un patriotismo entendido no solo como emoción, sino también como virtud: una manifestación de la pietas (piedad) como dirían los romanos. Mejor aún, un amor que se modula como orgullo entusiasta, calor de hogar, ímpetu de trabajo, ganas de progresar hacia el bien común.

Séneca lo resumía así: «Nadie ama a su patria porque es grande, sino porque es suya». Y Homero, en la Odisea, insiste una y otra vez en el amor de Ulises por Ítaca: «Nada hay más dulce que la patria y los padres, aunque uno habite una casa opulenta en tierra extraña». Por eso, en medio de tanto ruido, este septiembre puede ser una buena ocasión para impulsar iniciativas que aviven en nuestros alumnos el sentido de pertenencia a su tierra. Si los educamos bien, ellos, más adelante, empujarán nuestra república hacia su merecido esplendor.

¿Cómo canalizar estas intenciones en la práctica? Un inicio son las cosas simples: como leer con los niños un cuento chileno, cocinar juntos una cazuela, pasear por algún rincón de nuestra geografía recordando su historia o izar la bandera en casa recitando unos versos de Gabriela. En nuestros colegios, por ejemplo, hemos visto que vale la pena detenerse a preparar bien el “acto cívico”. Son gestos pequeños que suscitan preguntas entre adultos y niños. Primero, hacia el pasado: ¿Cómo valorar mejor la herencia que nos dejaron nuestros antepasados? Segundo, hacia el presente: ¿Cómo agradecer y celebrar lo que estamos logrando? Tercero, hacia el futuro: ¿Qué papel me toca desempeñar en la misión de Chile?

«Para cultivar un patriotismo -seguía diciendo Mistral- tenemos innumerables ocasiones durante la vida escolar, y no debemos omitir ni la más insignificante para hacer que el niño dedique a su patria un pensamiento». Es un buen desafío para este septiembre, y qué mejor que asumirlo acompañados de una empanada de pino, un choripán o pintándonos la cara con la bandera tricolor.

Que vivan, entonces, el acto cívico, la bandera en alto y la cueca, aunque esta última nos pille algo oxidados. Y que viva sobre todo ese legado íntimo que pasa de padres a hijos y de maestros a alumnos: ese bendito amor por lo nuestro. Porque si los niños aprenden a querer a Chile de corazón, más luminosos serán todos nuestros Dieciocho. Como diría un payador: «Enseñemos a querer / tierra, mar y cordillera; / lo que el niño aprende a ver / lo amará su vida entera».

Carola Reyes Ibacache (Directora del Colegio Huelén), Manuel Uzal Castro (Director Colegio Cordillera) y Juan Ignacio Izquierdo Hübner (Capellán del Colegio Tabancura)

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2 Comments

  1. Ojalá que existan muchos maestros como los autores de esta excelente nota. Es imprescindible volver a la Historia de Chile como tuvimos oportunidad de conocerla los viejos. Incluida en las Ciencias Sociales se pierde su naturaleza
    Fernando Hormazábal Díaz

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