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Publicado el 21 de agosto, 2016

La inesperada historia del poema de Neruda que José Piñera le leyó a Juan Manuel Astorga en su accidentada entrevista en TVN

Autor:

Renato Gaggero

En 1970, cuando estaba en la universidad, al ex ministro le tocó ser una suerte de “cartero” del poeta, pues tuvo que trasladar desde Nueva York a Isla Negra una edición especial del “Canto General”. Desde ahí que el poema “Que despierte el Leñador” ha estado presente en varios pasajes de su vida pública.
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Renato Gaggero

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En medio de su comentada entrevista en TVN del pasado 3 de agosto, el creador del actual sistema de pensiones, José Piñera, leyó un extracto de un poema de Pablo Neruda.

La escena ocurrió cuando el periodista Juan Manuel Astorga le preguntó si nunca había tenido ganas de irse del país. Tras sostener que la idea no se le había pasado por la cabeza y que acá tenía a sus hijos y sus nietos, el ex ministro del trabajo y ex candidato presidencial tomó su libro “Libertad, libertad mis amigos”, y leyó la primera página, en la que cita al Nobel de literatura:

“Pero yo amo hasta las raíces
de mi pequeño país frío.
Si tuviera que morir mil veces
allí quiero morir:
si tuviera que nacer mil veces
allí quiero nacer,
cerca de la araucaria salvaje,
del vendaval del viento sur,
de las campanas recién compradas”.

Ese fue uno de los pocos momentos de distensión en la entrevista y se transformó en uno de los hitos más comentados en los días posteriores, pero detrás de esa cita hay una historia para muchos desconocida. Y es que varios pasajes de la vida de Piñera han estado marcados por los versos de “Que despierte el Leñador”, incluido por Neruda en su libro “Canto General” de 1950.

Aparte de poner la cita del poeta en su libro, Piñera utilizó los mismos versos en su franja cuando fue candidato presidencial en 1993. En uno de los capítulos emitidos por televisión (ver aquí), aparece el economista rodeado de personas diciendo: “Juntos, este 11 de diciembre podremos ver florecer la semilla del futuro. Usted comprenderá por qué me confieso culpable de creer en Chile y por qué estos versos del poeta me han emocionado desde niño: “Amo hasta las raíces de mi pequeño país frío. Si tuviera que morir mil veces…”.

Pero la fascinación por este poema partió en el verano de 1970, cuando lo leyó por primera vez. Según relata el mismo Piñera en un artículo publicado en su página web, a principios de ese año le tocó ser una suerte de “cartero” de Neruda, pues tuvo que trasladar desde Nueva York a Isla Negra una edición especial norteamericana de “Canto General”, la que le entregó al poeta en sus manos.

“Durante mis años universitarios, el verano chileno era para mí el invierno de Nueva York. Como Embajador de Chile en Naciones Unidas, mi padre vivió en esa fabulosa ciudad desde 1966 a 1970. Poco antes de Navidad viajaba todos los años a Estados Unidos a compartir con mi familia las vacaciones. Fue a principios de 1970 cuando un día mi padre me confesó que se sentía culpable pues no había podido enviarle un libro a Pablo Neruda. Resulta que una editorial norteamericana había publicado, en inglés, el Canto General en una edición especialísima, y había enviado aquél con las ilustraciones originales del gran artista mexicano Siqueiros a la Embajada para que se le hiciera llegar a Neruda en Chile”, cuenta Piñera.

En el mismo relato, señala: “El problema es que era un libro gigante y habían fracasado todas las gestiones para trasladarlo a Chile con la seguridad que requería algo tan valioso. Cuando ya se acababa febrero, llega la revista Ercilla con una columna de Pablo Neruda en la que el poeta se lamenta: «En Nueva York salió un libro grandísimo, el Canto General en traducción de Ben Belitt, con ilustraciones de Siqueiros. El libro tiene -me dicen- cerca de un metro cuadrado. ¿Y cómo es? No lo he visto. No cabe en los correos. Lo rechazan las aduanas. Sobrepasa las valijas». Tras leer estas líneas sentí el llamado a convertirme en un «cartero internacional». Decidí que llevaría el libro conmigo a mi regreso. Como no podía enviarlo en la carga del avión, viajé toda la noche aferrado a él. Todavía recuerdo las catorce horas de vuelo con este pesado libro sobre mis rodillas. Ya en Santiago llamé con nerviosismo a la casa de Neruda en Isla Negra para anunciar que el libro no lo habían ‘rechazado las aduanas’ y para ofrecer entregarlo personalmente al poeta (…). Me contestó Matilde Urrutia, quien se alegró mucho y me invitó a entregarlo en su casa frente al Pacífico. Pablo Neruda me recibió, agradecido, como si tuviera todo el tiempo del mundo para este joven estudiante. Habló larga y ensimismadamente. De su memoria prodigiosa y corpulenta fue sacando numerosos cuentos de sus andanzas por el mundo. Como un capitán sobre la proa de su barco enfilado al rumoroso Pacífico, me contó una historia tras otra (…)”.

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