Publicado el 31 de diciembre, 2019

Individualismo y crisis social: ¿Cómo revertir la inhumanidad que se nos metió dentro?

Autor:

Ximena Torres Cautivo

En un vasto sector de límites difusos, en Estación Central, conviven obras sociales, polos espirituales, guetos verticales, palacios de porotos con riendas y vecinos antiguos que conocen el valor de la vida comunitaria y el daño que les ha hecho a los barrios y sus habitantes la idea de que cada uno se rasca por sí solo. Chuchunco City, la guía del vecindario que publicó Hogar de Cristo este año, ayuda a combatir ese yoyoísmo que explica en parte el estallido social.

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Ximena Torres Cautivo

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«No se puede negar que el libre mercado y todo el sistema del nuevo orden caló profundo en la gente. El libre mercado implantó el individualismo y la gente también se fue hacia dentro, se individualizó, de hecho». Eso dijo el vecino José Ruz al equipo del proyecto Chuchunco, integrado por alumnos y profesores de la Universidad de Santiago y miembros de organizaciones sociales de la población Los Nogales, ubicada en Estación Central. Lo dijo en 2016 en el libro «Chuchunco. Memoria Social de la Población Los Nogales (1947-2015)».

Como pasa con todo lo que hoy leemos después del estallido social del 18 de octubre pasado, la frase tiene todo de presagio: la gente se volvió hacia dentro, incubó en su interior dolor, daño, rabia resentimiento, los niños crecieron con padres agotados de tanto trabajo, ausentes, enajenados en su ir y venir por la ciudad buscándose el sustento para ellos y sus familias, y todo explotó de la peor forma. En el mismo modesto, pero elocuente libro de hace apenas 3 años, leemos más reflexiones de los vecinos: «Después del 90, llegó la droga. Se veían niños en la calle con las bolsas de neoprén, niños de la calle, totalmente ahogados, perdidos con el neoprén. Bueno… y, después, la pasta base». Y, avanzando en el tiempo, ya en 2000, «la juventud como que estaba con rencor. Muchachitos de 10, 11, 12 años que no tenían idea de qué estaba pasando, salían con las tapas de las ollas, salían a prender fogatas que no dejaban pasar a los vehículos…».  

En 2017, el ex capellán del Hogar de Cristo, Paulo Walker empezó a levantar la voz, advirtiendo sobre cómo el imperio de la narcocultura se estaba adueñando de los territorios más vulnerables de la ciudad. ¿La causa? La pérdida del sentido de comunidad.

Por entonces conversamos con otro jesuita, Pedro Labrín, párroco de la Santa Cruz, lugar de encuentro de los pobladores de Los Nogales, un emblemático sector de Estación Central. Fundada en 1947 por 90 familias venidas de la población Lautaro, ubicada en la antigua comuna de Barrancas (hoy Pudahuel, Lo Prado y Cerro Navia), se dice que fue la primera «población callampa», construida bajo el consentimiento del Estado, durante el gobierno de Gabriel González Videla. También se sostiene que fue la primera «toma» ilegal de terreno en Chile.

En lo que no hay discrepancia es que en el barrio vivió el cantautor Víctor Jara, todo un símbolo de la lucha que darían los vecinos durante los años de la dictadura. Pero esa épica y ese combate político, por los 80 se empezó a convertir en batalla contra las drogas. «He visto la transformación desde la llegada del neoprén. Esos fueron tiempos de pobreza y hambre extrema en las poblaciones. Entonces solo los hippies más intelectuales fumaban marihuana. Hoy los consumos se han diversificado y profundizado. El tremendo poder de lo que se vende hoy, se exhibe y está presente en todos lados», reflexionaba Pedro Labrín, en 2017. Y abundó así en el tema: «Hay madres desesperadas que me dicen: ‘Padre, si no me ayuda a hacer algo, voy a matar a mi hijo. Ya no lo puedo soportar’. Son madres agredidas por sus hijos; que no tienen la plata del arriendo porque se la sacaron en la madrugada; que vieron pasar a su hijo de consumidor a vendedor y de vendedor a muerto. Que terminan siendo apoyadas en su dolor por los mismos que asesinaron a sus hijos. Ellos pagan el funeral, les pasan algo de plata mensualmente después y ellas la aceptan, en un círculo tan apretado de dependencia humana que estremece».

A fines de 2017, mucho antes del estallido social y de que las estaciones del Metro fueran incendiadas y vandalizadas, empezamos un precioso proyecto artístico con Metro Arte para renovar la ex estación Pila del Ganso, hoy San Alberto Hurtado de la Línea 1, que es puerta de entrada al viejo Chuchunco. En este amplio sector de Estación Central, donde se ubican la población Los Nogales, la parroquia Jesús Obrero, la casa Matriz del Hogar de Cristo y el palacio del Poroto Con Riendas, entre otros señeros y atractivos puntos llenos de identidad barrial, empezamos a tomar contacto con la comunidad. La idea era vincularlos con la artista Beatrice Di Girolamo, quien convertiría en paneles escultóricos 4 frases de profundo contenido social de Alberto Hurtado -una de ellas es la clásica: «La caridad empieza donde termina la justicia»-. Con restos de muebles, de puertas, de objetos de madera significativos para ellos y para la historia del barrio, los vecinos se harían parte de las obras.

En esa tarea empezamos a tejer lazos, a conocer a los vecinos más antiguos, a sumarlos a otras iniciativas, a compartir una taza de té en invierno y una bebida en verano, a conocer la historia de Chuchunco con todas sus luces y sus sombras.

Y con sus riesgos presentes, que son los de todos los barrios: el individualismo, que ha vuelto laxas las relaciones personales y ha permitido la irrupción de narco, como un mal patrón, allí donde está ausente el Estado, la comunidad y eso que el actual capellán del Hogar de Cristo, José Francisco Yuraszeck, nos llama a fortalecer: el tejido social.

De estos encuentros enriquecedores, nació la idea de escribir «Chuchunco City: Guía Social, Espiritual y Gastronómica de Estación Central», un libro con carácter de guía para invitar a todo el mundo a conocer el barrio del padre Hurtado, de Víctor Jara, de Pedro Lemebel y de tantos otros vecinos anónimos y dirigentes vecinales activos, cuyas historias quedaron por escrito en la publicación. El libro, que se convirtió en el regalo de fin de año para nuestros socios y colaboradores más comprometidos, llegó a nuestras manos justo cuando se produjo el estallido social, y su espíritu nos parece que ha cobrado más sentido que nunca. 

Pablo Walker, el ex capellán del Hogar de Cristo, en lo más álgido de la crisis y de los episodios de violencia, dijo a través de su cuenta en Twitter: «Responsablemente afirmo que importantes cantidades de mercadería saqueada pasaron a incrementar bodegas de los narcos para fortalecer su ‘beneficencia’ en las poblaciones y seguir así desplazando al Estado. Urge descriminalizar al movimiento social». En otro breve mensaje, comentó: «El estallido social no fue construcción de personas vinculadas al narcotráfico ni a células anarquistas. Estas personas solo ‘capitalizaron’ en su favor el hastío ante una violencia anterior: la desigualdad ofensiva en el reparto de castigos, reconocimientos y beneficios». Previamente, antes de la crisis, había hecho un diagnóstico dramático: «Veo como en un espejo la versión cada vez más grotesca en la que nos transformamos. Nos dejamos lavar el cerebro y aquí estamos. Será largo el trabajo para revertir lo inhumano que se nos metió dentro».

Esa sentencia sonora y lapidaria es similar a la del reconocido periodista estadounidense John Anderson, quien a propósito de las cotas de violencia que alcanzó la protesta social en Chile, dijo en una entrevista reciente: «Los mismos jóvenes pobres que hace 50 años se habrían unido al reclamo por un mundo mejor a través de las armas, hoy entran a las pandillas para matar y morir no por un mundo mejor, sino porque sí, para tener un auto, para ser guapo, para vivir rápido y corto y que se joda todo el mundo. Es una sicología nueva, esa gente antes no existía. Y son millones de personas que viven así. Si yo fuera religioso hablaría del contagio del mal, porque realmente hay una vastedad de almas y territorios captados por actores nefastos, que compiten con el Estado y a veces lo derrotan. Es más obvio desde Colombia hacia el norte, pero cada país de América Latina tiene regiones o vecindarios que padecen de eso».

¿Cómo revertimos la inhumanidad que se nos metió dentro?, es la pregunta de Pablo Walker. ¿Cómo logramos sanar la angustia existencial y resolver la desigualdad social? ¿Cómo blindamos a los jóvenes excluidos de la tentación del narco y la delincuencia común? 

La respuesta es simple, pero la tarea de ponerla en práctica, gigantesca.

Volviendo a tejer la trama de relaciones personales que dan solidez y densidad a las comunidades, retejiendo lo que está roto, desgastado; recomponiendo vínculos; solidificando lo que ha perdido fuerza. Recuperando la vida de barrio, las calles, los pasajes, las plazas, para los vecinos. Vitalizando las organizaciones comunitarias. Buscando soluciones entre todos a los problemas comunes y también a los individuales y específicos, interesándose por el otro. Puede sonar naive, ingenuo, pero es lo que humanamente corresponde hacer. Como el libro guía sobre Chuchunco y sus encantos, que escribimos originalmente para destacar lugares, pero cuyo mayor mérito es realzar a los líderes del barrio, a esos que saben que nada sobre nosotros puede ser sin nosotros.

 

*Ximena Torres Cautivo es subgerente de Contenidos y Gestión de Medios del Hogar de Cristo

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