Señor Director:

El año pasado se levantó una consulta nacional a docentes, impulsada por Aseduch, que dejó un dato imposible de relativizar: uno de cada cuatro profesores manifestó su intención de abandonar la docencia. No cambiar de colegio, no pedir traslado, sino dejar derechamente la profesión. Ese resultado, lejos de ser anecdótico, es una señal de alerta que el sistema educativo chileno no puede seguir ignorando.

Cuando una proporción tan alta de profesionales declara que quiere irse, el problema no está en la vocación individual ni en la “resiliencia” de los docentes. El problema es estructural. Es el resultado de años de sobrecarga laboral, pérdida de autoridad pedagógica, violencia en las aulas, exigencias administrativas desmedidas y una constante sensación de desprotección frente a conflictos y denuncias.

Pese a ello, el debate público suele moverse en otra dirección. Se discuten reformas, se ajustan normativas y se anuncian cambios parciales, pero rara vez se enfrenta el fondo del asunto: el sistema se está quedando sin profesores, y no por falta de interés inicial, sino por incapacidad de retenerlos. Los datos del propio Ministerio de Educación, difundidos por la prensa, muestran que miles de docentes jóvenes ya se han ido. Lo que la consulta reveló es que muchos más están pensando seriamente en hacerlo.

En ese contexto, la discusión sobre elevar las exigencias de ingreso a las carreras de pedagogía genera incomodidad. Para algunos, parece un nuevo peso sobre una profesión ya agobiada. Sin embargo, el problema no es exigir más. El verdadero error ha sido exigir mucho durante el ejercicio profesional y ofrecer poco a cambio. Sin reconocimiento, sin condiciones laborales adecuadas y sin respaldo efectivo, ninguna carrera resulta atractiva en el largo plazo.

Revalorizar la docencia no es una consigna. Es una decisión política y social. Implica mejorar las condiciones de trabajo, devolver centralidad al rol pedagógico, reducir la burocracia inútil y proteger a quienes enseñan. Solo así las nuevas exigencias tendrán sentido. Solo así la pedagogía volverá a ser una opción deseada y no una carrera de desgaste temprano.

Si hacemos bien las cosas, el efecto puede ser doble: atraer a mejores estudiantes a las carreras de pedagogía y, al mismo tiempo, abrir la puerta para que muchos de los docentes que hoy están fuera del aula consideren volver. Pero para eso hay que asumir la gravedad del diagnóstico. Cuando uno de cada cuatro profesores piensa en irse, no estamos frente a una molestia pasajera. Estamos frente a una crisis que exige cambios reales y urgentes.

Sergio Godoy M. – Aseduch

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