Señor Director:

Bien acostumbrados nos tiene el señor Agustín Squella a sus errores. No solo se equivocó al calificar en 2018 a Mauricio Rojas, en la calidad de converso de este último, como plutócrata, tras las polémicas declaraciones del ex ministro de cultura sobre el Museo de la Memoria, sino que ahora nos quiere presentar una solución inviable para que la Convención llegue a ser exitosa. El profesor nos habla en una columna en «El Mercurio» del pasado domingo, de una Constitución ideal en la que los derechos civiles, políticos y sociales encuentran su perfecta mezcla y lógica. Encuentra el fundamento de estos últimos en la supuesta inanidad de poseer derechos, por ejemplo, a la libre expresión si no se sabe leer o escribir. Atiende a la condición de los derechos sociales como necesarios dentro de un desarrollo histórico que trajo consigo, en primer lugar, a los derechos civiles, para posteriormente, instalar los de carácter político y social. Esto, para al final, responder que si alguno se atreve a desafiar esta belleza jurídica en base a que los derechos sociales cuestan dinero, deben saber que todo el aparato estatal que resguarda los primeros derechos también cuesta dinero.Por supuesto, no es solo que asociar la libertad a una noción de posibilidad sea un error, en tanto el hombre, al no tener ni poseer todas las posibilidades de hacer o deshacer, no se hallaría libre nunca o que, llegando al absurdo, notemos que si la libertad depende de condiciones materiales, entonces China, teniendo uno de los PIB más altos del mundo, vendría siendo uno de los más libres también, en consecuencia (?). No es solo que los derechos sociales afectan el ejercicio libre de los derechos civiles y políticos de otros, haciéndolos incompatibles (Por ejemplo, si usted quiere igualdad de acceso a la educación, afecta el derecho a la libre empresa de alguien). No es solo que la idea de que los derechos sociales vienen como añadidura necesaria e irrefrenable después de la instalación de derechos civiles y políticos sea de un historicismo inaceptable en tanto argumentos como esos provocaron más víctimas en el mundo que nunca antes durante el siglo XX. Sino que, Squella, después del paso de tantos años, todavía no aprende a identificar lo que Scruton llamó la falacia de la agregación: entre más igualdad se quiere, menos libertad poseemos.  

William Andrés Tapia Chacana, Jefe Área de Filosofía y Letras, Revista Individuo.

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