Señor Director:

En su columna del 20 de marzo, el Sr. Ignacio Walker, que, como él mismo explica, apoyó la legalización del aborto en los casos de aplicación de las tres causales actualmente reconocidas por la ley, se declara contrario a la legalización completamente irrestricta aprobada por el pleno de la CC. El Sr. Walker hace una serie de consideraciones de carácter jurídico y ético para explicar su oposición a una futura norma constitucional como esa, que considera, con toda razón, inadmisible. En esto último coinciden con él muchos otros que defienden la ley actualmente vigente y también, naturalmente, todos quienes se oponen a la legalización del aborto en todos los supuestos. 

Sin embargo, a la hora de explicar las razones por las cuales una CC dominada a su antojo por la izquierda más radical adoptaría este camino ominoso, el Sr. Walker señala que la nueva norma representa “el triunfo del neoliberalismo más extremo de Milton Friedman, que ha penetrado culturalmente al feminismo radical de izquierda”. Para apoyar este diagnóstico, el Sr. Walker remite a los principios de “la soberanía del individuo y la libertad de elegir”, que serían los dos principios básicos defendidos por el padre de los famosos “Chicago Boys” chilenos, y que son los que estarían “por detrás de este individualismo radical”, es decir, el individualismo del nuevo feminismo de izquierda, que acude exclusivamente al derecho de la mujer sobre su cuerpo y deja fuera de consideración la cuestión del estatuto del feto o el embrión. Por tanto, según nos revela ahora el Sr. Walker, el nuevo feminismo radical de izquierda habría sido arrastrado a este límite del horror que ahora presenciamos atónitos nada menos por causa del triunfo del perverso “neoliberalismo”, que la propia izquierda radical tan fervientemente condena. 

Como es notorio, el argumento del Sr. Walker asume que los propios convencionales de la izquierda radical que votaron en favor de la nueva norma no comprenden hasta qué punto han quedado cautivos del seductor embrujo procedente del individualismo neoliberal que repudian: en este respecto, al menos, configuran ellos mismos un caso de conciencia alienada, para decirlo en términos de esa vieja figura conceptual, tan cara al propio discurso marxista, cuando se trata de explicar cosas que no cuadran bien (por ejemplo, que las mayorías campesinas u obreras no sean comunistas). Pero, al mismo tiempo, el argumento del Sr. Walker cumple una cierta función exculpatoria, porque establece que lo que se presenta como más repudiable y bárbaro en esos mismos grupos de izquierda radical no puede provenir, en definitiva, de otro lugar como no sea de la única verdadera fuente de perversión que la propia izquierda reconoce: el “neoliberalismo”. En último término, lo que pueda haber de verdadera maldad en esos grupos tiene, por tanto, un origen exógeno: fueron contaminados desde fuera –culturalmente, dice el Sr. Walker– por un agente poderoso que, ciertamente, no pudieron o supieron controlar, pero que nunca hubiera podido surgir de ellos mismos. Ya se sabe que la izquierda, incluso la más radical y la más sectaria, puede ser acusada de inexperiencia y desatino, pero jamás de perversión. Sus intenciones son, por definición, nobles y hasta sacrosantas, porque están al servicio de la causa del “hombre nuevo”. La perversión y la iniquidad es patrimonio exclusivo de la vetusta derecha y, muy en particular, del abominable “neoliberalismo”. 

Da pena ver que, frente una cuestión de tanta gravedad, el Sr. Walker no logra superar la lógica maniquea que determina hoy casi todo el debate político. Una discusión seria en un asunto tan grave debería prescindir del fácil recurso a fetiches verbales y comenzar por los hechos. En el seno de la tradición liberal y libertaria no ha habido nunca, hasta el día de hoy, unanimidad sobre la cuestión de la legitimidad del aborto. Y hay, como nadie debería ignorar, una importante corriente de seguidores del liberalismo clásico e incluso del libertarianismo más radical que se declaran abiertamente contrarios al aborto, a veces, en todos los supuestos. 

Que en el seno de la tradición liberal, en sus diversas posibles variantes, no haya habido consenso en esta importante materia no es un asunto de incoherencia con los principios liberales, sino un resultado de la complejidad del asunto mismo, que compromete no sólo aspectos normativos, sino también cuestiones descriptivas de alcance ontológico. Liberales y libertarios contrarios al aborto, a los cuales yo mismo me siento próximo, sostienen que no es legítimo atentar contra el derecho a la vida de los individuos de la especie humana, es decir, derivan su posición respecto del aborto de su defensa más general de los derechos individuales. Liberales y libertarios que defienden la legitimidad del aborto, ya sea de modo restricto o irrestricto, acuden a razones que tienen que ver o bien con las condiciones bajo las cuales un feto o un embrión llegaría a ser digno de protección jurídica, o bien con la necesidad de ponderar comparativamente en casos de conflicto el derecho del feto o el embrión y el derecho de la madre. Vale decir: en el seno de la tradición liberal se encuentra básicamente el mismo espectro de posiciones que también aparece en otras tradiciones de pensamiento político, tales como la socialista, la socialdemócrata y la demócrata cristiana. Respecto de Friedman, por quien no siento particular simpatía filosófica, hay que decir que efectivamente adoptó una posición favorable a la libertad de elección de la mujer, pero, a la vez, rechazó el financiamiento estatal del aborto. En todo caso, por las razones indicadas más arriba, de ello no se sigue que sus seguidores tuvieran que ser de la misma opinión en este punto particular. Y basta repasar los nombres de sus conspicuos seguidores locales de aquellos tiempos para comprobar que tampoco aquí hubo unanimidad sobre la materia.

Por lo demás, una simple mirada a la historia de la legislación sobre el aborto en el siglo XX muestra de modo contundente que los primeros países en legalizarlo, hacia 1955, han sido los que formaban parte del bloque soviético, empezando por la propia Rusia, cuya norma original de 1920 no fijaba ningún plazo máximo para interrumpir artificialmente el embarazo, aunque posteriormente, en 1955, tuvo que ser restringida fuertemente en su alcance, a la vista de sus devastadores efectos demográficos. El primer país americano en unirse a esta tesitura permisiva fue la Cuba castrista, esa que tantos representantes de la izquierda latinoamericana, también la que se declaraba cristiana, veían entonces como el ejemplo a seguir en el camino hacia el socialismo del “hombre nuevo”. En 1965 el régimen castrista liberalizó la norma anterior de 1936, que contemplaba solo tres causales. Siguiendo la argumentación del Sr. Walker, habría que concluir que el germen maligno del individualismo “neoliberal” hizo estragos primero en el bloque soviético y en Cuba, mucho antes que en EEUU y en Chile. ¿Hace falta añadir todavía un elenco de las principales fuentes literarias y filosóficas del actual feminismo radical de izquierdas para mostrar que ni el liberalismo, en ninguna de sus formas habitualmente reconocidas, ni tampoco Friedman tienen nada que ver con lo que se piensa sobre estas cosas en el seno de la CC? 

Demonizar el “neoliberalismo”, un término empleado tan abusiva y arbitrariamente que ya casi no significa nada, para presentarlo como el origen de todos los males imaginables, es una argucia tan poco honesta y tan poco sutil, desde el punto de vista intelectual, que a estas alturas no puede convencer ni descolocar a nadie mínimamente informado, tampoco a los miembros de la CC, por muy perdidos que pudieran estar en estas y otras materias. Emplear esa argucia para defender causas nobles, incluso si se obrara con buena intención, no puede tener otro resultado que mancillar esas mismas causas.

Alejandro G. Vigo.

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