Empezó como un domingo cualquiera. De no ser por la tragedia que vino después quizás los integrantes del clan familiar ni siquiera habrían recordado que exactamente un año atrás, el 22 de mayo de 2021, sufrieron el primer atentado. Esa vez también balearon la parcela Los Boldos, pero a lo lejos: desde los metros que los separan de la carretera. Y si bien aquello fue un campanazo de alerta, no se imaginaban que volverían, o al menos que lo harían ese día. 

Hace siete jornadas la familia se reunió como lo hacía cada vez que podía ir al campo. Poco antes de las 16:00 horas ya varios de sus miembros se habían retirado de la parcela, ubicada en el sector San Carlitos entre Los Sauces y Angol. 

A los minutos se desató la pesadilla, que comenzó con uno de los integrantes de la familia golpeado hasta romperle la cabeza con la culata de un fusil y terminó cuando las cuatro víctimas lograron desatarse únicamente para hallar a una yegua y un potrillo muertos y a una yegua preñada con el cuerpo cosido a perdigonazos. También encontraron a otro de sus familiares herido, a quien hubo que extirpar un riñón y aún se debate entre la vida y la muerte en el Hospital de Angol. 

La golpiza

Cuando ocurrió el atentado del pasado domingo, cuatro integrantes del grupo permanecían en la casa: la matriarca, de 65 años de edad; dos de sus hijos (un hombre y una mujer) y su nieta de tres años. 

El hombre se encontraba a unos 50 metros de la vivienda cuando lo interceptaron. Una camioneta entró al terreno y tras bajarse todos sus ocupantes comenzaron a pegarle: una sucesión de golpes, patadas y amenazas hasta que lo redujeron al suelo. Él intentó defenderse creyendo que esos tres o cuatro hombres eran todos sus victimarios. Se dio cuenta de que no era así cuando escuchó los balazos. Disparos hechos al aire para amedrentar. 

Un nuevo grupo de desconocidos entró por otro costado de la parcela. Se bajaron de otras camionetas y calculan que eran en total 40 o 50. Todos armados con fusiles o metralletas, con pasamontañas cubriendo sus rostros, y vestimenta al estilo militar. El que parecía el líder incluso llevaba una radio. 

Le pegaron por la espalda, le rompieron la cabeza, la nariz, los labios, y faltó poco para que también le quebraran alguna costilla. Cedió. Ya pelear no era una opción. E incluso así una bala pasó zumbando junto a su oído.

De manos atadas

Desde la casa, la hermana del hombre vió la agresión. Alcanzó a llamar al padre de la niña para pedir su auxilio. Pero los encapuchados la vieron, rompieron el vidrio de la ventana, entraron a la casa, le quitaron el celular y las sacaron de la vivienda. 

Las llevaron a las tres a una bodega, las arrodillaron y encañonaron. El mismo alambre que utiliza la familia para sus faenas de agricultura fue utilizado por los agresores para atar sus manos. A la niña no la amarraron, pero a la madre sí. Y ella, con las manos sujetas, se abrazó a su hija. Allí, al fondo de una bodega, juntaron a los cuatro.  

De ahí en adelante, durante la media hora que duró el secuestro, lo único que escucharon fueron amenazas, garabatos y ráfagas de disparos. 

“Andaban todos encapuchados, así que uno no puede saber quiénes son, de dónde son. Andaban todos tapados”, dicen quienes conocen lo que allí pasó. “Una balacera, peor que una guerra”, agregan. 

Aislados en San Carlitos 

En ese sector de San Carlitos están aislados. La locomoción es mala. No hay micro y solo se puede llegar en vehículo particular. Tampoco hay agua. La zona en verano es muy seca y en invierno es muy húmeda. En el sector hay muchos agricultores amedrentados y ya se han producido usurpaciones.

Al momento del asalto, el padre de la niña de tres años intentó llegar al auxilio, pero las ráfagas de disparos se lo impidieron. Al ver que se acercaba una camioneta los desconocidos comenzaron a disparar y lo hirieron. La camioneta recibió, al menos, 15 impactos de bala. Y uno de esos balazos lo mantiene con riesgo vital en el hospital. 

La familia agredida ha trabajado en esas tierras por casi 50 años. Crían animales y en el último tiempo se dedicaron a la siembra de avena: avena para hacer fardos y avena para cosechar y darle a los caballos.

Con el alambre que utilizan para amarrar los fardos de avena fue que los ataron.

Y hasta el domingo pasado además de equinos también había bovinos, perros, chanchos y aves en ese campo. Ya no. Están desarmando todo porque una de las amenazas era que debían irse de allí. 

“Lograron lo que querían. Hacer maldad”, dicen. 

No tienen el ánimo de permanecer allí. Consideran que quedarse es un riesgo y no quieren esperar que asesinen a una persona para tomar la decisión de irse. 

La muerte de la yegua y el potrillo 

Cuando los agresores se fueron y la familia logró desatarse el horror fue mayor. Mientras los tuvieron amarrados ellos no pudieron ver nada de lo que ocurría, pero al liberarse, delante de la casa encontraron muertos y sangrantes a dos de sus equinos. Además, una yegua preñada resultó herida con perdigonazos en su panza, cuello, cara, frente, nariz.

La yegua muerta se llamaba Sofy y el potrillo se llamaba Profeta. A Sofy el balazo se lo dieron directo al corazón. Y a Profeta en un ojo y en la sien. El tercer animal se llama Da Problema, pese a los daños, confían en que sobreviva. 

La familia no entiende por qué mataron a los animales y los dejaron tirados frente a la casa. Habrían preferido que se los llevaran, así como hicieron con algunas máquinas para trabajar el campo, y otros bienes. 

La casa la dejaron revuelta, al igual que bodegas y galpones. Los hoyos dejados en distintas áreas por los impactos de bala son un recordatorio del atentado, así como decenas de casquillos de municiones de alto calibre.

Ahora están sacando a los animales y aún no saben qué harán con la siembra. El caso quedó en manos de la Fiscalía de Alta Complejidad de La Araucanía y las diligencias a cargo de la Sección Investigativa OS-9 de Carabineros, que debe determinar la cantidad de disparos y qué motivó el atentado. 

Mientras tanto, la familia aún llora a sus caballos: “Los mataron porque sí, por maldad. Si se la hubiesen llevado, pero no matarla delante de la casa. La pena más grande fue ver a esos caballos muertos. Cómo hicieron esa maldad tan grande”.

Y hay una preocupación más que no los deja dormir. La suerte del padre de la niña, que permanece entre la vida y la muerte en el hospital.

***Los nombres de las víctimas fueron omitidos de la historia por seguridad.

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