El Festival de Viña del Mar dio el vamos. Sin embargo, pareció ser el festival de la violencia. Incendios y destrucción de parte de la ciudad jardín fueron el preludio de lo que luego lo reivindicaría.

Stefan Kramer, comediante nacional de grandes imitaciones y éxitos, el domingo acuchilló nuestra democracia. No solo hizo una apología de la violencia, sino que reivindicó hasta decir basta a la “primera línea”. Casi en un tono sacramental o divino. Niño símbolo de la corrección política, no se atrevió en ningún momento a deslizar alguna crítica al vandalismo que ya ha dejado a más de 300.000 personas sin trabajo.

No es aceptable que como sociedad valoricemos este tipo de actos, sino que los condenemos y busquemos en el humor un espacio de entretención, pero no a costa de relativizar nuestra alicaída democracia y sociedad.