Señor Director:
Durante años se ha repetido que Chile “se cae a pedazos”. No ocurrió en el sentido anunciado, pues la economía no colapsó. Sin embargo, hechos recientes invitan a reconocer que algo sí se venía desmoronando: coimas que alcanzan a miembros del Poder Judicial, redes de gendarmes que proveen drogas y celulares a los internos que deben custodiar y una Caja de Crédito Prendario utilizada como sucursal expedita para liquidar joyas robadas. Lo que se suma a convenios con ONG diseñados para drenar recursos fiscales, vinculación de miembros de Fuerzas Armadas y policías con bandas narcotraficantes y mal uso de fondos reservados, y un largo etcétera.
El patrón es difícil de ignorar. Es la señal reiterada de un deterioro moral profundo donde no caben la probidad, la responsabilidad ni el sentido del deber. Instituciones llamadas a impartir justicia, resguardar el orden o administrar bienes públicos aparecen, una y otra vez, involucradas en prácticas que revelan su fragilidad, cuando no su franca captura. Así las cosas, quizá Chile sí se esté cayendo a pedazos. No por insolvencia económica, sino por la corrupción que se expande y por una alarmante falta de integridad para ejercer funciones públicas. Y ese es un daño más silencioso, más corrosivo y menos reversible que cualquier ciclo económico.
Jorge Jaraquemada – Director ejecutivo Fundación Jaime Guzmán
