Señor Director.

Se cumplen tres años del 7 de octubre, y lo que pasó ese día ya casi no se recuerda. Lo que se escucha va siempre atado a lo que vino después, contado de manera parcial y sin contexto. Lo que empezó como la mayor matanza de judíos desde el Holocausto -personas asesinadas en sus casas, violaciones, cientos de rehenes- terminó convirtiéndose en otra cosa: una palanca para una causa ideologizada.

Conviene volver al origen, porque de ahí se desprende todo. Ese día no se enfrentaron dos ejércitos. Un grupo terrorista cruzó una frontera para asesinar a civiles y llevárselos. No fue un acto de guerra entre Estados. Fue un crimen.

Pensemos en un paralelo. Si a Estados Unidos lo atacara, desde territorio mexicano, un cártel del narcotráfico, a nadie se le ocurriría decir que México atacó a Estados Unidos, ni homologar al pueblo mexicano con el cártel, ni plantear que responder al narco sea un genocidio contra los mexicanos. La distinción sería evidente. Con Hamás, esa distinción evidente se volvió prohibida.

Y ahí está el punto. El problema no es tomar partido entre Israel y Palestina. Tampoco lo es criticar la manera en que Israel ha respondido al ataque. El problema es convertirse en instrumento de un aparato organizado que toma la indignación legítima de la gente y la cuadra con eslóganes parciales, hasta el punto de que nombrar a Hamás por lo que es, una organización terrorista, se convirtió en motivo de expulsión del bando de los decentes. La verdad pasó a pertenecer a un bando: parcial, ideologizado y al servicio de una agenda.

El sufrimiento en Gaza es inmenso y real. Pero conceder eso no obliga a aceptar la confusión. Una cosa es el pueblo palestino. Otra, muy distinta, es el grupo terrorista que lo usa como escudo.

Lo incómodo es que abrir los ojos implica negarse a que cualquier aparato -el progresista o su espejo- nos dicte de qué lado debemos estar si queremos ser de los buenos. ¿Desde cuándo pensar consiste en elegir a qué grupo de interés obedecer?

A tres años, lo que sigue cautivo no es sólo la memoria de las víctimas. Es la causa palestina, secuestrada por quienes la usan a su antojo para sus propios fines.

Esa es la causa secuestrada.

Andrés Joannon Grez

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