Señor Director:

El crimen ocurrido en Calama, donde un estudiante terminó con la vida de una inspectora, sumado a los hechos de violencia de los últimos días entre escolares, que en algunos casos han terminado con amenazas de ataques con armas de fuego, han estremecido al país y vuelven a instalar una preocupación que ya no admite postergaciones. El aumento de la violencia en los espacios educativos nos obliga a preguntarnos qué está fallando y qué debemos transformar como sociedad.

Más allá de las medidas que propuso el gobierno del Presidente José Antonio Kast a través de su proyecto de ley “escuelas seguras”, surge una pregunta de fondo: ¿Es este sólo un problema educativo o una crisis social que comienza fuera del colegio y se expresa dentro de él?

Los estudiantes llegan al aula con cargas emocionales que muchas veces no encuentran espacios de contención. Durante años hemos priorizado resultados académicos, relegando la formación socioemocional. La convivencia no se construye mediante protocolos, sino a través de relaciones humanas donde se enseñen empatía, respeto y resolución pacífica de conflictos.

Hablar de salud mental implica avanzar hacia políticas que reconozcan el bienestar emocional como condición para aprender y convivir. Un entorno cultural donde la agresividad verbal se normaliza debilita el respeto como base de la vida común. La responsabilidad, además, debe ser compartida entre escuela y familia, fortaleciendo una alianza formativa coherente.

Si aspiramos a una sociedad más justa y cuidadora, debemos comprender que la prevención de la violencia comienza mucho antes del conflicto. Educar para convivir es una tarea urgente y colectiva para evitar que la violencia se vuelva costumbre.

Dra. Natalia Salas Guzmán – Decana (i) Facultad de Educación y Ciencias Sociales. Universidad Finis Terrae

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