Señor Director:
Dos años bastaron para que la narrativa global borre la masacre y transforme al agredido en culpable.
El 7 de octubre de 2023 fue una masacre. Hamás desató una orgía de violencia contra civiles israelíes. No atacó una base militar: irrumpió en un festival de música y en las cocinas donde familias preparaban el desayuno. Cerca de 1.200 personas fueron asesinadas y 251 secuestradas. Fue, en palabras del secretario de Estado de EE.UU., “la mayor matanza de judíos desde el Holocausto”.
Por un instante, el mundo pareció comprender. Pero la claridad tuvo fecha de caducidad. La causa —el detonante brutal de la guerra— quedó reducida a una nota al pie. Se instaló «El Gran Olvido». Y en su lugar nació una narrativa torcida, donde la única pregunta válida era la respuesta de Israel. Como si fueran dos equipos de fútbol y no una democracia enfrentando un grupo terrorista que proclama abiertamente su deseo de exterminio.
Israel es más reconocido por sus laboratorios que por sus cuarteles. Mientras Hamás convertía hospitales y escuelas en arsenales, los científicos del Instituto Weizmann trabajaban en lo que parece ciencia ficción: tratamientos contra el cáncer, “genes maestros” que reducen tumores, embriones sintéticos sin esperma ni óvulos. Innovaciones universales, que no distinguen pasaporte ni religión. Del riego por goteo que transformó desiertos a la ciberseguridad que protege el teléfono donde lees estas líneas, Israel ha cultivado una vocación de creación.
Y entonces llegó la ironía suprema. Los misiles de Hamás no apuntaron a un cuartel, sino al Instituto Weizmann. Laboratorios arrasados, décadas de investigación hechas humo. Se perdieron muestras de tumores de años de pacientes en EE.UU., Francia y Suiza. No fue solo un golpe contra Israel: fue un crimen contra el futuro.
Es imperativo hablar de Gaza. El sufrimiento allí es inmenso y real: decenas de miles de muertos y una crisis humanitaria devastadora. Pero Hamás no es Gaza. La irracionalidad está en usar el dolor de la población civil como excusa para borrar la causa inicial y fabricar una falsa equivalencia moral entre quienes cavan túneles bajo hospitales y quienes levantan laboratorios para curar enfermedades.
El debate sobre la proporcionalidad se ha vuelto un conteo macabro de cuerpos que omite toda variable cualitativa. Se calla la pregunta más incómoda: ¿qué significa defender una sociedad —con todos sus defectos— que crea y comparte soluciones con el mundo, frente a un culto a la muerte cuyo único legado es la destrucción?
Olvidar esa diferencia no es neutralidad. Es alinearse, aunque sea por omisión, con quienes solo saben destruir.
En este aniversario, la tarea no es elegir un bando, sino recuperar la razón.
Andrés Joannon Grez

Complejo, tiene mucha razón en varios puntos expuestos. Pero, me parece que se sobre pasaron límites. El primer ministro por un lado agobiado por denuncias de corrupción y por otro, presionado por los partidos chicos pero determinantes de la extrema postura religiosa, arrastró a Israel para salvarse él, muy lamentable. Israel, su FDI obtuvo una victoria militar en 5 frentes distintos, fue brillante, pero perdió en el ámbito político y de apoyo a su causa, responsabilidad de su gobierno y de sus políticos…….como siempre….
Un par de semanas después del atentado de Hamas, o sea como el 20 de octubre del 2023, leí un reportaje a las mujeres soldados israelitas que vigilaban la línea por donde atacó Hamas. El reportaje decía que ellas avisaron a sus mandos superiores que en el área observaron una actividad anormal que delataba la preparación para un ataque. Estos reportes fueron desestimados por los servicios de inteligencia. A mí me viene la sospecha que Netanyahu se aprovechó de esta situación y dejó avanzar a Hamas a sabiendas, para tener el pretexto de una guerra a gran escala y salvarse del juicio de corrupcion. Este es un tema también olvidado en el análisis de esta guerra.