Señor Director,
En 1995 Francis Fukuyama publicaba su libro “La Confianza”, y elaborando más finamente a la luz de nuestros recientes y serios problemas sociales, confirmo que hemos llegado a un punto ciego de confianzas.
Este elemento aglutinador, en cualquier tipo de sociedad, desde la Pyme a una región o un país, se diluyó. Se perdió y no hay antídoto posible para restablecerla al día de hoy, con un futuro que se ve más precario aún en soluciones.
Cuando dejo de confiar en el otro, existen razones evidentes; pero las sutiles y no manifiestas son las importantes.
Nuestros columnistas habituales adoptan frases o inventan nombres para diferenciar su discurso. Hoy es la “Casa Común”. Una utopía, desde mi punto de vista. ¿Compartiría una Casa Común con personas que me merecen la mayor de las desconfianzas? Creo que la respuesta es de una obviedad infantil. No: por motivo alguno.
Simón Sinek tiene una curva entre desarrollo económico y confianzas en las sociedades. Cita varios casos, entre ellos el de Steve Jobs, cuando dejó Apple, y esta compañía bajó en picada. Tuvo que volver, y se restablecieron las confianzas del origen de la empresa para llegar a ser lo que es hoy, una de las más grandes e innovadoras del mundo occidental.
Emile Durkheim, escribió: «Una sociedad compuesta por un número infinito de individuos desorganizados, a los que un Estado hipertrofiado se ve compelido a reprimir y a contener, constituye una verdadera monstruosidad sociológica. Una nación puede mantenerse sólo si entre el Estado y los individuos se interpone toda una serie de grupos secundarios suficientemente cercanos a los individuos para atraerlos con fuerza a su esfera de acción y arrastrarlos de este modo hasta el torrente general de la vida social”. O sea, en una línea, confianza.
Durkheim, Fukuyama y Sinek establecen la confianza como aquel elemento vital que aglutina a un pueblo. En el Chile de hoy lo que sobra es la desconfianza. No creo en muchos de los interlocutores que tienen un discurso agresivo y descalificatorio sobre las ideas de una población silente, masiva, que busca la paz, y no una guerra fratricida que suelo entrever están promoviendo aquellos que justifican su accionar «para correr el cerco» hacia mayor equidad social. Frases añejas y deslavadas de intelectos mediocres.
Nuestra clase política jugó y sigue jugando a la guerrilla de las impugnaciones y destituciones para desestabilizar el gobierno. ¿Qué confianza podría tener en ellos? La misma de ese 98% de la población que los tiene en la línea más baja de confianza jamás obtenida por institución alguna en nuestro país desde el año 1989.
No creo que ellos puedan ser los arquitectos de la Casa Común, como tampoco los dirigentes sociales, que sueñan con mantener la violencia ad eternum y pedir que confiemos en que son Mensajeros de La Paz.
