Señor Director:

Las recientes imágenes de alumnos del Instituto Nacional fabricando bombas molotov frente a sus propios compañeros y lanzándolas ardiendo hacia la vía pública y a los Carabineros, no son un hecho aislado. Son el reflejo de un fracaso colectivo mayúsculo. Cuando la violencia deja de escandalizar y comienza a normalizarse en los espacios llamados a formar ciudadanos, ya no solo está en crisis la educación: está en riesgo el futuro mismo de nuestra democracia.

No se trata únicamente de actos delictivos cometidos por un grupo de estudiantes y sus mentores. Lo verdaderamente inquietante es que estas escenas ocurran dentro de un establecimiento educacional, -nada menos que en “el primer foco de luz de la nación”- ante la mirada de cientos de alumnos, de profesores y funcionarios, como si fueran parte de una realidad cada vez más habitual.

La normalización de la violencia erosiona la convivencia, debilita la autoridad legítima y transmite a las nuevas generaciones la peligrosa idea de que la fuerza bruta puede reemplazar al diálogo.

La respuesta no puede limitarse a la indignación momentánea ni a la búsqueda de culpables únicos. Este fenómeno interpela a las familias, a las comunidades educativas, a las autoridades y a la sociedad en su conjunto. Recuperar la seguridad, el respeto por las normas y el valor de la educación como espacio de formación cívica exige decisión, coherencia y responsabilidad compartida.

Porque cuando una sociedad deja de proteger sus escuelas como lugares de aprendizaje y convivencia, comienza también a comprometer los cimientos de su vida democrática.

Es hora que se sepa quién está detrás de la demolición de 213 años de historia republicana del Instituto Nacional.

Carlos Bombal Otaegui

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2 Comments

  1. Todos sabemos claramente quien está detrás de ésto, el PC. Lo que se trata es de pedir al gobierno que por un método u otro, ponga término a está inaceptable situación.

  2. Es contradictorio que un grupo de alumnos y terceras personas sobre ideologizadas impongan violencia y destrozos en un establecimiento del Estado cuyo rol es formar a niños y adolescentes, desarrollando sus conocimientos, habilidades, actitudes y valores para la vida. Es responsabilidad del Estado poner término definitivo a este grave conflicto, que vulnera los derechos básicos de la mayoría de los estudiantes.

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