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Publicado el 29 de septiembre, 2018

Manuel José Ossandón: La Haya, ¿oportunidades de un no resultado?

Autor:

Manuel José Ossandón

Si el fallo es adverso, e incluso si nos es favorable, es necesario un sinceramiento. Algo estamos haciendo mal en los temas más sensibles e importantes de la política exterior, con fallas estructurales en el modo en que distintos gobiernos chilenos han ejercido la responsabilidad de defender nuestra integridad territorial.

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Manuel José Ossandón

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El próximo 1 de octubre la Corte Internacional de Justicia fallará el juicio sobre el «Asunto relativo a la obligación de negociar un acceso al Océano Pacífico» que opone a Bolivia y a Chile. Aunque no sabemos el contenido de la resolución, existe cierta unanimidad en que, de alguna u otra manera, dicha sentencia llevará a que Chile se siente a negociar con Bolivia.

 

En esta etapa, cuando estamos ad portas de la resolución, solo podemos reflexionar. En este sentido, y a diferencia de la mayoría de quienes han opinado, no soy partidario de concentrarme en Bolivia o en el Presidente Morales; por el contrario, motivado por el patriotismo y la preocupación, creo necesario pensar sobre las implicancias del fallo desde y para nuestra política exterior.

 

La oportunidad de la demanda

Bolivia demandó el año 2012, no el año 1956 o 1979. Por ello, las causas de este fallo se encuentran en la política exterior implementada en el pasado reciente.

 

En efecto, aunque Bolivia interpuso su demanda marítima contra Chile en 2013, Evo Morales la había anunciado a su pueblo dos años antes (2011), en medio de las celebraciones del Día del Mar. Entonces, la demanda de Bolivia no puede ser leída como un hecho político aislado ni mucho menos inesperado en la relación de Bolivia con Chile, sino que responde a una construcción política de varios pasos, modelo habitual en disputas internacionales que terminan en tribunales.

 

Bolivia demandó a Chile al fracasar su intento de acceder al mar, que con esmero y dedicación fueron hilvanando sucesivos gobiernos bolivianos y chilenos desde fines del siglo pasado hasta el 2010, coincidiendo con la llegada del primer gobierno del Presidente Piñera y su negativa a otorgar una salida soberana de Bolivia por territorio chileno.

 

La demanda de Bolivia no puede ser leída como un hecho político aislado ni mucho menos inesperado en la relación de Bolivia con Chile, sino que responde a una construcción política de varios pasos».

 

Primero lo hizo Hugo Banzer, acordando con Chile un «diálogo sin exclusiones” (2000), que fue mantenido por sus sucesores, y luego Evo Morales a través de la Agenda de XIII Puntos (2006), un mecanismo de consulta política entre ambos países que consolidó el reclamo marítimo como el más importante de todos los temas sobre la mesa.

 

No bastando con estos primeros avances, Evo Morales dictó en 2009 una nueva Constitución que establece una estrategia reivindicatoria, en el sentido de denunciar o, en su caso, renegociar aquellos tratados que obstaculicen el acceso soberano de su país al mar. Una agresión inédita que el Gobierno chileno dejó pasar en una decisión insólita y temeraria.

 

No solo eso, después de la entrada en vigencia de esa Constitución “irredentista”, en 2008-2009 se avanzó más aún con la negociación para la entrega del enclave de Tiliviche. La última guinda de la torta fue la negociación del acuerdo del Río Silala, en que Chile reconoció a Bolivia la mitad de sus aguas, y que Bolivia rechazó porque no se consideraba la deuda histórica.

 

No podemos desligar este fallo de sus causas y del contexto de la política exterior chilena

Además, este fallo ocurre luego de una serie de pérdidas de soberanía de Chile, primero con Argentina (Laguna del Desierto, 1994), que nos costaron 500 kms2., y luego con Perú (límite marítimo, 2011), que significó perder más de 22.000 kms2., de mar económico. Curiosamente, casi el mismo equipo que defiende a Chile en esta disputa marítima, fue el que litigó con Perú años atrás.

 

Todo ello ocurrió en el contexto histórico de una mal llamada Política de Estado que hasta hace poco evitaba la discusión y el debate, pese a los malos resultados. Por lo mismo, este fallo debe servir para alentar un debate de fondo sobre el nivel de efectividad de la política exterior de Chile en estos últimos 25 años.

 

Curiosamente, casi el mismo equipo que defiende a Chile en esta disputa marítima, fue el que litigó con Perú años atrás.

 

Si el fallo es adverso, e incluso si nos es favorable, es necesario un sinceramiento. Algo estamos haciendo mal en los temas más sensibles e importantes de la política exterior, con fallas estructurales en el modo en que distintos gobiernos chilenos han ejercido la responsabilidad de defender nuestra integridad territorial.

 

El fallo será un no resultado

Para Bolivia llevar a Chile a sentarse a negociar será un éxito y le garantizará 50 años de acción multilateral en nuestra contra, basado en un fallo del tribunal más importante. En efecto, Bolivia usará este caso como eje central de su estrategia política ante el mundo por décadas, en el mismo sentido que hasta ahora ha basado sus alegaciones en resoluciones de organismos internacionales que alientan una solución a la mediterraneidad boliviana. Políticamente será inconveniente para el interés del país, incluso si, como afirma el establishment jurídico-diplomático es posible que prima facie el territorio chileno y la libertad de nuestros compatriotas que en el residan no se verá inmediatamente afectada.

 

El irredentismo boliviano se alimenta de la impunidad nacida de la indolencia y la falta de convicciones chilenas. Por lo tanto, ya hemos sido advertidos que vamos a tener que negociar».

 

Pero aun si ganáramos, ya hemos sido advertidos que la aspiración nacional boliviana supera al Presidente Morales y que Bolivia seguirá adelante, toda vez que sabe que sus políticas agresivas no pagan ningún precio. El irredentismo boliviano se alimenta de la impunidad nacida de la indolencia y la falta de convicciones chilenas. Por lo tanto, ya hemos sido advertidos que vamos a tener que negociar.

 

El fallo es una oportunidad

Por ello, estoy convencido que el fallo representa una oportunidad para repensar políticamente nuestra acción exterior en, a lo menos, tres ejes conceptuales:

Primero: Bolivia ha logrado exacerbarnos; en ese sentido, el fallo constituye una oportunidad para afirmar el consenso sobre la necesidad de conservar nuestra integridad territorial. Este consenso no existió en 2000, en 2006, en 2008, o en 2009. Hoy es la ocasión de establecerlo no solo como política de Estado, sino como expresión del sentir profundo de la Nación. Ni un milímetro de territorio chileno será entregado a Bolivia, ni un ciudadano chileno será llevado por su Gobierno a someterse al yugo de la autoridad boliviana.

Bolivia ha logrado exacerbarnos; en ese sentido, el fallo constituye una oportunidad para afirmar el consenso sobre la necesidad de conservar nuestra integridad territorial».

Segundo: Como consecuencia de ello, queda claro que Bolivia debe empezar a sentir que su conducta hostil hacia Chile tiene consecuencias. En efecto, el problema no es Evo Morales; el desafío es del irredentismo boliviano.

 

Tercero: Debemos recuperar la plenitud de nuestra soberanía. Para ello, bajo el liderazgo del Presidente Piñera como responsable de política exterior y cuando él lo determine, habría que invitar al país a una consulta que zanje de una vez por todas nuestra membresía al Pacto de Bogotá.

 

Aceptados estos tres principios estoy seguro que medidas instrumentales que den cuenta de una cierta autocrítica (como la dedicación exclusiva de los equipos encargados de la defensa de Chile) serían fácilmente adoptadas.

 

Estoy cierto que en este cambio, nuestro patriotismo y nuestra preocupación, nos llevarán a estar todos unidos detrás del Presidente de la República.

 

*Manuel José Ossandón, senador. Miembro de la Comisión de Relaciones Exteriores

 

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